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Full text of "25 días de campo: Narración descriptiva de la expedición hecha por el ..."

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FROM THE FUND 



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PROFESSORSHIP OF 

LATIN-AMERICAN HISTORY AND 

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ESTABLISHED I913 









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V.- 



25 DÍAS 








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NARRACIÓN DESCRIPTIVA DE LA EXPEDICIÓN 

HECHA POR EL COLEGIO MILITAR DE LA REPÚBLICA DEL 

URUGUAY A FINES DEL AÑO I 886 

ESCRITA POR 



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MONTEVIDEO 

IMPRENTA «EL SIGLO ILUSTRADO», DE TURENNE, VARZI Y C. 

CALLE URUGUAY, NUMERO 530 



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5 A935 8-. §7 

HARVARD COLLEGE LIBRARY 



DEC 24 1915 

LAíTIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUNU 






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TIRADAS ESPECIALES 



Números i á 4 en p&pel Whatman. 
» 5319* » ' vitela. 

» 20 á 26 » » de hilo. 
» 37 á n * * medio hilo. 






* -«^ 



DEDieATORIA 



Excmo. señor Presidente de la Republicay Teniente General don 
Mdximo Tajes. 

Excmo, señor: 

De antiguo viene, y aunque lo han hecho grandes y sabios maes- 
tros, es generalmente achaque de principiantes, el buscar Mecenas 
para sus escritos, con frecuencia de poco y siempre de dudoso ó ig- 
norado mérito. 

Por tal consideración he vacilado algo en hacer d Vuecencia ob- 
jeto de esta dedicatoria; pero me resolví, creyendo, como creo, que 
el carácter de mi trabajo basta para dar lógica d la audaz prefe- 
rencia. Con efecto, señor: versa mi libro sobre asunto nacional y 
fué escrito durante la excursión que hizo el Colegio Militar de la 
República, d fines del año pasado; y si bien no hago de ese viaje 
un diario razonado — que antes considero resultaría sin razón ni 
importancia, atendiendo d lo asaz conocido y descrito de la zona 
recorrida, — contentándome con hilvanar en algunos capítulos una se- 
rie de paisajes y descripciones narrativas de asuntos entrevistos al 
pasar, he juzgado que d nadie mejor que al jefe de la nación podía 
ofrecer las primicias de mi humilde libro, teniendo en cuenta, como 
digo, las circunstancias en que lo escribí. 

También estoy seguro, señor, de que ésta mi obra resultará hon- 
rada y pasará por buena, desde que la dé protección y amparo el 
nombre de Vuecencia, escrito, para su honor, al pie de muy buenas 
obras. 



DEDICATORIA 



Dejando expuesta mi razón y hecha la dedicatoria, deseo que 
Vuecencia se digne aprobar la primera y aceptar la última, con lo 
que daré por resarcidos mis afanes y colmados mis deseos. 

De Vuecencia afectísimo, 

MANUEL P. BERNÁRDEZ. 
Julio 3 o de 1887. 



DE GOMO Y PORQUE 



/ 



De cómo y porqué 



Debo, aunque me pese, empezar declarando que este libro 
no trae objeto determinado. No viene á corregir una falta, ni 
á poner á la vista un defecto, ni á ensalzar una virtud. Viene, 
simplemente, porque me puse á escribir cuando buscaba un 
medio de emplear en algo útil y agradable las cansadas horas 
del campamento ; el letargo morboso de las siestas ; el insom- 
nio de las veladas ; la poesía de las mañanas, de esas ma- 
ñanas que sólo se ven nacer en el campo, observando cómo 
empieza á latir despertándose todo lo que siente y *vive : á 
cantar el ave ; á balar el cordero, haciendo corvetas ; á eva- 
porase el rocío, vistiendo, cual con flotante clámide de gasa, 
los primeros rayos de la luz solar ; mientras el jinete, salido 
á recoger de la vecina estancia, vuelve arreando los caballos, 
que se rezagan para coger de paso algún bocado de yerba; 
y los toros jóvenes se adiestran en la pelea, haciendo pases 
de esgrima y chocando con ruido sus cuernos ; y los terne- 
ros y potrillos ordeñan la ubre hidrópica de leche, dando 
grandes cabezadas y meneando el rabito con afanoso con- 
tento ; y el semental, con las orejas gachas, corretea á sus 
yeguas, mordiendo las ancas de alguna arisca ó veleidosa que 
rechaza á coces sus ardorosas caricias ; y, apartados del bu- 
llicio, dos caballos, cruzados los largos cuellos, se rascan 
mutuamente la espaldilla; y algunos avestruces, asustados de 



XIV MANUEL P. BERNÁRDEZ 



improviso, encogen y dilatan sus largas zapeas, desvanecién- 
dose súbitamente á la distancia ; y una perdiz, levantada al 
paso, nos sorprende, emprendiendo ruidosamente el vuelo ; y 
las florecitas perfuman y se abren, y todo vuelve á la vida, 
y todo se alboroza, y el campo verdea ; mientras allá lejos, 
en el horizonte infinito, el viejo sol, con su cara encarnada 
de abuelo venturoso, parece que sonríe bondadosamente, ha- 
lagado por el cuadro que á su aspecto presenta la Creación. 

En horas así nació y creció este libro, sin haber pensado 
en que asumiera las proporciones de tal, cuando empecé á es- 
cribir por distraerme, y sin estar muy seguro de que las 
tenga ahora. 

Nos hallábamos en Mosquitos, á los dos días de salir de 
Montevideo ( i ), y después de haber estado uno en Pando. 

( 1 ) El 20 de Diciembre salió en el ferro-<:arríI de Montevideo i Pando, la expedición 
compuesta de las personas siguientes : 

Teniente Coronel don Juan Bernassa y Jerez, Sargento Mayor don Pablo Roure y Pe- 
rera (respectivamente Director y Sub-Director del Colegio Militar), don Ricardo Camargo 
(profesor de matemáticas en el mismo), Capitán practicante don Domingo G. Santos, Sub- 
teniente Ayudante don Leonardo Rivera, don Juan C. Nosiglia (repórter especial de La 
Tribuna Popular), don José Ramasso (estudiante de la Universidad y aventajado fotó- 
grafo de afición), Teniente i." Comandante de la Compañía de Cadetes don Víctor M. 
Cantón, Oficiales de la misma : Teniente i." don Francisco A. Sayavedra y 2.° don Fe'lix 
Herrero, el que esto escribe, y finalmente los cuarenta Cadetes, señores Cándido Viera, 
Eduardo Montautti, Eduardo Villagrán, José M.* Fuentes, Arturo Aprile, Ovidio Tebot, 
Arturo Clave, Pedro Thevenet, Leopoldo E. Muró, Alberto Villaverde, Luis Sonora, Se- 
bastián Buquet, Carlos Du Pré, Carlos Schweiz.er, Eduardo da Costa, Coralio Enciso, 
Alberto Schweizer, Pablo Montero Paullier, Joaquín Sánchez, Julio Muró, Luis Fabregat, 
José R. Usera, Vicente Magallanes, Eduardo Loedel y Castro, Alfredo Villaverde, Joa- 
quín Tejera, Enrique Smith, Silvestre MatQ, Guillermo West, Marcelo López, Manuel Dubra^ 
Agustín Silva, Estanislao Mendoza, Domingo Ramasso, Pablo Rivera, Sotero Díaz, Ma- 
nuel Fernández, Julio S. Netto, Aníbal Ayala y Rodolfo Duranthe. Iba además el Mayor- 
domo del Colegio don Juan Puig, la banda lisa, la dotación de tropa, dos carretillas de 
jnulas conduciendo los bagajes, peones, etc. 



2S días de campo XV 



Allí empecé á dar empleo á unas cuantas cuartillas que lle- 
vaba á todo evento, llenándolas despreocupada y rápidamente 
de lo primero que se me ocurrió, — sistema empleado en to- 
dos estos apuntes. — El lápiz que me servía, debió seguir 
constantemente dos vías sinuosas: la de mi imaginación, siem- 
pre instable y diversa, y la que, en el papel, le obligaba á 
trazar la superficie irregular del suelo, sobre cuya alfombra 
de verdura me tendía muellemente para escribir y soñar. 

Por eso se hallará aquí una amalgama confusa, híbrida á 
veces, de episodios y epigramas, meditaciones y relatos ; tal 
cual dato científico incrustado en una descripción ligera, li- 
neamientos de revenes y contornos de paisajes .... Este hu- 
biera sido mi éxito : Si yo consiguiera pintar con pluma ve- 
raz los admirables paisajes que Dios mismo sin duda sembró 
en Minas y Florida, no tendría la menor inquietud por mi 
libro y alcanzaría el goce supremo de hallarme contento de 
mí mismo ; goce que he perseguido siempre y que acaso es- 
toy condenado á perseguir eternamente. ¡ Mísero, devorado 
por el ansia de apagar la sed de gloria en la corriente del 
genio ! ¡ Hay muchos Tántalos como yo ! . . . . 

Algo he intentado en el paisaje, aunque con recelo, casi 
seguro de caer en los conceptos comunes y en la fraseología 
vulgar. Y sin embargo, ¡hay tanta variedad inimitable en la 
Naturaleza, en esa mujer fecundada por Dios, llena de múlti- 
ples edades y de eternos rejuvenecimientos I Tiene la faz en- 
cendida en la encarnada poma, y en la madura espiga, el 
que filé cabello de oro, tostado por el beso ardiente de los 
soles estivales. El soplo del invierno seca las venas generosas 
de la matrona prolífica, y aparece la anciana pálida, tiritando 
bajo su pobre manto de hojas amarillas ; de la flor ni tallos 



XVI MANUEL P. BERNÁRDEZ 



quedan ; el ave se estrecha contra el ave allá en el fondo 
del nido mojado por la lluvia y zarandeado por el cierzo ; 
cuanto tembló- antes de amor, se estremece ahora de frío. 
Pasan tres meses : se agranda el día, se enciende el sol ; el 
aliento de Dios corre ardiendo por los campos yermos y por 
los yertos árboles desnudos ; la aiíciana pálida sacude los an- 
drajos del invierno y torna á aparecer, gallarda y joven, bajo 
el espléndido manto de la virgen Primavera ! 

• • • •• • • • ••••••••••••• 

Sin recomendación, pues ; sin más justificativo, ni siquiera 
más disculpa, me presento con mi libro. Creo que no me 
conquistará un éxito ; pero me hago la ilusión de que no será 
arrojado por fatigoso ó importuno. Como no pretendo ense- 
ñar, claro es que aspiro á distraer, comprendiendo, de paso, 
que no es mi aspiración tan pequeña como tal vez parece. 
A deleitar vienen las cuatro quintas partes de los libros que 
se editan en el mundo ; y ¡ cuántos, cuyo autor soñara con 
verlos correr de mano en mano, leídos con avidez y gusto, 
conservan la ^inocencia de una virginidad forzada en los es- 
tantes de las librerías ! ¡ Cuántos autores, que acaso escribie- 
ron con el deseo de nutrir á la humanidad, sólo han conse- 
guido alimentar á las polillas! La manía de ser leído es la 
más obstinada, y por ende la más irrazonable, y con frecuen- 
cia, la más absurda. Yo también deseo que me lean. ¿ Seré, 
por ventura, un caso patológico de ese achaque semi-univer- 
sal?. . . . ¡Quién sabe!. ... Lo que yo sé, es que rechazo la 
ridicula modestia de quienes dicen no quitarles el sueño el li- 
sonjero rumor de los aplausos. Yo busco nombre: no sé si 
hay méritos, pero me consta que hay fe. Si á costa de tu 
p'érdida ¡ oh libro ! segundón de mi poesía, mi primogénito en 



as DÍAS DE CAMPO XVII 



prosa, consigo limpiar de zarzas el camino de mis trabajos 
futuros, I naufraga en buena hora : yo te veré hundir sin 
pena en el agitado piélago de la publicidad! 



REGüERDOS DE AYER 



I 



Recuerdos de ayer 



Mosquitos, Diciembre 22 de 1886. 

Se me figura que este título es demasiado poético para el 
trocito de prosa pura que tengo ganas de acomodar por aquí. 
Advierto que no voy á hacer reminiscencias de la edad pasada, 
ni á decir otras tristezas anticuadas, que con tal título como 
éste se estila decir entre poetas. Voy á recordar tal cual per- 
cance del día de ayer, nuestro primero de viaje, pasado en 
Pando, pueblecito chico, chico, que no hay para qué descri- 
bir. Hube de descrismarme en su calle. Iba á despachar un 
telegrama, y, jinete en un tordillo, desteñido á fuerza de 11o- 
verle encima, buscaba la oficina al gran galope. De pronto 
I zas! resbala el flete y caemos los dos; lo cual no estuvo 
bien, puesto que yo no resbalé y por tanto no me tocaba 
parte en la caída. No anduvimos en levantarnos tan iguales 
como en caer, porque yo lo hice inmediatamente y él se quedó 
todavía una buena pieza, mirando con ojos lánguidos un 
guardacantón de ñandubay, contra el cual había ido á dar 
inopinadamente con las narices. Advertí su contemplación, y 
creyendo que se hacía el zonzo, le arrimé un puntapié en la 
barriga que lo hizo levantar muy de prisa. Entonces noté que 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



se había medio derrengado, y me entró tal lástima, que de ha- 
ber sido una persona aquel caballo venerable, le digo que ^llí 
mismo me devuelva el puntapié. Pero luego me dije: ¿-^nlén 
le manda ser bestia? — Y creo que me dije bien, y qué nasta 
me dije poco, pues yo he oído á muchos hombres decir otro 
tanto tratándose de sus semejantes. 



No sé por qué será que le tengo yo cierto recelo á este 
Mosquitos. No será, sin duda, por la conducta de sus habi- 
tantes, pues ésta no puede ser mejor ni más simpática. Nos 
han regalado una ternera, con cuyas sabrosas asaduras nos 
regalamos á nuestra vez ; nos han traído agua, y nos han 
ofrecido todo lo que tienen, con esa franqueza de cuya es- 
pontaneidad es imposible dudar, y que parece y es, sin duda, 
ingénita en los habitantes del campo. 

A nuestra llegada vino á saludarnos una comisión de ve- 
cinos, entre los cuales hube de notar un tipo digno de es- 
tudio. 

Según he averiguado, es el Juez de Paz del distrito, y es 
también el Maestro de Escuela y el hostelero y el Administrador 
de Correos, y tiene además una pulpería, dentro de la cual des- 
empeña aun otras varias ocupaciones anejas, pudiendo decirse 
de él que es una enciclopedia de profesiones. Forzosamente 
debe ser un hombre muy metódico, y eso se echa de ver hasta 
en su modo de hablar ; pues al saludarnos lo hizo en nom- 
bre del pueblo, con un pequeño discurso de circunstancias, 
que, si no brilló por su forma, desesperó al menos á todos 
por la lentitud con que fué saliendo por la boca del orador ; 
el cual, sin abandonar una su actitud olímpica, va largando 



2 5 DÍAS DE CAMPO 



<;1 hilo de su palabra, tarda como el paso de un buey des- 
alentado. Cuando ha logrado coger entero algún pequeño pe- 
ríodo, tiene cierta precipitación, como de carretel que se 
(Jevana, seguida infaliblemente de una interrupción de madeja 
ijue se enreda. Sin embargo, sale del paso, y aunque no haya 
^.:*an claridad en la oración, ésta ha sido rezada con tal 
aire de verdad solemne, que el auditorio se queda satisfecho 
y convencido á más no poder. 

Aun estamos en Mosquitos. Anoche nos obsequiaron con 

un baile que estuvo bastante bien ; debiendo hacer constar, 

para gloria nuestra, que fuimos los héroes de la fiesta. Para 

' ser objeto de la atención de los hombres y la predilección de 

las niñas, bastaba con exhibir la papeleta de forastero. 

Hoy hemos holgazaneado todo el día y nos vamos ahora, 
qm son, poco más ó menos, las cuatro de la tarde. Sólo he- 
mos podido obtener seis ú ocho caballos, que alcanzarán ape- 
nas para los privilegiados, vale decir, para los que vienen de 
gorra. Yo, que aunque no soy de éstos, gozo de sus inmuni- 
^. dades, he embridado por mi cuenta un alazán, que no me 
parece una notabilidad en punto á mansedumbre y buenas 
pulgas. Sin demostrar que noto las miradas maliciosas de al-- 
gunos paisanos, que ya me han advertido las costumbres avie- 
sas de mi flete^ lo ensillo con aire imperturbable. Debo 
.advertir que cabalgo medianamente, y que me agarro al basto, 
gracias á un saludable número de porrazos que he obtenido 
en el aprendizaje. Los paisanos se sonríen, esperando que 
haga alguna barbaridad para reirse á mi costa. Sin curarme de 
la expectación, coloco prolijamente y á su vez todas las prendas 
del recado, y, afectando indiferencia, termino y tiro un poco de 
la rienda á mi caballo para hacerlo andar ; pero el muy terco 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Se empaca y no avanza, contentándose con sacudirse como 
un perro que acaba de salir -del agua y toser con cierta to- 
secilla de mal agüero. Como no he traído látigo, desgajo un 
tallo de sauce para reemplazarlo. 

— No se turba el pueblero, — dice uno de los paisanos á 
media voz, codeando á su vecino. 

— Perate que muente — replica el otro en igual tono, — el 
pelao está hinchando el lomo ; pa mí que lo basurea lindo 
no más. 

Yo me llego al animal, provisto de mi fusta de sauce, le 
tomo con la mano izquierda las riendas reunidas sobre el 
cuello, cogiendo al mismo tiempo un poco de crin para ha- 
cerla punto de impulso, y á pesar de que el alazán gira rápi- 
damefíte en torno mío para negarme el estribo, burlo su maña 
y salto sobre el recado. 

En la fisonomía curiosa de los paisanos empieza á borrarse 
la sonrisa. Estimulo á mi caballo, el cual, en vez de avanzar, 
sacude la cabeza y da algunos pasos atrás, tambaleándose. 
Alzo la vara y le caigo de firme : el animal da un salto y 
queda clavado, con los cuat/o remos abiertos, como apunta- 
lado en ellos. Repito el golpe : vuelve á saltar, y como se me 
ha roto la vara, le doy un par de sopapos. El bruto resiste 
aún durante algunos segundos, hasta que por fin reconoce la 
superioridad y se doblega, avanzando al trote corto y escar- 
ceando airosamente (i). 

( I ) Para que no se me atribuya la pretensión de constituirme en héroe de mi libro, diré que 
intercalo este episodio, como haré, si viene al caso, con algunas escenas campestres, movido 
sólo por el deseo de pintar con natural color, cosas y costumbres que conozco á fondo, y como 
indirecta réplica á peregrinas descripciones que por ahí andan con talante y reputación de ve- 
rídicas. Me carga un poco el aplomo de ciertos viajeros, que no pintan lo que ven como lo ven 



2S DUS DE CAMPO 



— V- 



Nada hay que entusiasme tanto á un paisano como ver 
hacer alguna hombrada á un pueblero. Cuando lo encuentra lo 
mira como á un igual ; pues sabe que para oponer á las su- 
yas, tiene él, el paisano, con ser, como él dice, un gaucho 
bruto, muchas habilidades viriles. Pero cuando ve que el pue- 
blero no es, como él presumiera, un maturrango (i), entonces 
se entrega á discreción y su aprecio y adhesión no tienen lí- 
mites. Este es el gran elogio de su índole caballeresca : reco- 
noce la superioridad siempre que se le pone en evidencia. Es 
muy posible que los puebleros, en igualdad de circunstancias, 
no le pagasen tan fácilmente en la misma moneda. 

A las cinco y media emprendimos la marcha para Pie- 
dras de Afilar. En el camino, un paisano de la comitiva, que 
quiso acompañarnos hasta la próxima etapa, me regaló unas 
boleadoras y otro me llamó compañero viejo. 

Confieso que fué injust'a la ojeriza que al principio demos- 
tré por Mosquitos. Nos han tratado muy bien. Ni siquiera 
nos molestaron los fastidiosos dípteros • que, sin duda, le dan 
nombre, y de los que hay fecundos criaderos en la pantanosa 
orilla del arroyo. Sin duda hicieron de dejarnos en paz,- caso 

de reputación local. Cuando llegamos pensé que siquiera el 
paraje nos picaría. 



sino como pretenden verlo, y acreditan por cosa natural y propia de un país, lo que suele ser 

un hecho aislado, sobre juzgarlo todo con magna suficiencia, como si los usos y costumbres de 

un pueblo ó de una raza pudieran abarcarse en una mirada. Los que dijeron verdad, con ella 

quedan á cubierto de mis palabras. Hablo de ciertos touristes, verdadera calamidad para los 

pueblos que visitan, persuadidos de que tienen la sagrada misión de criticarlo todo en sus 

impresiones ó cuadros de viaje, y que ven siempre las cosas del reve's, y á quienes, como quien 

dice, los dedos se les antojan hue'spedes. 

{ I ) Voz despreciativa que emplean los paisanos para apostrofar á quien no sabe ensillar 
ó regir su montura. 



8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Hemos llegado á Piedras de Afilar casi de noche. No hay 
' tiempo para plantar tiendas y se dispone que pasemos la no- 
che á campo raso. Me parece bien. Sólo siento que no haya 
luna. Desearía verla ; desearía ver á la blanca solitaria del 
cielo, ahora que podré contemplar, sin paredes enfadosas, su 
carrera silenciosa y triste. ¡ Quién sabe si no la sorprendería, 
detrás de alguna nube grande, detenida, embelesada acaso en 
sus castos amores siderales ! De todos modos, quiero mirar 
cómo duerme la pradera; quiero saber de dónde parte el 
arrullo que adormece al paisaje entre las vestiduras negras de 
la sombra. 









II 



UNA N06HE BAJO EL GIELO 



II 



Una noche bajo el cielo 



Sí, bajo el cielo Allá está el infinito esmaltado de pun- 
tos luminosos : allí debe estar Dios. Si la miro con fijeza, me 
parece cada estrella una pupila que se abre sobre mí. Todo 
reposa en torno ; estos hombres duermen. ... i quién sabe si 
estaré despierto yo ! . . . . La luz que alumbra mis líneas irre- 
gulares, tiene temblores intermitentes : la llama oscila y el 
pábilo se dobla, cual si desearan reposar también. El viento 
se ha dormido, cansado de soplar. Una ráfaga de aire ca- 
liente viene á entibiar mi rostro helado : es que el viento 
acercó sus alas ateridas al vecino hogar, hecho de gruesos 
troncos. Los habían apagado para evitar un incendio ; pero 
algunos, carcomidos, han conservado la brasa en el corazón. — 
¡ En el mismo sitio la conservo yo ! — Cuando el fuego que 
los roe enciende en su interior algunas fibras podridas, salen 
pequeñas volutas de humo por las redondas casillas de las 
larvas. A mi lado hay acostado un hombre. Hicimos cama 
juntos porque hace frío. ¡ Cómo duerme este hombre ! . . . . 
¿Es que no siente la suya el estruendo interior que percibe 
mi alma insomne cuando calla todo en derredor? .... Y sin 
embargo, ese ruido misterioso no es una ilusión: existe. Es 
el anuncio de que en el hombre, como en el mundo, se toca 



13 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



un cuerpo, el esclavo, y se adivina un alma, el señor. Al 
percibirlo, el pensador escéptico se abisma y el soñador se 
consuela : ya se puede mirar sin vértigo al abismo de los do- 
lores inmensos. El corazón se aduerme satisfecho, porque co- 
lumbra el paraíso donde temía el antro, y el alma se arrodilla 
murmurando : ¡ creo ! ¿ Qué gritos son esos ? . . . . ¡ Ah ! nada, 
es lo real : es el ave que dormía y despertó al sentir el ga- 
lope de un caballo ; algún caminante que va retrasado, tal 
vez va perdido. ... ¡ Qué importa !. . . . ¿ Quién no se ha 
perdido alguna vez ? . . . . Quizá lo asustaba el silencio so- 
lemne del desierto y ya tiene compañía : el teru-teru vigilante, 
que, aun dormido, tiene siempre el oído abierto á todo ru- 
mor insólito, lo acompaña un largo trecho, dando agudos 
gritos que remedan su nombre, arremetiéndole y amenazán- 
dole con sus alas, armadas de rojas púas. 

La compañía es hostil; pero hay momentos en que la so- 
ledad nos da frío : entonces se desea un compañero cualquiera, 
y se mira al caballo como á un hombre, y se espera por 
momentos, que el perro, interpelado, tome la palabra. . . . ¡ Ay 
del que no tiene con quién hablar y no sabe hablar con su 
alma ! . . . . ¡ Ese sí que se halla solo ; ese sí que siente 
frío ! . . . . La soledad sin término justificaría las relaciones 
amistosas del ángel con Belial. Pero yo amo la soledad tran- 
sitoria y poseo el secreto de hallarme solo cuando mi alma 
quiere postrarse ante el infinito en confesión. Yo me he ha- 
llado frente á frente de la calma augusta, perdido en la no- 
che diurna de la selva virgen ; ahora me encuentro despierto 
en la inmensidad grandiosa de la pradera dormida. Ahora como 
entonces, alzando mi pensamiento á las alturas para contem- 
plar mi cuerpo miserable incluido al panorama de la Natura- 



2 5 días de campo i 3 



leza, me veo por dentro más grande y por fuera más pequeño. 
La soberbia humana dice que me empequeñece la distan- 
cia. . . . Creo que es mentira : entonces disminuiría por den- 
tro también. Cuando he acertado á ver mi pequenez ; cuando 
he notado mi equivalencia á cero en lo creado, ha padecido 
mi orgullo, pero he sentido un ensanche en la concientia. 
¡ Es que, heredero como todos, del fuego que abrasó ál ángel 
caído, y acaso incapaz de abonar por mis acciones, me había 
juzgado partícipe y responsable en las obras de la Naturaleza ! 



Ahora quiero estar solo para orar. Lo que escribo es mi 
oración. La palabra divina es la que el alma pronuncia, ex- 
presión de sus creencias y síntesis de sus dudas ; no h bus- 
cada y artificiosa de la oración aprendida. Esa no puede lle- 
gar al Propiciatorio, porque ora pide ú otorga lo que la con- 
ciencia rechaza, ora sale de nuestros labios en oposición con 
nuestros pensamientos. La plegaria debe ser propia y perso- 
nal ofrenda, discernida por el razonamiento libre y hecha ob- 
jeto de plena convicción, i Nada de oraciones aprendidas de 
memoria ! ¡ nada de plegarias encuadradas en una fórmula anji- 
gua y escolástica! ¡Haya fe y sinceridad, haya creencias, y 
alcanzará el hombre de rodillas donde no alcance de pie ! 



He hablado solo ; pero estoy seguro de que me ha escu- 
chado alguien. Ha habido momentos, cuando he formulado 
preguntas, en que me he detenido, esperando vagamente una 
contestación. No sería de este hombre, que, aunque duerme 



14 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



á mi lado, está bien lejos de mí. Bendigo al cíelo que me ha 
otorgado la facultad de hacer á mi lado el vacío, cuando pre- 
tendo dirigirme á él. . . . ¡ Basta ya, razón : descansa. . . . harto 
has hecho con velar el sueño de la noche, nuestra misteriosa 
y complaciente amiga !. . . . Allá por el horizonte empieza á 
elevarse una especie de vaho luminoso: debe ser la aurora 
que viene á respirar sobre el mundo su aliento bendecido de 
luz y de calor. Voy á dormir á mi vez, pensando que las al- 
mas que sienten el latido de los astros errantes y adivinan 
intuitivamente las misteriosas metamorfosis de la Naturaleza, 
saben, como el Nautilo, bogar por la superficie ó sumergirse 
en el mar, para gozar de la calma ó conjurar la tormenta. 
Cuando ¡as aturde el ruido bajan al^ fondo y meditan; cuando 
las fatiga la soledad, azotan con sus alas el silencio y discu- 
rren tranquilamente conversando consigo mismas. 



III 



U TERCERA ETAPA 



III 



La tercera etapa 



24 de Diciembre. 

Vaya, nos han proporcionado caballos. Menos mal. No por 
nosotros, que ya cabalgamos ayer y venimos aligerados, sino 
por los valientes muchachos, que han hecho cada jornada. . . . 

De Pando á Mosquitos, separados por cinco leguas cortas, 
según el cómputo del baqueano — y por seis y un bocadinho 
segün mi cuenta, — han marchado bravamente á pie, cargados 
con el fusil, el poncho, la cartuchera y la proveedora, — una 
bolsa grande de lona, sujeta á la espalda por cuatro tiras 
cruzadas en el pecho, cuya bolsa reemplaza con ventaja á la 
mochila; pues sólo han hecho dos pequeños altos para tomar 
aliento, continuando en seguida con tanto brío como al rom- 
per la marcha. Parece que los muchachos están orgullosos de 
que no se dude de ellos. Las filas van compactas, el paso es 
regular, las aposturas graciosamente marciales. . . . «Nada de 
aflojar, compañeros, » dice uno respirando con fuerza ; é ini- 
ciada, por los de la cabeza, la pequeña columna emprende la 
carrera. Llegan á la falda de una colina, empiezan á subir, y 
toman nuevamente el paso de marcha. Los oficiales, aunque 
hubieron de correr como ellos, los han dejado hacer, satisfe- 



/ 



1 8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



chos de que no se descompuso la formación. Camargo y yo, que 
por bravear renunciamos á los peligrosos equilibrios de la 
jardinera, vamos también á pie, y nos cansamos tanto, que no 
podemos menos de envidiar los bríos de estos valientes. No 
hay duda : su jefe los conoce y sabe que no abusa de sus 
fuerzas. De pronto una fila forma seno : es que uno de los 
cuatro que la componen aflojó un poco el paso. Sus compa- 
ñeros le dirigen una cariñosa pulla por su flaqueza, y el re- 
zagado se apresura, y la fila recobra su rectitud. En la se- 
gunda mitad, allá en la última fila, hay un niño de unos once 
años, que mueve el compasillo de sus piernas con mucha 
ligereza. ... Es el cadete Duranthe, un pequeño valiente, un 
verdadero proyecto de buen militar. Ese es el que rompe 
más á menudo su fila ; pero es porque la rebasa, obligando 
al oficial de su mitad, á cortar con una voz cariñosa sus de- 
nodados humillos. Va con tanta formalidad como un veterano, 
y por mi vida que admira el niño. Además de tener tan poca 
edad, se ha quedado atrasado y pequeñuelo, engrosando, 
en cambio, bastante, lo que lo predispone poco para la fatiga. 
Pero su fusil no cambia de brazo, ni su paso pierde la rápida 
cadencia que le imprime para igualar á los demás, ni sus 
ojos, grandes y negros, dejan de brillar con la misma pica- 
resca vivacidad. 



No alcanzaron los caballos y sólo pudo montar la mitad de 
la compañía. La escena de agarrarlos ha estado muy divertida. 
La mayor parte de los cadetes no ha cabalgado en su 
vida ; pero es cuestión de amor propio no pasar por mata- 
rrangOy y cada uno toma su freno y embrida con aplomo. 



2j DÍAS DE CAMPO 19 



aunque haga la muserola las veces de brida y entre el freno 
del revés. La cuestión es no enredarse en las cuartas. Ensilla- 
dos los caballos como Dios quiso, dispuso el jefe que mar- 
chasen delante los de á pie, siguiendo los jinetes hasta la 
mitad del camino, donde cederían á aquéllos las cabalga- 
duras. 
Tocó el clarín á caballo, y aun no acabara de ejecutarse 

la orden, cuando había ya en tierra tres ó cuatro apeados de 
mala manera. Uno fustigaba bruscamente á su caballo ; el cual, 
arrancando de súbito y dejando al jinete en el sitio, hacíale 
una demostración gráfica de la inercia de los cuerpos, por si no 
lo habí^ entendido bien en la teoría. Otro tomaba las riendas 
desiguales, hurgaba al bruto y éste emprendía la marcha, gi- 
rando en derredor como muía de noria. Otro, en fin, tiraba 
tanto las riendas, que la bestia se alzaba de manos y el jinete 
se escurría sin poderlo remediar. 

' Hubo varios incidentes chistosísimos, que no trajeron, por 
fortuna, malas consecuencias, gracias al carácter flemático de 
las buenas bestias, quienes necesitaban, en verdad, de toda la 
bulliciosa inexperiencia de aquellos jinetes improvisados para 
salirse un poco de sus casillas. 

Ninguno de los caídos quiso renunciar á repetir la prueba, 
aunque aleccionados por la experiencia, lo hicieron con más 
cautela y menos ardor. 

Por fin montaron todos, y aunque con trabajo, entraron en 
formación. Todavía acaeció otro incidente: ordenó el Coman- 
dante al clarín de órdenes que tocase marcha, y no bien se 
escucharon las primeras notas, él caballo del clarín, dando un 
par de corcovos, interrumpió la tocata acomodando al músico 
en un fogón. 



2 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



La marcha fué muy curiosa: después de andar algún tiempo 
al trote como para que cada cual se reconciliase con su flete, 
pasó la gente montada á vanguardia y tomó al galope. Aquí 
fué Troya. Los porrazos se sucedieron con cortos intervalos, 
habiendo quien consiguió llevarse cuatro antes de media legua. 
Otro se veía negro para sujetar á un tiempo el fusil, las 
riendas, el poncho, y para sujetarse él mismo, que era lo más 
interesante; éste no sabía cómo evitar el ruido que hacían el 
plato, el jarro y demás chismes, asustándole el caballo; á 
aquél se le aflojaba el recado y se veía obligado á hacer mi- 
lagros para conjurar las alarmantes oscilaciones que ponían 
en danza su equilibrio; quién llevaba el kepis empeffado en 
marcharse de su cabeza y debía ocupar en sujetarlo una mano 
que le hacía mucha faha para agarrarse del recado. ... Se 
sucedían los percances, ya aflictivos, ya cómicos, cruzándose 
en todos los tonos exclamaciones, apostrofes y diálogos de 
ocasión. 

— Barrunto que á la llegada podremos desayunarnos con 
bifes d caballo, — dijo uno, que de fijo sentía algún escozor en 
las posaderas. 

— Yo estoy de felicitaciones — agregaba otro de buen hu- 
mor; — me ha tocado un rocinante que le da treinta planta- 
das al que el manchego montaba. . . . «cuando Dios quería». 
Ahora que salgan á mi encuentro las más descomunales y no 
vistas aventuras (y blandía guapamente su fusil); yo sabré 
demostrar cómo son «mis fueros, mis bríos, y mis pragmá- 
ticas. ...» 

(Aquí sucedió que el caballo dio un respingo y el orador 
belicoso se apeó por las orejas. ) 



aj DÍAS DE CAMPO ai 



Notable es la conformación del terreno que pisamos. Ya 
quebradas abruptas, ya colinas turgentes, de elevación progre- 
siva, cortadas de improviso por una zanja ó cañada que baja 
de las alturas torciéndose y quebrándose en mil interrupciones 
caprichosas. El suelo, en general, está compuesto de tierra 
compacta y dura, que el agua pluvial apenas reblandece sin 
hacer barro. En las caídas del camino he hallado gran abun- 
dancia de tierra greda, buena para batanar. 

Esta variedad alegra la vista y tiene el ánimo en continua 
distracción : siempre se ofrecen nuevos panoramas y paisajes 
nuevos. 

Hace dos días que vemos á Pan de Azúcar, cuyo cono in- 
menso se destaca entre los cerros irregulares de sus flancos, 
como un rey sobre sus vasallos. Dos días y siempre está le- 
jos. Creo que ni siquiera ha aumentado su tamaño. Parece 
que se apartara lentamente ante el trote de nuestros caballos. 
Estas moles suelen ofrecer, como posibles, tan raras ilusiones 
<5pticas. Tras una jornada de cuatro leguas hecha en su al- 
cance, lo vemos siempre lejos, siempre soberbio, siempre con 
sus tributarios y sus brumas, siempre elevado, como temblo- 
roso y vagamente azul. Según dice la leyenda, «cantaba la 
dulce Linus y la peña se mecía blandamente al ritmo del can- 
tar. El titán de la peña le gritó irritado : ¿ Qué haces, piedra 

estúpida ? Y la peña contestó : ¿ Te figuras que soy sorda ? » 

Aquella piedra oía. Pan de Azúcar ¿ se retira acaso ? Im- 
posible : sólo tienen vida y danzan las piedras de las leyendas. 



IV 



A PAN DE AZUGAR POR LOS GERROS DE ÜBEDA 



IV 



Á Pan de Azúcar por los cerros de Übeda 



2} de Diciembre. 

Llegamos á Solís Grande y dormimos allí; siempre co- 
miendo de gorra, gracias á la esplendidez de los vecinos, que 
han tomado á su cargo el- de hartarnos de asado con cuera. 
Esta vez fué el pagano un señor de Lao, paisano bueno y 
franco á más no poder. Consuela, de veras, el afecto que 
demuestran los habitantes de la campaña por estos futuros 
organizadores del Ejército Nacional. Parece que con clarovi- 
dencia insólita, dado lo escaso de sus luces, presintiesen en 
ellos las probables garantías de sus vidas, intereses y propie- 
dades. Quizás aleccionados dolorosamente por la experiencia, 
comprenden que sólo de la educación pueden esperar el des- 
arraigo de los desmanes, imposiciones y desafueros de que 
tan á menudo han sido víctimas, sin que su indignación, ma- 
nifestada ante las brutalidades del abuso, haya dado más re- 
sultado que la consumación odiosa de la vía de hecho y la 
desgracia del infeliz paisano, obligado de entonces más, á va- 
gar errante y perseguido de muerte como una fiera .... 

Pasa á nuestro lado un jinete, modestamente vestido ; trae 
en su equipo una mezcla rara de vestimentas : sombrero ga- 



26 MANUEL P. BEIRNARDEZ 



cho, viejo; poncho ordinario, de apala ; pañuelo al cuello; 
saco de brin, de pobre confección; bombachas de lienzo azul 
y botas fuertes, ¡Pobre remedo del gaucho antiguo y de su 
agreste traje legendario ! Hasta la fisonomía de éste lleva, so- 
bre los vigorosos rasgos del hombre de bronce, un indefinible 
tinte de desaliento ; algo así como un baño de miedo ó de 
tristeza. ¡ Ellos, que jamás temblaron ! ¡ ellos, que antes de 
doblar la sien envilecida, la abatieron rota ! 

En cuanto al traje, está perdido. La civilización lo ha con- 
taminado con las estrecheces de sus modelos, y lo ha con- 
vertido en cierto disfraz que le quita por completo la gracia 
y el carácter. ¡Ni vestirse sabe ya el hombre de los campos ! 
¡ Pobre gaucho ! No le han quitado el lazo y las boleadorasy 
porque no han podido ; pero á éstas las ha sacado ya de la 
cintura : ahora las lleva tímidamente bajo los cojinillos. El 
hombre sabio le dijo, apoyado indolentemente en su fusil: 
«Puesto que necesitas de esos chismes para comer, en buena 
hora, quédate con ellos y come ; pero lo que es el traje, te 
lo quitas : eso te recuerda demasiado tu salvaje grandeza y 
no lo quiero soportar .... Yo me visto á la europea : trata de 
imitarme aunque prostituyas tus gracias y te ridiculices. Para 
que no te inquiete la idea de parecer grotesco, sabe que 
desde ahora empiezo á reirme de tí. Tií eres útil, porque eres 
bruto y te harás matar, sin meterte á averiguar por qué. Esto 
es muy bueno; siempre me han fastidiado los curiosos. Tú 
eres necesario, porque sin tí el toro salvaje sería el señor de 
la pradera. Eres mío y me servirás; para eso eres ignorante. 
Hazte matar y cállate, y agradece que te hago el honor de 
vestirte á la moda y montar tus caballos á la alta escue- 
la. . .. Sin embargo, no quiero que digas que soy injusto y 



2 5 DÍAS DE CAMPO ay 



que te mando sin derechos. Aquí tienes tú este chisme en 
que me apoyo ; pues has de saber que allá en la tierra de 
donde vengo, los pueblos se mandan unos á otros sin apo- 
yarse en mucho más. . . . Por ahí verás tú si es legítimo mi 
derecho y si puedo ó no dictarte de mis caprichos un código 
de leyes. ...» 

Dijo, y el paisano lo escuchaba absorto. No lo entendió todo 
bien, pero obedeció como supo. Para eso el czar castellano se 
encargaba de corregirle paternalmente los yerros? .-. . ¡Este fué 
el Esdras monstruoso impuesto á los infelices Calmets de las 
praderas americanas ! 

El jinete de que hablé, nos encuentra á su paso y nos mira 
con cierto temeroso respeto. A haberlo previsto, hubiera tal 
vez evitado el encuentro. ¡ Tiene tantos motivos para temer á 
las bayonetas ! . . . . Detiene su caballo, se saca el sombrero y 
hace varios saludos á medida que vamos pasando. Al ver que 
nadie le dice nada, se me acerca con cierto recelo y me pregunta 
tímidamente: — Patronsito, ¿ quiere desirme qué gente es ésta? 
— Este es el Colegio Militar. — ¿Y qué anda hasiendo ? . . . . 
perdone la curiosidá. — Anda reconociendo el país. — ¡ Ah ! 
güeno,. . . . usté dispense ; yo creiba que andaban riuniendo. — 
No, compañero : nosotros no reunimos y ahora no reúne nadie ; 
no tenga miedo. — Es que andamos más resabiaos patrón. .... A 
mí ya me han arriao tres veses, y como andan diciendo que 
anda por haber barullo, tenemos que parar la oreja. — Pues 
no tengan cuidado: estén tranquilos no más, que no los han 
de arrear .... Ya no se arrea. — Bueno, muchas grasias pa- 
tronsito ; entonse será hasta otro día ... . — Nos separamos : yo 
sigo á la gente, mi interlocutor se queda parado un momento 
i y luego se viene al paso. Pronto lo dejamos muy atrás; pero 



28 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



no hemos andado diez cuadras, cuando lo veo pasar al galope 
por nuestro lado, sonriéndonos amistosamente. No sabía dónde 
iba, pero casi lo he adivinado después. Llegamos fatigados al 
sitio designado para campar : nos acercamos á una casa que 
allí hay, vecina; pedimos agua, y nos dan carne, agua, sal, 
pan y cariño. Ya sabían que debíamos llegar. ¿ Pasaría por 
aquí el paisano aquél ? . . . . Es probable. 



36 de Diciembre.' 

Con la mitad de la gente montada y turnándose como en 
la marcha de ayer, llegamos á Pan de Azúcar, campando pro- 
visoriamente en la costa Oeste del arroyo. A las tres de la 
tarde lo vadeamos, subiendo á la colina, en cuya falda Este 
está el pueblecito, como olvidado allí por algún repartidor de 
aldeas. Se descargaron las carretillas de bagajes y plantamos 
las tiendas, sobre dos de las cuales flamea orgullosa la ban- 
dera bicolor. 

Infinidad de familias vienen á curiosear por los alrededores 
del campamento, pasando fuera del predio demarcado por los 
centinelas que, arma al brazo, repiten su marcha isócrona con 
toda formalidad. 

Entre las curiosas hay palmitos deliciosos. Al verlas vagar, 
traigo á la mente, ávida de fantaseos, cierto recuerdo de Mon- 
tevideo la hermosa, y vuelvo á aspirar con delicia el ambiente 
tibio de sus azules noches veraniegas, cuyas horas me vieron 
errando á la ventura por sus calles pobladas de bellezas, con 
vaporosos trajes y risas bulliciosas .... Pero aquí no hay es- 
truendos que aturdan el oído, ni luces que fatiguen la pupila ; 



2} DÍAS DE CAMPO 29 



el sol se ha ocultado tras los cerros grandes, y éstos nos en- 
vuelven ya con sus proyecciones colosales ; el genio de la no- 
che, jinete de la sombra, persigue tenazmente los rayos fugitivos 
del moribundo sol ... . Algunas familias que quedaran oyendo 
la retreta, se van alejando poco á poco ; una niña, vestida de 

blanco, se queda atrás Yo me paseo por allí soñando y 

sigo abismado su huella, mirando si por acaso deja algún ras- 
tro en el suelo, como dejaban en la húmeda yerba los pies 
descalzos de Spillyre la Sicambra, la de los ojos azules .... 
Decididamente, hoy está mi loca insufrible con sus ton- 
terías. 



I 

f 



PAN DE AZüGÁR 



Pan de Azúcar 



27 de Diciembre. 

Hoy holgaremos todo el día. Así se ha acordado en con- 
sejo solemne. Ya empezamos la holganza no levantándonos á 
las tres, horita matadora para quien, como yo, no deja los 
ensueños ni las sábanas hasta las nueve dadas. Son las seis, y 
aunque estamos aún echaditos en los recados, no dormimos, 
ocupados en pasar revista á los acontecimientos del viaje y 
en admirar de antemano los paisajes y panoramas que nos 
ofrecerá la sierra de Minas, en la cual tanto han ejercitado 
su fantasía algunos que de ella han hecho relatos y descrip- 
ciones. 



A la sazón da la voz de / arriba ! el Comandante Jerez, y 
obedecemos todos (Camargo, Nosiglia y yo, huéspedes per- 
manentes de su tienda). Nos adecentamos un poco dándonos 
una regular manita de adobe, y salimos á dar una vuelta por 
el pueblo. ¡ Qué tristeza ! . . . . Increíble es el desánimo y 
abandono que á primera' vista se nota en él. ¡Y yo que me 
lo había figurado como un poético nido de viuditas! Ya me 



)4 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



va pareciendo que las hermosas niñas de ayer, no viven aquí, 
y si viven, no serán hermosas, ni siquiera niñas. La casa del 
caracol es feaj pero guarda relación con ella la catadura del 
dueño. Yo concibo para una blanca niña una casita blanca, 
¡pero esto !. . . . ¡ Qué vida tan penosa y mezquina arrastran 
las poblaciones del interior ! Y es que están minadas fatalmente 
por Un mal orgánico que las desmorona. No causa tal vida 
vegetativa y estéril, falta de recursos propios, ni pobreza 
local, ni mala situación geográfica, ni vecinos indolentes. . . . 
i Nada de eso ! Es que todos los esfuerzos se estrellan con- 
tra el sistema administrativo que absorbe, en provecho no sé 
de quién, ó, mejor dicho, sí sé de quién, todas las rentas depar- 
tamentales ; es que no hay alas que crezcan con la tijera im- 
placable de la centralización de rentas. Abran, los hombres 
que gobiernan, los ojos á la luz. Sí esa gabela ominosa no 
se levanta á las poblaciones rurales, se las verá retroceder 
día á día y agonizar penosamente hasta convertirse en rui- 
nas (i). 



Se ha organizado una excursión al cerro que da nombre á 
esta comarca. J£s una subida penosa. Yo estaba muy animado 
para ser de la partida; pero he oído no sé qué chismes so- 
bre bailoteo. ... y me he desanimado. Son las cuatro de la 
tarde, y el Mayor Roure va á partir con otros varios. Yo 
también casi voy á partir, pero no parto. He luchado largo 
rato para decidirme entre el baile en Pan de Azúcar y la 



(i) Téngase en cuenta la fecha en que esto se escribió; aunque, según entiendo, poco se 
ha adelantado hasta ahora en tan capital asunto. 



2S DÍAS DE CAMPO 35 



ascensión al cerro. Triunfó el baile por fin. He pensado en 
las lindas curiosas de ayer y me he quedado ; no hay reme- 
dio. Tengo, además, otras razones. Pan de Azúcar es asaz 
conocido : ha sido comentado, medido, calumniado y des- 
crito hasta por paseantes de tres al cuarto. Más aun : pe- 
diré informes á los exploradores y lo sabré todo como si 
lo gstuviese viendo. Decido aprovechar la tarde paseando 
á caballo y me pongo á ensillar un zainito cantor, parodiando 
un bolazo que oí cantar cierta vez en una zambra criolla : 

Arriba de Pan de Azúcar 
> Se subió mi pensamiento; 
Después de estar allá arriba 
No encontró por donde apearse. . . . 

Y monto y le doy el anca al monte, echando hacia el pue- 
blecito. Me alejo de la expedición y me acerco al proyectado 
baile. Vale decir, me ha vencido una debilidad. El que no 
haya sufrido una derrota análoga, que alce el dedo. ¿ De 
quién es el eterno triunfo sino de ella ! Bueno : ¿ y qué es 
ella más que una peligrosa debilidad ? . . . . 



Tuve esta tarde una feliz idea ; lástima que se mt ha que- 
dado adentro, como casi todas mis ideas felices. Allá va el 
cuento : 

Pues señor. ... 

Pero no, señor, que no es cuento, sino que esta mañana 
visité un molino hidráulico situado en dirección Norte del pueblo 
y á poca más distancia de una milla. Recorrí con gusto el 
establecimiento, que es uno de los buenos en su género que 



)6 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



el país posee, y de los que algunos más necesita para explotar 
en su mejora y provecho, los naturales veneros de riqueza 
que, vírgenes, y por lo tanto estériles, aguardan que la mano 
del hombre les dé adecuado y provechoso empleo. Sus pie- 
dras molares trituran sobre sesenta fanegas de grano diarias, 
y su prtta deja caer el agua con rapidez de cuatro metros 
por segundo, dando al gran volante una fuerza motri^ de 
ocho caballos efectivos. Está situado el molino en pintoresco 
sitio circuido de bosque; parte del arbolado que borda con 
varios matices verdes, las orillas del arroyo. Este ha sido 
desviado para dar su fuerza á la industria del propietario. 
José Montanelli, hijo de la hermosa Italia, tiene una de esas 
historias tan comunes y sencillas como honrosas para sus pai- 
sanos : primero, y como prólogo que adecuarse puede á mu- 
chas obras, el deseo de hacer fortuna, deseo que saca de su 
país á casi todos los inmigrantes; la obligada travesía, vía-crucis, 
como pudiera llamarse á la que, algunos años atrás, se hacía 
en ciertos grandes gallineros de hombres, en los que empezaba 
el expatriado á comer « el amargo pan del ostracismo ; » por- 
que el pan que allí se daba á los inmigrantes pobres, era 
efectivamente amargo, cuando era pan. Insano corolario de un 
alimento malsano : patatas crudas, tocino rancio, tasajo pas- 
toso y pasado de sal, caldo chirle en gran barreño, tumba de 
tal cual garbanzo sobre difícil de atrapar, invulnerable al 
diente. . . . Por toda bebida agua de mar, hecha potable por 
la evaporación del salitre y consumida tibia, á guisa de re- 
vulsivo; y para digno teatro de cosas tales, la bodega su- 
cia y lóbrega, antro infernal donde se hacinaba la carga de 
carne viva ; donde sólo se respiraba humedad y miasmas, mo- 
léculas salitrosas semi-extratificadas en los no lavados cuerpos 



.* 



2j DÍAS DE CAMPO 57 



sudorientos ; donde resbalaba el pie sobre las inmundas evacua- 
ciones del mareo, y donde el desarrollo de cierta pálida en- 
fermedad arrastraba al fondo del mar á más de un infeliz que 
se embarcara sin el menor deseo de fondear tan oscura y 
miserablemente. ... Y después de apurar hasta el fin ese catá- 
logo de miserias, que pocos pasajeros de tercera dejaban de 
apwar,. el arribo á ^Dlaya extraña, la agobiadora y continuada 
lucha por la existencia, sostenida contra el hambre, contra el 
vicio y contra el hombre; y allá, á mediados de la vida, des- 
pués de mil privaciones y vicisitudes azarosas, un modesto 
capital por el trabajo adquirido y pronto para ser arriesgado 
nuevamente en sus nobilísimos azares. ... De aquí nace una 
industria. Así alzó Montanelli el molino que posee. Con la 
radicación viene el cariño á la segunda patria, aumentado por 
los afectos de amistad y los lazos de familia ; el cariño á la 
tierra que vio sus sufrimientos y sus goces, sus amores de 
hombre y sus transportes de padre. 

— Estoy orgulloso, dice el buen italiano, porque en esta casa 
sólo son extranjeros mis brazos : hasta los que me ayudan 
pertenecen al país, porque son de mis hijos. 

Y tiene harta razón el laborioso hombre : muele el trigo de los 
plantíos nacionales, y al desviar el río para hacerlo servir á sus 
intereses, ha hecho, en beneficio de un organismo industrial, la 
transfusión de esa savia vigorosa que, corriendo por estéril 
vía, se derrochaba inútilmente. Inmigrantes como Montanelli 
€S lo que necesita este país para jugar el importante rol que 
la Providencia le ha señalado, al colocarlo como subdito apa- 
rente, pero como arbitro real entré dos naciones podero- 
sas. ¡Dios se los dé á centenares, y lo libran de tanto vampiro 
político como pugna por beber, s» Sangre noble, para aban- 

4 * V 



;8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



donarlo, exangüe y abatido, á la enconada furia de los ban- 
dos !( i ) 



Pero ¿ á qué viene esto ? preguntarán tal vez ustedes. Pues,, 
señor, yo pregunto lo mismo, casualmente. Tal vez se me 
achaque el haber hecho de intento la descripción del molino. 
Pues, no, señor. Sucede que yo iba á hablar precisamente de. 
la hija del molinero. 

Es una belleza agreste. Yo hubiera querido retratarla (ésta 
es la buena idea á que antes me refiero ) ; hubiera querido- 
retratarla con su molino, con los árboles de este bosque, con 
las nubes de este cielo, y alumbrado todo ello, por las luces 
de este hermoso sol. Desgraciadamente, el Mayor Roure se 
ha llevado á su expedición los chismes fotográficos. Lo siento 
de veras. Al lado de esta niña, recatada sin gazmoñeríaj y 
sencilla sin simplicidad, siento no sé qué perfume de floresta, 
que me agrada extremadamente. Tiene la voz algo gruesa, 
y cuando habla me parece escuchar á la mujer primitiva, 
emitiendo la voz sonora de la Naturaleza. Su cuerpo, libre de 
presiones enfadosas, se dibuja á cada movimiento bajo la am- 
plitud de un sencillo traje de percal crema con florecitas ro- 
sadas. Muchas margaritas blancas esmaltan su cabeza, sem- 
bradas aquí y allí, en el cabello brillante, como estrellitas de 
plata. Se inclina á mi lado para alzar no recuerdo qué, y 
sus pesadas trenzas, resbalando por sus hombros, se deslizan 
blandamente hasta besar el suelo. Al ser echadas atrás con 
ademán airoso, pasan rozándome el rostro y me dejan una deliciosa. 

( I ) Repito que debe tenerse en cuenta la e'poca en que esto se escribió. 



2^ DÍAS DE CAMPO 39 



mezcla de perfumes silvestres: cerinto, ajedrea, bromelia, marga- 
rita, tuberosa .... Como suavísimo beleño me arroba aquel 
aroma, transportándome con la visión de la niña agreste, á un 
mundo poblado de ensueños pastoriles, de flores y rebaños ; 
mundo lleno de notas de caramillo Arcadiano y de tintas de 
paisaje Provenzal. . . . 

¡ Lástima es que me vaya sin el retrato ! Por una pueril 
coquetería de niña, ella lo siente como yo, y no la contenta 
la seguridad que la doy de recordarla en mis apuntes. — Me 
vestiría de blanco y estaría linda, — me dijo con candorosa 
tristeza. — ¡ Oh inocente paloma silvestre, cómo siento haber 
dejado en ese nido apartado tu deliciosa blancura ! 



VI 



f ! 



DE aquí a la mina 



VI 



De aqui á la mina 



28 de Diciembre. 

¿ Cómo, diana ya, y acabamos de salir del baile ! ¡ Bonitos 
estamos ! ¿ Qué hora es ? ¡ Las tres de la madrugada ! 
Bueno ; entonces es una tontería tender los huesos. No me 
despertaría un redoble ; tal vez ni una diana con música .... 
Me voy á la guardia, á ver si me dan algo caliente para 
calentar más aun la calurosa calentura de mi cálida cabeza .... 
Buenos días, muchachos : ¿ fresquita la mañana, eh ? '¿ Qué 

se toma por aquí ? ¿ mate ? . . . . Todo sea por Dios El 

lo dé y no me divida por haber sido injusto á veces con 
esta yerba bienhechora. Voy á hacer su apología, á guisa de 
desagravio. Vosotros me escucharéis, ¡ oh jóvenes ! con silen- 
ció tal, que pueda oirse el estornudo de una mosca en tres 
cuadras á la redonda, y yo os expresaré luego mi reconoci- 
miento en breves palabras .... 

Habéis de saber, pues, ¡ oh pichones de Ministros, Tenien- 
tes Generales y otros ! de cómo esta yerba se llama ilex Pa- 
ragaayensis en sabio, y de cómo sufre las siguientes asombrosas 
metamorfosis, antes de venir á parar á esta calabacita tan cuca, 
que no pica aunque tiene pico, y que, como no escapa á vues- 



44 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tra penetración, es por la parte exterior dibujada y pinto- 
resca .... I Eh ! ¿ quién me llama ? . . . . ¡ Presente, mi Co- 
mandante : « aquí está el joven del baile para quien quiera 
algo del I » 



Llevamos dirección al paraje denominado La Horqueta, y por 
el camino se hacen, del baile de anoche, los obligados co- 
mentarios. Todos hicieron conquistas ; por supuesto, menos yo. 
Tocó la orquesta del Colegio, compuesta de violines, flautas, 
guitarras, etc., y se bailó con entusiasmo. Las niñas que asis- 
tieron me confirmaron en la opinión primera ; en general eran 
bonitas y algunas de notable hermosura .... Estuvo la niña 
agreste, la de los cabellos alitordos ; de los ojos llenos de 
candida malicia ; de los labios frescos y suaves como besos 
de la brisa matinal .... Todos salieron satisfechos del baile y 
más de uno halló asunto para cavilaciones trascendentales, en 
la deliciosa y simpática tontería. 



Esta mañana se nos fué Camargo. Vamos á sentir de veras 
á nuestro alegre y bienhumorado compañero de fatigas y 
aventuras. Hicimos lo posible por retenerlo, pero no pudo ser. 
Tiene obligaciones, dice, en Montevideo, y debe marcharse .... 
¡ Obligaciones, marcharse ! ¿ Qué le costaba trazar una pequeña 
curva ? ¡ Valiente geómetra que no entiende más que de líneas 
rectas ! Pues bien : si no hay remedio, que se vaya ese viejo 
malo ; que se vaya, no lo queremos más aquí. ... Lo que es 
á Nosiglia y á mí, no nos faltó un pelo para hacer pucheros 
al dar el apretón de despedida al querido profesor. 



2 5 DÍAS DE CAMPO 45 



Pasamos comp á una legua de la Mina Oriental y no quise 
dejar de visitarla. Al efecto me separé de la columna, acom- 
pañado del Mayor Roure, y después de un corto galope, lle- 
gamos al paraje donde se hallan las excavaciones. Hay varias 
casas en ruina, ni más ni menos que algunos incautos que 
emplearon aquí sus capitales, esperando proficuos resultados. 
Dos casas de comercio espiran de consunción, haciéndose una 
guerra encarnizada, aun en lo que pudiera llamarse estertor 
de su agonía comercial. . . . 

Alguna vegetación crece por aquí, desalentada y enferma, 
como todo lo relegado en esta pobre altiplanicie. Las yerbas 
están agostadas y mustias ; algunos árboles dispersos, se han 
quedado á medio crecer : parécenme aquejados de rara melan- 
colía. Un canelón que vegeta trabajosamente, estrujado entre 
dos piedras, ha renunciado á elevarse y se inclina cual si pro- 
yectara devolverse al suelo. Salen algunos hombres á mirar- 
nos; quizás somos raros por aquí. Hasta estos hombres me 
parecen tristes. 

Nos apeamos delante de una pulpería. Después de algún 
momento de descanso significamos nuestro objeto, y un paisa- 
nito de gran cuchillo y cara alegre, se ofrece á servirnos de 
baqueano. Guiados por él empezamos á descender á pie la 
hondonada. El cicerone lleva una vela de sebo para alumbrar 
la galería. Unos cuantos desocupados se agregan á la expedi- 
ción y van ilustrándola con datos que escucho á medias. Ve- 
mos en el trayecto algunos agujeros de gran profundidad, 
abiertos en la roca viva á fuerza de dinamita, los cuales dicen 
que son para dar á la mina aire respirable y luz. Tienen un 
brocal cerrado para evitar desgracias, y se les llama piques. 
Son muy hondos: suelto una piedra en uno de ellos, y tarda 



46 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tres segundos en bajar, lo que me da una profundidad media 
de 45 metros. La piedra cae al agua y el ruido que produce 
semeja un grito humano de triste eufonía, que llega á nosotros 
repetido y quebrado en las asperezas dejadas en la piedra 
por la explosión brutal de la potencia dinámica. 

Seguimos adelante. La bajada es irregular y cortado el ca- 
mino por peñascos abruptos y grandes montones de piedra, 
roja como mineral de hierro. Evitamos estos obstáculos ro- 
deándolos. A veces tenemos que salvarlos. El sol desploma 
sus rayos ardorosos y nuestras frentes están cubiertas de su- 
dor; nuestras ropas abrasan y las piedras que tocamos nos escal- 
dan las manos. Llegamos junto á una casa medio derruida, y sale 
de ella, de uno de sus extremos, un largo y melancólico rebuzno. 
Nos acercamos con curiosidad y vemos alojado en un pequeño 
cuarto, que tal vez fué alcoba en mejores días, un asno man- 
chego de pura raza : zaino en el lomo y en los flancos y de 
un amarillo leonado en torno de los ojos, en el hocico y en 
el bajo vientre. Nos dicen que es un padrillo destinado para 
el cruzamiento por el doctor Aguirre, explotador primero y 
verdadero de esta mina. El rucio nos mira con aire absorto. 
Quisiéramos oirle rebuznar d^ nuevo, pero él se zambulle en 
un silencio circunspecto, casi senatorial. Lo dejamos entregado 
á sus meditaciones y proseguimos la marcha. El borrico se 
asoma á una ventana y nos contempla con gravedad solemne. 
Cualquiera lo tomaría por un diputado en ejercicio, á no ser 
por sus largas y epigramáticas orejas. 

No hemos andado cien pasos, cuando nos sorprende un 
clamor indefinido y confuso, una especie de ladrido que pa- 
rece modular palabras. Volvemos la cabeza y vemos uno como 
gorila derrengado, que se nos avecina con agilidad, saltando 



2 5 DÍAS DE CAMPO 47 



y deslizándose entre las breñas. Sigue á voces una especie de 
monólogo gutural, del que consigo coger algunas frases suel- 
tas ; frases que acusan incoherencia de . ideas en quien las 
ahulla, que no las grita. Aquel bulto animado, cuadrumano 
por su agilidad y catadura, hombre por las palabras sueltas 
que barbota, trae en la cabeza un sombrero, al cual, quizás 
por evitar complicaciones, le ha suprimido el ala ; completan 
su equipo algunos pingajos de varios géneros y color de mu- 
gre, que flotan al viento, dejando al sol una buena parte de 
piel negra, con la cual luchan los huesos, empeñados en agu- 
jerearla y dar al traste con el armazón. Este ser extraño, mez- 
cla, en su aun más extraño monólogo, nombres queridos y 
nombres raros. De pronto se para, nos mira, poniendo sobre 
los ojos de caídos párpados, su mano temblorosa, y grita, ahue- 
cando la voz como para meter miedo : — ¡ Buenos días. Ca- 
pitán Querés ! ¿ cómo ti va ? . . . . 

Preguntamos al cicerone qué es aquello, y nos contesta que 
aquéllo es el Pajarito, 



^ , 



VII 



LA MINA ORIENTAL 



VII 



La Mina Oriental 



V 

Está en el bajo ; unos mil pasos al S. O. de la pulpería 
donde dejamos nuestros caballos. Llegamos á la entrada, una 
garganta estrecha á cuyo fondo hay que descender asiéndose 
á las yerbas largas que nacen entre las grietas de la piedra 
rota. En el piso de la garganta hay una línea de rieles por 
donde han corrido las carretillas de balastro durante los tra- 
bajos. Los rieles están echados sobre durmientes medio podri- 
dos, que hay que saltar con cuidado. Se sigue la vía y se 
entra en la mina con ella. Entre los durmientes hay agua. 

Llegamos al principio de la bóveda. El cicerone enciende su 
bujía. Examino: la bóveda es de ladrillo, groseramente cons- 
truida, llena de filtraciones y agrietada á trechos. Hay que in- 
clinarse al andar para no tocar el techo con la cabeza. Uno 
de los desocupados resbala y mete un pie en el agua; sus 
compañeros celebran el suceso con risas que repite el eco en 
diferente diapasón. Seguimos, avanzando á tientas, pues la 
vela, sin fuerza para romper las tinieblas, apenas difunde una 
luz penumbrosa en torno del que la lleva. Por fortuna aquí 
ya no hay agua, lo que me hace pensar que la de la entrada 
es pluvial y no manada como al principio creyera. Ya no hay 



52 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



agua, pero tampoco hay bóveda de ladrillo. Esta concluye á 
cien pasos de la entraba y continúa luego la pared natural, 
llena de irregularidades dejadas por el zapapico. No deja de 
ser probable un hundimiento, pues la pared está compuesta de 
fragmentos de piedra, mal ligados , con soldaduras de tierra 
cuarzosa, amasada con pequeñas cantidades de arcilla. Una 
i^tonación ó ruido vibratorio que conmoviese el aire interior, 
podría ocasionar el desplome de grandes lajas que se hallan á 
medio desprender. La entrada, en la que hay bóveda de la- 
drillo, es de tierra gredosa, que, humedecida, adquiere cierta 
plasticidad fácilmente maleable. 

La bóveda es cada vez más deprimida. De su corteza se 
destacan informes dentellones que se me figuran colmillos de 
esta oscura boca de la tierra, abierta ante nosotros en adenján 
hostil. El piso, á medida que la bóveda se estrecha, va des- 
cendiendo también en rampa suave. Me inclino y miro hacia 
adelante : allá lejos, vagamente coloreada por la luz amari- 
llenta del guía, hay una como mancha de claridad, proyectada 
desde arriba sobre el pavimento negro. Es luz del sol que 
baja por un pique, y abrumada por la oscuridad y la distan- 
cia, adquiere al llegar abajo la palidez indecisa de la refrac- 
ción lunar. 

En una de las paredes laterales veo una cifra hecha con 
yeso sobre la piedra, y casi borrada por la humedad : es el cóm- 
puto de la distancia recorrida. « Doscientos metros. » — Falta 
un poco, dice lacónicamente el guía. 

Examino la pared del pique, donde me aseguran que hay 
algunas vetas auríferas ; pero, ó lo entiendo muy poco, ó las 
tales vetas sólo existen en la fantasía de alguien que sabrá lo 
que se pesca. Veo, sí, que la parte de mundo geológico que 



2j días de campo 53 



hay sobre nuestras cabezas, se compone de grandes capas pé- 
treas, irregulares, medio extratificadal y divididas á trechos por 
intersecciones de tierra gruesa. En éstas, de las que hay va- 
rias hasta la boca del piqucy crecen algunas yerbas, descolo- 
ridas por la falta de sol. El viento que busca salida y i^s- 
ciende como soplado por un aventador mecánico, las sacude 
violentamente, manteniéndolas en perpetua agitación. Algún 
tallo que se desprende, no cae, sube y sale dando volteretas 
por la boca del respiradero. 

A ambos lados del camino se encuentran pozas de agua. 
Debe ser la llovida que entra por el pi(]ae, pues la que pro- 
ducen las filtraciones no basta para formar depósitos, debiendo 
ser consumida por el pavimento. Hallamos dos piques más. 
Uno de ellos no es, como los otros, vertical. Debiendo ser 
abierto de abajo arriba, hubo de dársele una inclinación no 
menor de 6o** con la horizontal, á fin de hacer posible la 
marcha ascendente de los obreros. 

Después del tercer pique se acentúa rápidamente la depre- 
sión de la galería, debiendo inclinarnos mucho para poder avan- 
zar. Es sensible la presencia de ácido carbónico y la respira- 
ción se hace trabajosa. La bujía siente también el efecto, 
porque oscila un largo trecho, hasta que la escasez de oxígeno 
la apaga al fin. El Mayor y yo llegamos al término, andando 
de prisa, y empezamos á medir la galería. Los pulmones fun- 
cionan con trabajo y la asfixia empieza. Volvemos, una vez 
cerciorados de que es también de piedra el fondo de la mina, 
y hallando á los compañeros, buscamos la salida casi á la ca- 
rrera. En el primer pique respiramos libremente. Estamos cu- 
biertos de sudor, y no obstante, la temperatura es muy baja. 
Seguimos luego andando más despacio y por fin ganamos la 

5 



54 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



salida. Nuestras medidas arrojan un resultado de doscientos 
ochenta metros. Miro el reloj : hemos andado veinticinco mi- 
nutos por las entrañas del suelo. Confieso que en su transcurso 
no me he hallado completamente tranquilo. La luz, brillando 
en la oscuridad con la amarillez siniestra de una pupila de 
buho y apagándose luego por sí sola, tal como un ojo que la 
muerte cierra ; las voces, lúgubremente repetidas por esa otra 
voz de lo inanimado, que se llama eco ; el frotamiento de un 
reptil que se desliza ; la presión misteriosa de lo inerte, que 
oprime sin aplastar .... todo ; los respiraderos con su luz 
crepuscular; la luz enseñando á medias el piso viscoso y los 
flancos resquebrajados del antro ; el antro, tal vez irritado os- 
curamente contra los pequeños audaces que hollaban sus en- 
trañas rasgando su silencio ; el silencio desgarrado por las 
inflexiones múltiples del eco; el eco, devolviendo á gritos- el 
metal de nuestras voces ; las voces, repetidas tristemente como 
lamentos de la piedra herida ¡ todo era solemne, todo mag- 
nífico, todo grande ! Se columbraba en derredor algo trágico que 
se oponía. Hay en lo disforme yo no sé qué amenaza de acome- 
tida oscura. El alma rebelada se apercibe á la defensa, y un 
instante se siente el hombre sublimado por esa grandeza sal- 
vaje^ que bien merece llamarse «grandeza de los pequeños! » 

En la entrada de la mina percibí nuevamente al ser hirsuto 
que nos siguiera al bajar á la hondonada ; aquél que el guía 
señalara con el nombre de Pajarito, 



VIII 



PAJARITO 



VIII 



Pajarito 



Empezamos á subir la dura cuesta y nos siguió á cierta 
distancia, rezongando no sé qué monólogo. Yo tenía la mente 
llena con la visión de la mina, y no obstante, aquel ser que 
tras de nosotros venía saltando, resbalándose y perorando sin 
tregua, me preocupaba vivamente. ¿ Qué decía ? ¿ hablaba ? Sí : 
yo le oí distintamente pronunciar palabras. Luego reía. Qui- 
zás decía algo chistoso, algo estúpido ; ¡ quién sabe ! tal vez 
algo grande. Parecía loco ó ebrio por sus gestos y palabras. 
Si era loco, era pacífico y alegre ; ebrio no estaba, á mi ver. 
Tenía los músculos muy elásticos y la cabeza harto firme. Era 
orador y auditorio : eso se veía. Trepaba á una piedra, dete- 
nía un instante sus movimientos y peroraba ; en seguida se 
aplaudía. Hablaba en tantos tonos que parecía ventrílocuo. 
¿ Qué idioma hablaba ? ¿ Brasilero ? ¿ castellano ? Ni uno ni 
otro : yo escuché una confusión extraña de idiomas, constitu- 
yendo un lenguaje pintoresco y especial. Pronunciaba mal y 
de prisa, pero se le entendía algo. Antes de salir del pre-, 
dio de la mina, cerca del segundo pique, halló una piedra 
grande á su paso ; una piedra de forma irregular, rematada 
en un ángulo obtuso. Nosotros la rodeamos, él la subió. En- 



5 8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



caramado en el pico, sujetándose con las manos, parecía una 
cabra montes. Nos miró de hito en hito, rióse luego y em- 
pezó á hablar casi á gritos. Yo me acerqué para oirle. Filo- 
sofaba ; decía : 

— ¿Ostés qué se piensan? ¿ Quené que son ostés ? Ostés 
son lumbrigas de la tierra, lo memo que yo. ¡ Se acauso Pa- 
carito non saberá o que ostés andaun querendo ! ¡ Pobres mi- 
ninos ! Non hay oro na mina : non hay oro ; non hay mas 
de que tierra y pedras. . . . Foy un ladrón foy, quen dijo 
que había as montoeras de oro na mina, y trose otros algu- 

r 

nos. . . . ¡ pra robalos! A Pacarito non lo roban non, por- 
que Pacarito e pobre como ratón digrexa. Tambein Pacarito 
non roba, pero nin lo quié lo negro di la uña ; pide, isto sin, 
y mas ante se muere diambre, mas ante, porque mabien ne- 
gro vieco pobre, mabien que ladrón. Cuando meno .te diseron 
que Pacarito e loco ; iso te diseron, á la fija. Non li hagas 
causo, porque ti estaun mintindo pra te sacate los rial. Yo 
sou un negro pobre poreim bastante adilantao; pero calíate la 
boca ; non cuentes pra os gurises de que Pacarito seye un negro 
vieco bastante adilantao, porque e lo mimo que se vos ti poniera 
á dale rapé á un ñandú. Capitán Querés : dame dose rial ; 
sácame una soscrisión pra me darme dose rial. Yo ti voy á 
cúrate di una infermedá que tú tiene. Tú sofre di lucura por- 
que viene á traser oro di la Mina Orienta. ... Ti inquivocas : 
tú está loco ; yo ti digo que ti voy á cúrate di tu infermedá. 
¿ Sabes quené que sou yo ? Yo sou el negro Pacarito ; vos ere 
el Capitán Querés: tanto gusto conosete á usté; pra servite 
á usté. . . . Nen vos se piensa quené quié el negro Pacarito. 
Yo ti voy á cuenta agora mimo neste momiento. Yo sou un 
sordao vieco di la depindensia qui tenemo ne mi tierra; yo 



2 5 DÍAS DE CAMPO 59 



fuy clarín nel tiempo diante. Dame un clarín si dubida y yo tí 
mostró como te deco sordo de los óvidos. . . . ¿ Non te diseron 
que Pacarito foy sarnento ? Pois sou sarnento pra que tú sepa, 
j Quein sabe, Capitán Querés, si tü se hiso queimar taun ser- 
quita como el sarnento Pacarito ! Yo non proseyo atoa por- 
que yo teño las marcas ne mi cuero. Agora vas á ver como 
yo ti contó una cosa pra que tú sepa : cuande yo era negro 
muchacho me cunte cuna negrita, pra que tú sepa, y tive 
dos gurises y una mulata chica igualita lo memo como mi ne- 
gra .... Intonse yo era cabo, intonse. No se piensen que estaun 
hablando con cuarqué porquera. Dispois me diseron que fose 
á sirvir outra veis, y fuy, porque sempre teño sido un negro 
meio valente. Cuande ya estive muin duna veis disgrasiao, 
pedí que me lo desen una baja pra me mandarme muda pra 
mi casa, y apañei quiñentos asóte mal, mal contao. Asin toy 
yo que non sirvo mais pra nada, o memo que guitarra vieca, 
atirao nun rincón. A veis pasada me diseron que ibaun á me 
tirar un ritiro pra min, y ainda estou isperando. ¡ Me párese 
que puedo isperar deitao, me párese ! O quies o ritiro non 
viene ; ya no persisan, á la cuenta, del negro Pacarito. Yo 
istou alegre porque me estou rindo, poreim non e di cun- 
tente sinón di triste, lo que istou viendo come qui trataun ne 
la mema tierra duno á un sordao vieco, taun luego como el 
sarnento Pacarito. Mi negra nostaba, pra que tú sepa come 
que yo sou de disgrasiao, cuande yo vortei con las quinetas 
di sarnento. A la cuenta tíñase arsao c'algun otro negro trom- 
peta o memo que yo. Al pedo e que yo istaba tudo ancho 
con las quinetas. . . . Los gurises de Pacarito volaron pelaos o 
memo que pichón de cuervo. Intonse Pacarito lo llamabaun 
Tisera, intonse, por quiera negrito cortado como ele solo. . . . 



6o MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Poreim era negrito cortado al cuete, porque todo me lo arsaron ; 
no incontré mais de qui la osamenta de mi perro atirado ne la 
porta de la manguera. . . . Capitán Querés-: dale neinque seye 
dos rial pra el pobre negro vieco ; mira qui istou bein pobre. 
Cuarqué gaucho atoa teñe un soquete pra se inllená la 
pansa; sólo el negro Pacarito e que non tiene mais de que 
hambre y malacas. ... De barde e que istoy gordito : e por 
que sou negro gordito de nasimento. Yo ti mostró como is- 
tou yo di lastimao. ¿ Querés ver las firidas de Pacarito ?. . . . 
Agora ti voy mostrar ne la purperia. Si querés intrarte ne la 
mina, intrate no más, no tenas miedo ; quédate ne la mina 
porque Pacarito ti voy sacar. . . . 

Un largo acceso de tos, seguido de una carcajada estúpida, 
cortó la palabra á aquel infeliz, que, tras largos años de os- 
curos sacrificios, arrastra hacia el sepulcro cercano la pesada 
y maldita cadena del paria. ¡ Pobre Pajarito ! No sabes tú que 
al oir el relato incoherente de tus desgracias ; al escuchar de 
tus labios amarillentos la dolorosa Odisea de tu vida misera- 
ble, se me ha apretado el corazón de pena y he llorado por 
tí ... . ¡ por tí. Pajarito, por tus hijos, por tu mujer prosti- 
tuida, por tu vejez olvidada y por tu raza proscrita ! 



IX 



GOSAS ALEGRES 



IX 



Cosas alegres 



39 de Diciembre. 

Sí ... . cosas alegrecítas : | por poco no estamos bailando 
el fandango ! ¡ Pasad horas ardientes de la tarde ! ¡ pasad ho- 
ras heladas de la noche ! ¡ pasad horas interminables de la 

mañana ! Salimos de La Horqueta, donde, en verdad digo 

que nos horquetamos como benditos de Dios. ¡ Qué calor 
tropical ! ¡ qué agua tibia é insípida ! ¡ qué sombra asoleada ! ¡ qué 
espinas punzantes ! . . . . Horas llenas de micuines y vacías de 
notas risueñas : ya os he dicho que paséis. . . . 



Campamos en un paraje denominado Los Mármoles, á causa 
de una mina de esta piedra que se halla en vía de explota- 
ción, aunque no le veo traza de que pueda seguir muy adelante. 
El paraje es malo para campar. Ya me prometo pasar una 
tarde insoportable y no le hallo gran chiste á la promesa. 
Delante tenemos el cerro de la Isla de Varas, elevado y abrupto, 
avanzando su cúspide cenicienta cual si se fuese á echar so- 
bre* nosotros. 

Mañana llegaremos á Minas, que está ahí á tres leguas, como 



64 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



quien dice ahí á un paso ; entretanto nos tostamos gravemente, 
haciendo sombra á unos arbustos que parece haber por aquí. 

Vadeamos una cañada j hallamos un sitio algo más pasable 
donde tender los cuerpos, más que rendidos, fastidiados. Es 
increíble la molestia que causa el calor en tales circunstancias. 
Luego tábanos, después mosquitos, y, en fin, variedad de pla- 
gas que no por dejar de ser egipcias, dejan de ser insoporta- 
bles. . . . Para colmo del fastidio, recibimos la visita de un hom- 
bre tan charlatán y tan posma, que estuve á punto de echarme 
á llorar al oirlo. . . . 

i Qyé persona tan atroz !• Hablaba de prisa, preguntando y 
anticipando él mismo la respuesta ; dando explicaciones y de- 
talles de cosas que maldito si nos importaban, y refiriendo 
anécdotas y sucedidos á propósito de esto ó lo otro ; todo sin 
escupir ni una sola vez. Si este hombre habla siempre lo mismo, 
pronto va á tener la lengua más gastada que un cuatro boli- 
viano. . . . Cansado de escuchar su prosa implacable, le dije en 
tono fisgón : ¡ Pero, señor, qué cigarras insufribles ! ¿ No le 
aburren á usted ? — ¿A mí ? No, señor ; á mí no me aburren 
jamás los diminutos é interesantes fenómenos de la Naturaleza. 
( Al oir esto el cocinero estuvo á pique de enterrar las narices 
en el fuego. ) Lo que á mí me aburre — prosiguió aquel hom- 
bre* tremendo, — es, más que la calma de estos campos au- 
gustos y sitios inocentes, la ruidosa movilización de las ciuda- 
des habitadas, en donde una admósfera parece que quisiera 
ahogarnos, y en donde se encuentra el forastero que no vive 
allí, con mil intrigas y mil aventuras raras que están, como 
la espada de Temístocles, pendientes sobre la cabeza de uno. . . . 
— I Bendito seas. Dios mío ! Gracias á tí, que me quedé dor- 
mido ; sino, creo que aquel hombre hubiera conseguido par- 
tirme en dos pedazos con la espada de Temístocles, 



Urrutia: Usted que me ha visto niño, comprenderá el encanto 
con que escribo este capítulo. Es para usted. Son pedazos de re- 
cuerdos recogidos en un viaje retrospectivo que hice con la mente 
allá por los inolvidables años de mi primera edad, 

Manuel. 



EL HOMBRE DE LOS CAMPOS 



X 



£1 hombre de los campos 



No he podido hallar un gaucho para describirlo á mi pla- 
cer, y como hubiera podido hacerlo, merced al profundo co- 
nocimiento que tengp de él, de sus costumbres, de sus leyen- 
das y sus desgracias. Lo conozco bien ; pero hubiera querido 
tenerlo ante mí, representado por uno de los tipos que en otro 
tiempo dieron asunto al romance americano y nombradía á 
esa valiente raza. La extinción del hombre nacional es un he- 
cho consumado Ya no se ven, no, aquellos de formas va- 
roniles ; los de piel tostada, alta frente y mirada altiva ; los de 
poncho terciado y pañuelo flotante, crujiente tirador con bo- 
tonadura de onzas españolas y amplio chiripá negro con 
franja viva, sombrero ladeado airosamente y cortante puñal de 
plata, botas de potrillo blanco, grandes lloronas, camiseta bor- 
dada, calzoncillos con cribo primoroso y temibles boleadoras col- 
gadas de la cintura. Esos tipos que se ven á medias en algunos 
cantos americanos, como tristes visiones de razas extinguidas, 
han muerto con Santos Vega. El Gaucho Florido, último y digno 
heredero de « aquel de la larga fama », no pudo ver impasi- 
ble la decadencia de los paisanos de raza y se barrenó la 
sien. Con la muerte de este hombre, cuya mano he estrechado 

6 



70 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



con respeto, el tipo nacional, el tipo hermoso, el altivo, se ha 
perdido para siempre, y ni siquiera vive, fijado su contorno ro- 
mancesco, en universal é histórico poema. ¡ Oh si yo fuese 
poeta para cantarlo ! ¡ oh si yo tuviese en mi lira notas bas- 
tante tiernas, bastante tristes, bastante salvajes para cantar la 
vida del Gaucho Americano! Entonces tü, Martin Fierro, se- 
rías algo más que una curiosidad literaria : serías el héroe 
impersonal en la historia de una raza; serías el tierno paya- 
dor agreste, llevando el canto de las praderas á través del 
tumultuoso oleaje de veinte generaciones!. . . . Bien puedes, 
¡ oh América ! preguntar á la exclusivista Europa : « Díme, con- 
quistadora : i qué has hecho de mis hijos ? Contesta, madre : 
¿ en dónde están tus desgraciados nietos ! 



¡ Cómo me entristece la pérdida de esos hombres que, ji- 
netes en no domados potros de cola atada y crin flotante, 
despertaban á su paso los ecos dormidos de la pradera, su 
cuna ! Yo los he visto ; los he visto cuando era niño y los 
he admirado. Ya entonces eran raros, pero -menos raros que 
hoy. En una grande estancia del interior vi algunos hombres 
de tristeza altiva que, en las tardes del estío y en sus noches 
perfumadas, cantaban bajo el ombü de eternas hojas verdes, 
canciones tristes y vagas como reprimidos ayes de dolor. 
Luego les veía dejar la guitarra, cuyas cuerdas quedaban re- 
pitiendo, temblorosas, el ühimo acorde triste, como si no qui- 
siesen olvidarlo ; y, siempre con reposado tono, hacer relatos 
de aventuras amorosas ó de peleas á cuchillo, con igual liber- 
tad de detalles que si ellos no hubieran sido los protagonistas. 
Ni suprimían hechos propios, como quizás hubiéramos hecho 
nosotros, ni los abultaban, como hacer pudieran fatuos vulga- 



2 5 días de campo 71 



res. De la narración hecha con palabras sencillas, pero con 
imágenes gráficas, de esas que el gaucho aprende en su inti- 
midad con la Naturaleza, de las que con una palabra pintan 
una situación suprema, se desprendía la grandeza del narra- 
dor como el fulgor de la estrella ; sin que se esforzase por 
ello, así como la estrella no se esfuerza por brillar. . . . Luego, 
al nacer la mañana, he visto á aquellos cantores de la tristeza, 
convertidos en obedientes hijos del trabajo, salir á parar ro- 
deo con los amplios ponchos crujientes de escarcha, voceando 
al ganado que, habituado al grito, abandonaba el bosque y la 
ladera ganando presuroso las alturas trilladas, donde se reunía, 
girando en derredor con rapidez de vórtice .... Algún toro 
rebelde abandonaba el rodeo y entonces uno de aquellos centau- 
ros, espoleando al potro soberbio, lo lanzaba en pos del fugitivo. 
El toro es más rápido, pero se fatiga, en tanto que el caballo, 
cuyo jinete con las piernas recogidas sobre sus flancos y ten- 
dido sobre su cuello para evitar el viento, lo estimula suave- 
mente con el látigo, aumenta poco á poco la carrera. En cinco 
minutos de lucha el animal noble ha dado alcance al animal 
salvaje : éste intenta volverse, pero antes de conseguirlo re- 
cibe en la espaldilla el choque del caballo y bambolea ; el ji- 
nete aprovecha el momento : lo ase por la cola con la diestra 
mano, lo endereza ai rodeo y empieza el pugilato formidable: 
la fiera intenta huir y toma carrera; el jinete la alcanza, se 
afierra á su costado izquierdo, cual si efectuase un abordaje, .y 
la sigue sin perder ni ganar un palmo ; el toro intenta aven- 
tajar al caballo y el caballo al toro; el jinete, dando gritos, 
flagela á éste con su recio látigo y le hace precipitar la ca- 
rrera, bramando de dolor, y haciendo vanos esfuerzos por dar 
al cuerno sangriento empleo. Por fin, el toro cansado, furioso, 



72 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



intenta detenerse y combatir ; pero el caballo, implacable, como 
un ariete de carne, lo empuja brutalmente y el látigo lo azota 
sin piedad. La fiera se acobarda y, ebria de rabia, impotente, 
busca refugio en el rodeo y entra á él, sudorosa, con los ojos 
inyectados y mascullando bocados de espuma viscosa entre las 
fauces sangrientas. 



He visto más : los he visto con la misma indiferente senci- 
llez que contaban sus hazañas debajo del ombú viejo y nu- 
doso, tirar su vida entre las astas de un toro por salvar á 
un compañero. La frecuencia del peligro los familiariza con 
él, de tal manera, que ya sólo lo advierten cuando llegan á 
correrlo los demás. Quiero contar un hecho de que fui tes- 
tigo, porque fué Julián su héroe y yo amo el recuerdo de 
Julián. 



.... En un extremo del corral ardía una gran hoguera, á 
cuyo lado se alzaban enormes pilas de leña seca. Entre las ar- 
dientes brasas despedían chispas fulgurantes las marcas de 
hierro caldeadas hasta el rojo blanco. Al lado de la hoguera 
había una gran fuente de grasa para introducir en ella la marca 
después de haber estampado su forma en el anca del becerro. 

El corral, inmenso, desplegaba su cuadro en las caídas de 
una loma. El ganado, empujando el encierro, asustado por tan- 
tos preparativos, se agrupaba en el fondo. Se abrió la puerta 
y entró la cuadrilla de enlazadores, compuesta de seis hom- 
bres, jinetes en adiestrados y poderosos caballos. 

Por las inmediaciones del fogón, sitio que dejaba libre el 



% 



a 5 DÍAS £)E CAMPO 75 



ganado, estaban distribuidos hasta unos treinta peones como 
tendidos en guerrilla : en mangas de camisa, con un pañuelo 
atado á la cabeza, una piel de una vara de largo y media 
de ancho sujeta á la cintura y el lazo trenzado de cuatro co- 
rreas en la mano. 

Empezó la faena: dos de los jinetes avanzaron al fondo 
del corral; el ganado se arremolinó, trepando unos animales 
sobre otros y estrujándose contra los palos del cerco. 

Los enlazadores armaron sus lazos, los rodearon un ins- 
tante en torno de sus cabezas y los despidieron sobre el ele- 
gido blanco. La armada partió silbando, cayó, se tendieron 
los lazos, y dos toros quedaron sujetos por los cuernos. 

Al sentir el contacto escurridizo del lazo, comprende en se- 
guida el toro de dónde parte la agresión y atropella al jinete. 
Esta acometida, que llaman venirse sobre el lazoy la evitan los 
enlazadores con destreza y facilidad admirables : ora con una 
huida rápida, ora con un brusco escape á uno ú otro lado. . . . 
el toro marra el golpe, hiere el aire, da un traspié, torna á 
erguir la cerviz humillada para herir y sigue furioso la ca- 
rrera. El jinete acompaña su movimiento para evitar el tirón 
seco ; el lazo silba y cruje al quedar de súbito tirante ; el ca- 
ballo resiste el tremendo impulso, diestramente apuntalado en 
sus remos y el toro es casi siempre tumbado por el tirón. 

Pero es imposible sujetarlo allí. 

Se levanta rápido bramando sordamente y buscandp enemi- 
gos en torno ; acuden los pialadores ( i ), y poniéndose á su vista, 
fiíera de alcance, le llaman con gritos y alboroto la atención. 

( I ) Enlazadores i pie, cuyo objeto es sujetar con sus lazos las patas delanteras del 
animal y derribarlo con un tirón brusco, dado precisamente cuando la res alza las patas 
para avanzar en la carrera. 



74 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Acomete, pero el lazo se tiende y le hace describir á la» 
carrera un círculo cuyo centro es el caballo que lo sujeta. Al 
pasar, los de á pie le arrojan sus lazos á las patas delanteras. 
Uno ú otro consigue sujetárselas, lo deja correr, pasa con ra- 
pidez el extremo del lazo en torno de su cintura y se echa 
atrás con violencia para hacer pie. Aquello es pérfido : es la 
astucia insignificante domeñando á la fuerza estúpida. En la 
violenta huida siente el toro que le tiran de los pies : clava 
el hocico en el suelo, da una vuelta sobre sí mismo y queda 
en tierra, sujeto por los lazos y atontado por la caída. 

Llega el castrador y en menos de diez segundos termina, 
sin gran cuidado, su bárbara tarea. El animal pone en blanco 
los ojos y se muerde la lengua, á veces hasta cortarla, ha- 
ciendo rechinar los apretados dientes. El operador se lleva los 
testículos de la víctima á guisa de trofeo y los arroja al fuego, 
en donde, sin más aderezo, se convierten en manjar saboreado 
luego con placer. 

Entretanto, los que apresaban al toro lo han puesto en 
libertad, corriendo presurosos á encaramarse á los postes del 
inmediato cerco. El toro se levanta loco de dolor y de co- 
raje, vertiendo sangre á chorros de la parte mutilada ; gira en 
derredor sus ojos torvos ; hiere en la tierra con su uña hendida 
y se lanza con rugido tenue tras de sus verdugos, que, ya en 
lugar seguro, se mofan de él gritándole : / cha, cha, cha, cha, 
torito ! / cha, cha, cha, maula ! y otras voces usuales de de- 
safío. 

. Llega, pues, tras ellos ; pero llega tarde, y su furor sólo 
puede cebarse ora en un poste, ora en un poncho olvidado, 
en una damajuana, en un tizón. De improviso ve el resplan- 
dor de la llama y su irritación se aumenta. Baja la cabeza y 



2 5 DÍAS DE CAMPO 75 



acomete al fuego lanzándose en medio de la ardiente hoguera; 
ruge de dolor, pero no ceja ; salta, se retuerce, arde su piel ; 
Ja cerda y el pelo quemado infestan con su olor acre ; los 
tizones y las marcas vuelan aventados en todas direcciones. 
Cuando sale de allí es para caer á los pocos pasos, donde 
es ultimado por los peones que desde el cerco intentaron en 
vano impedirle la consumación de su bestial hazaña. 

Tal era el fondo del cuadro cuando presencié el episodio 
que referir pretendo ; episodio que enseñó á mi entendimiento 
de niño la grandeza de ese movimiento de amor humanitario 
que, en las almas bien templadas, ahoga al innato de conser- 
vación. Movimiento magnífico, rápido como lo inspirado, sen- 
cillo como lo grande. Yo ignoro por qué me conmueven tan 
hondamente esos actos de valor supremo. Parece que encar- 
nada en mi ser la sensación psicológica de la humanidad, tan 
cargada de egoísmo, sintiese ante la consumación de un he- 
cho noble, algo así como desahogo, como consuelo. Es lásti- 
ma que no tenga mi mano la necesaria firmeza para hacer 
que la hazaña de Julián se destaque con toda su enérgica be- 
lleza en el bosquejo nacional que con indócil y tosca pluma 
acabo de esbozar. 

Habríase llegado á la mitad de la faena y hacía un calor 
sofocante. Por ambas razones seguía el trabajo sin la rapidez 
y uniformidad que requiere, tanto para evitar que se estro- 
pee y adelgace el ganado con el largo encierro, como para 
regularizar lo más posible el servicio de mutua protección que 
entre sí se prestan los pialadores. Estos, que por la mañana 
hicieran gala de agilidad y presteza, estaban rendidos de fa- 
tiga, merced á seis horas de ruda tarea, en donde alternaba 
la necesidad de cumplir bien el cuidado, con la vigilancia 
sobre la ajena y la propia conservación. 



76 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Uno de los pialadores enlazó un ternero, no pudo hacer 
pie, di(5 el tirón en falso y hubo de soltar el lazo. Para re- 
cobrarlo echó á correr tras del ternero que huía balando 
para el fondo del corral. En este momento los castradores 
soltaron un toro mutilado. 

La gente de á pie se puso en salvo sobre el cerco sin adver- 
tir la imprudencia del pialador que, habiendo conseguido co- 
ger el lazo, pugnaba por derribar al ternero para quitárselo. 
El toro postrado por la operación dolorosa, no se había le- 
vantado aún. Un jinete se llegó á él y le dio un golpe con 
la argolla del lazo. Se levantó rápido y tambaleó un mo- 
mento, borracho de ira; vio cerca al jinete, tomó carrera y 
se lanzó sobre él. El jinete evitó la acometida, y el toro, 
burlado, siguió galopando en dirección al fondo del corral. 
El pialador había sacado el lazo al ternero y volvía arro- 
Uándolo tranquilamente ; el sol le impedía ver al toro. Este 
lo vio y se plantó en la carrera, erguida la cerviz, altos los 
cuernos, mirando al hombre. Azotó sus flancos con la cola 
ensangrentada, tiñéndolos de rojo, dio algunos pasos atrás, 
agachó la cabeza y arrancó. Todos los ojos lo vieron ; todas 
las bocas lanzaron un angustioso / guarda el toro ! El hom- 
bre, al ver de súbito el peligro, perdió la serenidad y echó 
á correr desatinado. El que huye ante un toro es cogido sin 
remedio. Aquel hombre estaba perdido. Nadie dio una voz, 
nadie se arrojó á salvarlo : era imposible. Todos lo compren- 
dieron y todos temblaron. 

Pero en aquel momento hirió los aires un grito, un grito 
salvaje de audacia y desafío. Cien ojos anhelantes vieron un 
jinete lanzado á la carrera sobre la espalda de brioso pan^ 
garé, en dirección contraria á la que llevaban el perseguido y 
la fiera. 



2S días de campo 77 



Saltó á todos los ojos su designio, y algo así como un 
viento de epopeya azotó aquellas caras sudorientas. Allí venía 
Julián, venía un hipántropo, no escalando el cielo con afán 
impío, sino oponiendo la abnegadón suprema á la fiereza sal- 
vaje para salvar una vida. ¡ Hermo^ era aquel hombre ! Tos- 
tado como un Antinoo de bronce, la mirada fulmínea, el ca- 
bello medio erizado batiendo la cabeza, la cabeza erguida 
sobre el cuerpo, el cuerpo firme sobre el potro, el potro fir- 
me en la carrera sujeto á la rienda, la rienda en la mano 
izquierda y en la derecha el rebenque de recia lonja .... 
Aquello fué un relámpago ; allí nadie vio : todos cegaron 
ante la visión instantánea del heroísmo. Tendidas hacia 
atrás las orejas, las narices dilatadas, las crines flotantes, el 
caballo herido por la espuela, avanzaba recto, veloz, incon- 
trastable, magnífico : el toro venía espumeante, erizado el mo- 
rro, arqueada la cola, humillado el cuerno, la boca entre- 
abierta, el ojo cerrado : era la bestia acometiendo ciega. Las 
dos fuerzas se encontraron : la fuerza salvadora chocó con la 
fuerza trágica. El pecho del caballo dio de lleno en la cerviz 
del toro. Un alarido de triunfo salió de una nube de polvo, 
ahogando un relincho lastimero ; el caballo cayó desplomado 
al suelo ; el jinete, lanzado por encima del toro, cayó de pie, 
sobre sus piernas de acero, diez pasos más allá. ... El toro 
quedó balanceándose, moviendo á derecha é izquierda la ca- 
beza agachada, como un perro que husmea; se contrajeron 
con hipo sus hijares ; su lengua colgante se dilató en erec- 
ción nerviosa y sus pupilas se ocultaron enseñando la san- 
grienta córnea. Abrió las patas con tiento, como para apun- 
talarse, ensayó á andar, y atontado, tropezando en sí mismo, 
dio algunos pasos, le flaquearon las patas delanteras y cayó 



7» MANUEL P. BERNÁRDEZ 



de rodillas, hiriendo el suelo con el hocico. Quedó así un mo- 
mento, intentando levantarse, hasta que cayó del todo. Uno 
de los pialadores le dio un golpe con el pie, y él, con el 
último aliento de rabia, sacudió la cabeza, ensartando con el 
ya impotente cuerno una boñiga de vaca endurecida. 



Estos son recuerdos de niño. Lo vi hace diez años y no 

lo vi con más detalles que los que acabo de describir Creí 

que la grandeza del episodio había de engrandecer al narra- 
dor : por eso me atreví. Julián es el hombre de los campos ; 
poeta y músico de nacimiento ; valiente y generoso como un 
héroe del Tasso, por inclinación y hábito. ... Es ese hombre- 
sentimiento que tiene en el alma la tierna tristeza de las ba- 
ladas Rhinianas, y ostenta en su frente la altiv^ indómita 
del hijo de doña Inés. Espíritu soñador é indolente por 
naturaleza, trabaja sin entusiasmo, pero con tesón. No des- 
cuella por su actividad, y esto, lo hace un huésped del 
siglo, que, en su ansia de agitación, reniega de la ahiva 
apatía del gaucho, incapaz de comprender su poesía. El 
gaucho no trabaja, no inventa : luego no sirve para nada. . . . 
¡ Hombres, perdón ! Vosotros que sois todo manos, dejad 
en su quietud orguUosa á los que sólo tienen corazón. 
Hago una auto-defensa al abogar por ellos ; porque si el 
desdeñar el guarismo y el detalle, y rechazar la humilla- 
ción, y el escamoteo ilícito del céntimo, y el pan infamado 
por el ademán soberbio, si eso es ser indolente, es ser orgu- 
lloso, soy orgulloso é indolente también. Yo amo al hombre, 
pero detesto al usurero; yo acepto el trabajo, pero rechazo la 
explotación indigna á que se presta. Yo reconozco á Dios y 



2j DÍAS DE CAMPO 79 



lo venero, pero' abomino la usurpación que de su poder so- 
berano han hecho durante diez y ocho siglos los falsos sa- 
cerdotes. Sí: me postro ante el Dios del cielo, pero reniego 
del Dios de los altares. ... i Yo no doblo la rodilla ante la ima- 
gen grosera de un hombre como yo ! . . . Eso mismo hace el 
hombre de los campos. Le han roto la sien porque no quiso 
doblarla ante los ídolos vanos de la tiranía humana, y él, no 
pudiendo hacer oir su protesta sobre los alaridos bárbaros del 
triunfo, ha caído silencioso alzando su mirada á las alturas. 
Se ha querido hacer ciudadano del gaucho, sin pasarlo ni 
aun por el ancho tamiz de la instrucción primaria, y ha re- 
sultado el ilota, producto tan sólo digno de las naciones es- 
clavas. Mírese más para el campo; edúquese al gaucho, al 
paria, y entregúesele, con la educación, la credencial de sus 
franquicias y derechos. Imposible es que no haya en siglo 
tan grande, un sitio donde esa raza, hoy judaizante en su pa- 
tria, pueda engendrar hombres nuevos y amamantarlos con el 
ansia de movimiento que agita al mundo moderno, abando- 
nando á la leyenda americana los tesoros aun no explotados 
de su vida contemporánea, poetizada por un romántico tinte 
medioeval. 



XI 



ABANDONAMOS EL GERRO 



XI 



Abandonamos el cerro 



30 de Diciembre. 

Hombre, lo que es por mí ¡ cuanto antes ! Ayer hemos pa- 
sado un mal día, gracias á la sobra de molestias y la falta de 
comodidades. El cansancio empieza á hacerse sentir y vamos 
adivinando que no todas son florecitas en el campo, y que 
esto de salirse á dar una vuelta por ahí, no es cosa de más 
6 menos, como allá por Montevideo se figuran ; y que el re- 
cado por lecho, el caballo ó el talón por vehículo, el asado 
con cuero por almuerzo y cena, y otras pequeñas cosas cuya 
enumeración dejaré para mejor momento, tienen dos y tienen 
hasta tres bemoles. 

Por fortuna llevamos caballos de refresco, y la risueña ma- 
ñana nos alegra ; acentuando el contento la idea de que den- 
tro de poco y después de trasponer la cúspide gibosa de una 
razonable cantidad de cerros, vamos á llegar á Minas. 

Antes de partir observé que las aguas de la cañada tienen un 
lecho de piedra arenisca, cuyas capas han ido aglomerándose 
caprichosamente ly dejando un reborde que las hace semejar 
á gigantescas valvas. En la marcha veo con frecuencia enor- 
mes trozos de piedra, caprichosamente arrojados en parajes de 



84 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tierra vegetal: en las planicies, en las colinas, en las laderas; 
informes monolitos de muchas toneladas de peso, que hunden 
lentamente su mole en la llanura, donde tal vez esperan una 
metamorfosis, solitarios como ermitaños de piedra. El paisaje 
es magnífico: por doquiera montes altos de formas capricho- 
sas, recortando al cielo el color azul y nácar de su tocado 
matinal. Sobre ellos, gigantes, yergue el Pan de Azúcar su 
talla de Titán. Llegué á un pequeño bohío á pedir agua, y 
me la dio una viejecita que estaba trasplantando no sé qué le- 
gumbre en una huerta que cabía en la casita, la cual casita 
á su vez cabía en cualquiera parte (con perdón sea dicho). 
Algunos patos marruecos se refocilaban en una pequeña poza de 
agua sucia ; un hermoso gato pardo se restregaba en las pier- 
nas de la viejecita, arqueando la espina y endureciendo la alzada 
cola ; cinco ó seis conejos cegatones, dando saltitos que hacían 
balancear sus orejas largas y enhiestas como cuernecitos de 
cabra, triscaban el trébol húmedo por el rocío, causando la 
desesperación de un perro novato, que, ladrando con fatiga, 
estiraba la cuerda que lo ataba á un poste, sin disimular la 
gana que tenía de ir á meterse con ellos. 

Seguí la marcha tras de la columna. Entre otras piedras de 
distinto género que formaban como un islote, en un mar cuyas 
olas remedaban las yerbas largas que mecía el viento, advertí 
una conglomeración de alguna importancia, entre cuyos nodu- 
los predominaba el rosa pálido del feldespato y el veteado le- 
choso del cuarzo blanco. 



Ayer se nos adelantó el Mayor Roure para conducir á Minas 
al cadete Lyons, enfermo de un absceso exterior, aunque do- 



2 5 DÍAS DE CAMPO 8j 



loroso, de poca gravedad. Lo llevó en la jardinera, y al tiempo 
de someter al paciente á una asistencia médica regular, pre- 
parará lo necesario para alojarnos sin tardanza á nuestra lle- 
gada. Los cadetes, entusiasmados con la proximidad del pueblo, 
van, como suele decirse, saliéndose de la vaina. Me he adelan- 
tado para examinar un gran pedrusco metamórfico, tallado á 
manera de pirámide cuadrangular, y los veo descender una pro- 
nunciada pendiente con las armas á discreción, los ponchos 
á media espalda, cruzado el pecho por las tiras de lona que 
sujetan las proveedoras, y que de lejos parecen dos rayas blan- 
cas destacándose en el fondo oscuro de sus ajustadas casaqui- 
llas Los caballos echan el cuerpo atrás para guardar el equi- 
librio. De donde estoy percibo un rumor confuso, rumor que 
no hallaría tono definido en el diapasón, porque los tiene to- 
dos ; constante chocar del jarro con la cuchara, de la cuchara 
con el plato y del plato con el recado, componen extraño y 
desigual acompañamiento para la no más ordenada sinfonía de 
diálogos, apostrofes, relatos, risas, cómicos lamentos y cien dis- 
tintas voces, que sin cesar flotan y emanan de aquel ani- 
mado grupo de estudiantes. Las filas de cuatro en fondo, que 
de ordinario forman para la marcha, se han alterado algo con 
la precipitación del descenso, y hay entre la novel caballería 
cierta pintoresca confusión. Su vista me trae á la memoria las 
descripciones que hace Alarcón de la caballería marroquí, y 
la ilusión se aumenta á causa de unos blancos alquiceles de 
faldilla flotante, que llevan los cadetes sobre el kepis para pre- 
servarse lo más posible del sol. Bajan al llano y las filas se 
recomponen, ocupando cada cual su sitio y dividiéndose las 
mitades ordenadamente. A las nueve de la mañana subimos á 
la cumbre de un cerro ceniciento y calvo como la cabeza de 

7- 



86 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



un buitre, y al trasponerlo nos encontramos de improviso con 
una aglomeración de casas. Estamos á una milla escasa de 
Minas. 






XII 



MINAS 



xu 



Minas 



Muy pintoresco me parece el pueblo. Está situado en una 
mediana elevación y en plano ligeramente inclinado al Norte, 
lo que le pone en buenas condiciones de limpieza, hallándose 
preservado, además, por su situación, de la demasiada hostili- 
dad del viento, temible en estas alturas por los encajona- 
mientos y contra-impulsos que recibe al desatar su furia entre 
los cerros. Tiene calles largas, que me parecen limpias (y pongo 
que me parecen, porque, aprovechando un pequeño alto, estoy 
tomando esta perspectiva de la cima del cerro rapado á que 
aludí en el último parágrafo del capítulo anterior). En el 
centro del pueblo hay un cuadro verde. Lo verde son árboles 
y el cuadro debe ser la plaza, que, según dicen, es muy bonita. 
No hay casas altas, limitándose en su mayoría á la primera 
planta. En las afueras, sobre la orilla Norte, descuella la torre 
redonda de un molino de viento, cuyas aspas, estiradas é in- 
móviles, parecen brazos amagando al cielo. Más á las afueras, 
cerca del molino, corre un pequeño arroyo, en cu^as orillas 
se balancean frondosos sauces de troncos esbeltos y copas 
verdegay. El arroyuelo tiene pequeñas lagunas unidas por 
angostos hilos de agua, á manera de istmos,' junto á cuyas 



90 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



lagunas las lavanderas van de aquí para allí tendiendo en el 
suelo la ropa jabonada, ó entradas en el agua, en cuclillas, 
arremangadas las faldas, golpean las piezas contra una tabla, 
mientras sus chiquitines retozan en cueros, ó cuando más en 
camisa, apostando quien tira una piedra al otro lado, ó quien 
ia hace dar más saltos sobre el agua, y amenizan su diversión 
ora con risas bulliciosas, ora con memorables cachetinas. 



Por no quedarnos ya reales, sentamos nuestros vintenes en 
una gran barraca de tablas, improvisada para celebrar la rome- 
ría con que una Sociedad Española de Socorros Mutuos ce- 
lebra anualmente el aniversario de su fundación. Las fiestas 
han durado tres días, y según dicen, estuvieron bien, sola- 
mente que resultaron de ellas dos heridos de bala. No sé 
quién observó juiciosamente que los tiros son explosiones pe- 
ligrosas del regocijo popular. Los de la tragedia fueron dos 
napolitanos que aprovecharon el ruidito de la fiesta para ven- 
tilar á balazos sus asuntos. Afortunadamente les echaron 
mano, lo que prueba que la justicia no puede dejar en paz 
á las personas ni siquiera en los grandes días de regodeo. 



Estábamos sancionando con mate amargo la toma de pose- 
sión, sentados, unos sobre un cuero, otros sobre un tronco, otros 
sobre la yerba, otros, en fin, sobre sí mismos, que es el medio 
más eficaz para estar sobre algo, cuando vimos llegar un guardia 
civil de la Jefatura Política con una carta en la mano. El sobre 
amarillo me hizo pensar que podía ser un despacho telegráfico, 
y entre bromeando y convencido, le dije al Comandante: 



2 5 DÍAS DE CAMPO 91 



« Ahí viene un telegrama que lo va á hacer bajar á Montevi- 
deo. » — i Ni aunque lo hubiera sabido! El telegrama era del 
Ministro de Guerra y Marina, ordenando al Comandante que 
inmediatamente se pusiese en camino para la Capital, encar- 
gando de la expedición al Mayor Roure, su segundo. 

Al otro día pasaba la diligencia á Pando, y temprano, muy 
temprano, se embarcó en ella el Comandante director, fugando 
casi, para evitar á los cadetes la ocasión de manifestarle sus 
afectuosas y tocantes simpatías. Estaba lloviendo; Nosiglia y 
yo lo despedimos. Iba afectado, pues tanto como nosotros, 
sabía que no había de volver á dirigir sus cariñosos é inteli- 
gentes alumnos. Teníamos por seguro, como lo fué efectiva- 
mente, que lo llamaban para darle el mando de un batallón, 
empleo que él había manifestado deseo de obtener, para lle- 
var á terreno práctico las ideas reformadoras que durante 
largo tiempo patrocinara en la prensa, fundando sucesivamente 
dos publicaciones militares, en la última de las cuales cúpome 
el honor de secundarlo. Antes de partir me dejó una media 
hoja de papel escrita con lápiz, para entregar al Mayor. Era 
una despedida lacónica, pero llena de sentimiento y cariño, 
para sus queridos estudiantes. Después del primer momento, 
empezaron entre éstos los comentarios. ¿ Quién sería su nuevo 
Director ? . . . . Este problema los tenía inquietos, y tristes la 
dificultad que creían ver de encontrar uno como el que per- 
dían. La noticia de que el Mayor Roure asumía el mando de 
la expedición, dejó sin resolver el problema, pero por lo 
pronto tranquilizó los ánimos cavilosos. 



92 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Aquí perdemos un compañero y ganaremos otro. El que 
perdemos es el Teniente Coronel Quintana, alegre y espiri- 
tual paisano que nos acompaña desde que salimos de Pando. 
Es un delicioso compañero, junto al cual no cabe el aburri- 
miento ; lleno de recursos, de agudezas y de amigos que nos 
han obsequiado al obsequiarle. Tiene cada caída impagable. 
Nadie como él relata con chistosa exageración un sucedido ; 
nadie acierta á dar tanto sabor cómico á un percance cual- 
quiera de los tantos que nos ocurren á cada paso. Tiene la 
instrucción variada que da la experiencia á un entendimiento 
claro, y aprovecha su discreción y donaire haciendo cortas las 
horas. Cuando con su ojo avizor y perspicaz de campero viejo 
atisba algo de qué poder sacar partido, larga el ático bolazo de 
su sátira campestre y se queda muy serio. Oportuno siempre, 
jamás le oí una frase harto madura ó un chiste fuera de sa- 
zón. Llamaba á Nosiglia La Tribuna Popular y á mi El Ejér- 
cito Uruguayo, y más de una vez se "valía de los tales motes 
periodísticos para palpitar á algún prójimo, diciéndole muy for^ 
mal : «Pero amigazo, ¿á que usté no ha visto nunca puebleros 
tan lindos con unos nombres tan largos y tan fieros ? . . . » Fué 
subdelegado de Mosquitos y lo sacaron no sé por qué. A 
buen seguro que no fué por voluntad del vecindario, entre 
el que goza de generales simpatías. No puedo decir lo mismo, 
salvo muy rara excepción, respecto á los demás funcionarios 
públicos que hemos encontrado al paso. Parece que hubiese 
especial cuidado en buscar el elemento peor para mortificar 
á estos pobres paisanos, que no necesitan para mandarlos 
hombres sabios, y sí hombres buenos. Debe entenderse que 
no digo esto porque nos hayan ^tratado mal, sino haciéndome 
eco, quizás perdido, de las quejas que con tristeza he oído 
formular por casi todos los vecinos de casi todos los distritos. 



2 5 DÍAS DE CAMPO 93 



El compañero que ganamos es el profesor de Geografía é 
Historia don Albino Benedetti, que ha venido á alcanzamos 
aquí por no haber podido salir con nosotros el 20/ A última 
hora, y merced á nuestras instancias, el Comandante Quintana 
se ha decidido á acompañarnos una jornada más. 



Hemos pasado el día de ayer bastante divertidos. Como que 
heñios estado de haraganes. . . . Los cadetes visitaron el pue- 
blo vestidos con sus sencillos y elegantes uniformes de gala. 
Se murmura que nos van á dar un baile ; pero, si es, será 
esta noche, porque mañana nos vamos. Vinieron á visitar 
el campamento varias personas ; pero lo que es faldas, no. 
Creí que aquí, como en Pan de Azúcar, podría contemplar 
desde nuestros dominios, á las beldades de la localidad. Chasco 
como él ... . 



Me invitaron esta tarde para pasear á caballo por el pue- 
blo, y acepté con gusto, montando un soberbio oscuro, de 
ojo vivo y ardiente, abierta nariz y apretados belfos, remos 
delgados, ancas ligeramente deprimidas, cabeza pequeña, casco 
acopado y hondo, sedosa y larga crin, corvejones nerviosos, 
sillar corto y superior alzada. ... Un caballo que hace ho- 
nor á cualquier jinete. 

Dimos vuelta á todo el pueblo. Me explico ahora por qué 
no vi el campanario al divisar á Minas. La iglesia está al lado 
de la Jefatura, contrastando tristemente con ella en tamaño, 
arquitectura y todo. No creí encontrar semejante iglesia en 
Minas, sobre todo junto á un ediñcio bueno y frente á una 



94 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



linda plaza. Todavía si la hubiesen puesto por donde no le 
diese el sol. . . . pero, no señor : la han colocado modesta- 
mente en las narices del curioso viajero, como diciéndole : 
¡ eh ! j despacito que ahí está eso ! . . . . 

Estoy viendo el día en que algún sonríste, impresionado con 
el aspecto de esa casa grande junto áesa casucafea, escribirá 
en su lengua, sobre poco más ó menos : 

« En un pueblo bastante pequeño que hay en las Minas 
de la Banda Oriental, se hacen casas bajas con puertas gran- 
des que se abren para adentro y ventanas más chicas que las 
puertas, cuyas casas grandes tienen á su lado el granero, 
cuyo granero tiene un aparato muy ingenioso para espantar 
los ratones. Este aparato, según pudimos informarnos por 
vista de ojo, consiste en dos grandes campanillas, cuyo cen- 
cerreo destemplado lleva el sobresalto al ánimo suspicaz de 
los temibles roedores. » 

Y se quedará muy fresco, después de haber agregado tan 
importante dato á los muchos y muy exactos que de estos paí- 
ses y sus costumbres tienen los centros científicos europeos. 



Después pareció que los muertos se quedaban 
solos. 

r 

Eduardo Acevedo Díaz. 



Cuando hubimos recorrido el pueblo y visto de cerca los 
sauces que ayer mencioné desde lejos, salimos por la parte 
sur, y tras un breve galope llegamos al cementerio. Tuve cu- 
riosidad de verlo, no sé por qué. Lo único que pudiera mo- 



2 5 DÍAS DE CAMPO 9$ 



verme á una investigación — algunos restos de los antiguos 
Mínuanos — no se encuentra aquí .... quizás esos restos se 
han perdido totalmente, aunque me han asegurado que se en- 
cuentran en el paraje denominado Sepultura. Condescendiendo 
á mi deseo, uno de mis acompañantes fué en busca del sepul- 
turero, volviendo en breve con un hombre mal vestido, feo, 
de manos sucias y ojos amarillentos, que miraban desde allá 
del fondo de las órbitas redondas .... digo mal : no mira- 
ban, acechaban : luego no eran dos ojos, sino dos espías. 
Tenía el hombre, ó me pareció que tenía en el rostro cierto 
color terroso. Tal vez la muerte, en fuerza de tratarse con él, 
se iba posesionando familiarmente de su fisonomía. Abrió la 
puerta, diciendo con risa «que iba á presentarnos su clien- 
tela». Si hubiera de ser enterrado por este hombre, estoy 
seguro que había de pasar un mal rato. 

Entramos á la aldea de los muertos, — pues no creo que 
figure como ciudad en la Geografía de ultra-tumba. — Nada hay 
de notable allí. Cada sepultura representa, como en todos los ce- 
menterios, una solución al problema de la vida : personas que 
se han muerto y las enterraron. Después nada más. . . . To- 
dos lo mismo. Los lincamientos de la sombra tienen una 
monotonía abrumadora. 

No obstante, sobre la igualdad de la muerte queda la va- 
riedad pintoresca de las inscripciones y el mayor ó menor lujo 
y primor de los túmulos y lápidas. Aquí no se pronuncian 
mucho las muestras de piadosa esplendidez postuma. Alguno 
que otro sepulcro con estatuas ó grupos alegóricos, por lo 
general de yeso. Tal cual de mármol. Inscripciones más ó 
menos pretenciosas, más ó menos tiernas, pero todas favora- 
bles á los muertos .... Creo que la Historia debería ir á 



96 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



-V- 



escribirse al cementerio. Allí se vería claramente que tienen 
derecho á un sitio en sus páginas todos los muertos que llevan 
letrero, especialmente los que viven en casa propia . . . . ¡ Siem- 
pre y siempre la misma condición ! ¡ Oh, si los muertos pu- 
diesen corregir las obras de los vivos, cuántas inscripciones se 
borrarían de las lápidas ! . . . Oye, tú que pierdes un ser que- 
rido : hombre, medita sobre su tumba ; mujer, llora sobre ella, 
para eso eres débil ; y si sabéis orar, orad los dos .... Si no 
queréis al extinto por inclinación, si lo queréis por fórmula, 
enterradlo y guardad un silencio decoroso. ¿ Cuando volvere á 
levantarme / Esta pregunta al arcano fué mandada grabar en 
una tumba alemana por el que duerme en ella .... ¿ Sabéis 
preguntar lo mismo ? . . . Aquello fué lo último que dijo el 
alma al abandonar sigilosamente su terrenal encierro. Haced 
otro tanto, enhorabuena : lo haréis con vosotros ; pero nadie 
os autoriza para cargar una tumba ajena con letreros que el 
indiferente lee en alta voz y haciendo comentarios sobre el 
muerto. . . . ¡ que tal vez lo está oyendo ! . . . . Por si hay quien 
venga á llorar ó á sentir sobre sus huesos, basta un nombre 
que nada revela al profano y á ningún comentario se presta. 
No sé por qué, cuando veo una lápida con la descripción en 
detalle de las cualidades del finado y el afecto de sus deu- 
dos, pienso involuntariamente que éstos han temido olvidar, 
andando el tiempo, lo que era el muerto y los quilates de 
cariño que le profesaban, y han salvado el contratiempo ha- 
ciendo escribir en piedra el pormenor de las unas y la intensi- 
dad del otro. ... ; Oh, Dios mío ! ¡ Yo quisiera que cuando 
rasgues mi envoltura miserable, la arrojes á un rincón tan 
apartado y oscuro, que ni siquiera sepan dónde está, para ir 
á roerla las larvas ! 



2^ DÍAS DE CAMPO 97 



Vi también el osario, el carnero y que dicen vulgarmente. Es 
un tabuco pequeño y sucio que hay á un lado, cerca de la 
entrada. Será para no tener que andar mucho con los destinados 
á alojarse allí. Los pobres son, por lo regular, gentes pesadas, 
y deben ser lo menos cargosos posible. ... A pesar de que á 
este osario creo que sólo deben ir los cadáveres inhumados, 
después de la momificación. Hay un montón de huesos desen- 
cuadernados, tibias, fémurs, costillas, falanges, hacinados desor- 
denadamente en un rincón. En otro están los cráneos, riendo 
con la risa siniestra que graba la muerte en las calaveras; 
mueca espantosa que traduce el drama sombrío de la eternidad 
en una carcajada interminable .... En el fondo hay pingajos 
llenos de costras y girones : aquel rincón recibe las miserias de 
la miseria, las herencias de los desheredados. A un lado hay 
otro hacinamiento : son los esqueletos que han quedado enteros, 
sujetos por la piel como por un sudario. Allí están, unos 
sobre otros, rígidos, amarillos, repugnantes. Las caras de es- 
tos esqueletos no ríen: tienen en su enflaquecimiento una 
inexplicable expresión de angustia y miedo. En esto se dife- 
rencian la calavera y el rostro de la momia. Aquélla ha sa- 
cudido la carne repugnante y parece celebrar su libertad 
riendo con extraña risa ; ésta, encarcelada en la piel pergami- 
nosa y sujeta por las endurecidas y tensas cuerdas del tejido 
muscular, conserva la apariencia humana y sufre una segunda 
esclavitud .... ¡ Cómoda es la incineración I Se reduce el 
cuerpo á su volumen mínimo ; se le salva de la putrefacción 
y la asquerosa tarea de los gusanos, y al mismo tiempo, con 
su leve residuo de cenizas, se hace de la vida y sus grandezas 
una magnífica parodia. 



XIII 



TEMPDS FüGIT 



xm 



Tempus fugit 



3 1 de Diciembre. 

Te vas, 86. . . . Vehemente asaz es mi deseo de que no 
vuelvas : te lo aseguro. Tanto es, que aun cuando pudiera tu 
omisión en el cómputo del tiempo restar los días que te for- 
man de los que yo viviré, si de mi dependiese tu salvación, 
te juro que te perdías. 

¿ Me has hecho mal ? No lo sé. Creo que no ... . Me has 
hecho vivir tu vida: he ahí todo. En tí he vivido mucho; he 
sufrido mucho también. No suelo quejarme, porque eso es 
de pusilánimes. Compadezco, pero no imito á los poetas té- 
tricos que se empapan en lágrimas para cantar mejor. Digo 
que no suelo quejarme, pero te acrimino. Tú, grano de arena 
en el desierto de los siglos; tú, golpe ciego descargado con 
el knut del tiempo en las espaldas de la humanidad ; tú, tramo 
débil de la escala que la vida sube á tientas y la muerfe baja 
á saltos. ... ¡tú has sacudido al mundo ! Dirás : «¿y qué es 
el mundo ? » Tienes razón, miserable : el mundo es aun más 
miserable, más ruin y más insignificante que tú ... . Cuando 
salte el gran resorte desgastado ó roto, tú quedarás marcando 
un paso en las edades muertas, y este átomo que se enca- 

8 



102 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



brita galopando en el espacio, esclavo de mis pies, volará 
esparcido al viento en impalpables moléculas. Td eres eterna 
y él es limitado; si se disloca algún día, sólo quedará tal 
vez en la tradición de los extraños seres, habitadores probables 
de esos mundos que trazan, alumbrando el caos, sus misterio- 
sas parábolas. . . . Año : ve á ocupar el sitio cronológico qtie 
te señala la cristiana Era ; pero apunta que has traído pestes, 
bajezas, guerras y miserias como los que llegaron antes que tú 
dos siglos, á pesar de que ardió el vapor en tus entrañas y 
de que el hilo eléctrico, caballo de la luz, llevó á los ámbitos 
del mundo los pensamientos que en los días de tu vida germi- 
naron en la mente de la humanidad! 

No hay que asustarse, porque voy á continuar en prosa. 
Yo soy así: á veces se me va la mula^ como suelen decir por 
estos campos; pero, tengo esto de bueno : me reporto al poco 
rato y vuelvo por mis clavijas. Apenas ensayo el vuelo, cuando, 
fastidiado por no poderlo alzar comp deseara, digo, imitando lo 
que dijo Panza al abandonar el gobierno déla ínsula Baratarla : 
malhayan las alas de la hormiga que me levantaron en el aire para 
que me comiesen los vencejos y otros pájaros .... Hoy salimos de 
Minas, y, tras una amena marcha matinal de dos leguas cortas^ 
campamos en la falda del Monte Arequita, donde nos propo- 
nemos pasar dos días, á fin de poder visitarlo y dar razón de 
las curiosidades que cuentan de este coloso de piedra. 



Debo mencionar, porque harto lo merece, la galante conducta 
de los habitantes <le Minas, quienes nos hicieron objeto de 
afectuosas atenciones y fraternal agasajo. Anoche nos obsequié 



2j días decampo "103 



el comercio con una tertulia en casa del señor Agente de Nego- 
cios de la República Francesa. Nos divertimos prodigiosamente, 
pasando las gratas horas que son de cajón habiendo obse- 
quiosa amabilidad y hermosas niñas. Esto último sobre todo: 
son uruguayas y basta con decirlo para hacer su elogio en 
elocuente cifra. No me meto á describir el baile, porque no 
me da el naipe para esas cosas que exigen disposición y carác- 
ter especial para sorprender y trasladar al papel su encanto 
psicológico y la volubilidad variadísima de sus detalles. Siem- 
pre he sido, y sigo siendo, á Dios gracias, un cronista bas- 
tante malo, y como peor es meneallo^ me escamo y no lo meneo. 
Digo lo que he dicho, si es que dije algo, y me marcho mental 
y efectivamente de Minas, para zambullirme en la descripción 
de Arequita y echar un ojo á sus achaques científicos. 



Ano nuevo, vida nueva. 

( REFRÁN ). 

.... Y ya que entramos en otro año sin haber subido al 
monte, quiero, antes de mirarte desde la altura de éste, salu- 
darte y echarte una arenguita desde la puerta de aquél. Con- 
que. . . . ¡ buenos días, lector amigo ; felices y buenos días ! . . . . 

No extrañes que te salude tan efusivamente; pues ya sabes, 
si no lo ignoras, que hoy es día de Año Nuevo, y que, 
por lo tanto, cambiamos de fecha, y que á los hombres nos 
agrada cambiar. . . . aunque se pierda en el cambio. Alégrate, 
pues, lector ; porque, si no me engaño, te traigo la buena nueva. 
Hoy de mañanita escuché con atención cómo cantaban los 



10 f . MANUEL P. BERNÁRDEZ 



-V- 



pájaros. Estaban muy alegres. Alégrate tú también y canta 
algo, si es que no cantas muy mal ; porque en tal caso 
vale más que te calles .... No creas que son las peores las 
alegrías silenciosas. Yo estaba triste ayer, como podrás ha- 
berte enterado por la primera parte de este capítulo. Pues 
•bien: hoy estoy. casi contento, — casi, con perdón de Fer- 

m 

nanflor. — Pero no tengas miedo : la alegría no me ataca por 
mal sitio, no, señor; tengo una alegría melancólica para lo 
que gustes mandar; una alegría que me hace hablar, pero ba- 
jito, lo que me place tanto como me desagradan las alegrías 
escandalosas. ítem, estoy resfriado, salvos sean tus respetos, 
y no podría alzar la voz sin poner en evidencia la desafi- 
nación de mi laringe; por lo que, cual varón que apechuga 
con las circunstancias, sin permitir que éstas apechuguen con 
él, tomo el partido de escribir y te elijo por lector. Creo que 
no habré echado mi intención y deseo á mala parte, y que 
no serás tú quien, sin leerme, me abandone á los tres tiro- 
nes. Yo tengo gana de que leas estas mis razones y los 
otros mis relatos, con algunos más que á su sazón irán lle- 
gando para tu gusto y mi provecho, porque para eso escribo 
y sólo por semejante miramiento aguanto un editor con intre- 
pidez que, ó ando yo descaminado, ó me acredita por bueno. 
No soy de los que publican y dicen á voces que sólo buscan 
con sus libros el propio contentamiento y que los escriben 
para sí. Yo soy franco, es decir, majadero. Yo escribo mis 
libros con trabajo y desvelos — porque las razones, para ser 
buenas y estar á punto, han de ser elegidas con ingenio y 
ordenadas con arte y pulidez, — para que tú los compres y 
luego los leas; aunque puedes guardarlos sin abrirlos, por 
cuanto se antepone á mi deseo tu voluntad, desde que com- 



2 5 DÍAS DE CAMPO io$ 



pras el tomo, ó, según Prudhom, desde que lo robas al con- 
vertirlo en tu propiedad. Dígote que, ya sea robo ó legal ad- 
quisición, me trae á mí buena cuenta que lo lleves con tal de 
que lo pagues. Lo demás, créeme, son sutilezas de la moderna 
filosofía, con que no almorzaremos una higa ni tú ni yo. Ya ves 
que no te muelo demasiado. Atinadamente dije que la aleghía^ 
me daba por aquí, y aunque cometa pleonasmo, afirmóte por 
mi vida, que esta alegría me alegra. Desazón y pena tuviese 
si me tentara á dar vueltas de carnero y hacer otras cosas 
por igual estilo indecorosas é impropias, como tienta á muchos, 
según tengo leído escrito de muy buena tinta. A oscuras es- 
toy sobre si mi libro te ha dado gusto ó fastidio; pero, doyme 
á pensar que, habiendo llegado á tan avanzado sitio como es 
éste en que te hallas, no me darás la gran lanzada sin leer la 
palabra última de la postrera hoja. Esfuerzos hice, y grandes, 
por no aburrirte en demasía. Te he llevado en mi compañía 
hasta el cementerio ó domicilio de gentes que han sido : ya ves 
tú .... A lo menos doy por seguro que no te cansará tanto 
leerme como á mí escribirme. Has de conocer, como si las vieras, 
varias y amenas cosas, por el módico y razonable coste que 
se señale al tomo ; digo, suponiendo que el tuyo no sea de 
los regalados, que bien puede suceder, en cuyo caso sabrás 
gratis et amore, como quien dice, sin fatiga y sin soltar la mosca, 
lo que á mí me cuesta tanto referirte en detallado -romance. . . . 
¡Todo sea por el amor de Dios! Puede que algún día me 
lo pagues, como llegue á averiguar á punto fijo quién ^eres. 
Entretanto y como quiera que te estoy agradecido porque 
me escuchas sin protesta ni pestañeo, y aun no te he sentido 
bostezar desde que te estoy hablando, y aun te queda pacien- 
cia cuando á mí se me ha acabado la saliva, y porque supon- 



io6 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



go que eres de los que pagan el tomo y hasta son capaces 
de comprarse dos, te doy las gracias por todo y te reclamo 
mí aguinaldo, despidiéndome hasta la vuelta. ... de la hoja, 
donde, si á mí me peta y á tí te place, continuaremos la plá- 
tica. 



XIV 



AREQÜITA 



XIV 



Arequita 



Por mi fe digo, Arequita, que te tengo miedo. Al intentar 
tu descripción sin serio precedente científico ; al contemplar 
tus espaldas gibosas, tus ancas deprimidas y tus narices deca- 
pitadas y escuetas; al pensar que tengo que presentarte acierto 
número de personas respetables que te mirarán doctamente 
por encima de las gafas, y que, acaso debido á mi torpeza y 
poca maña en aliñarte, te hallarán distinto de lo que ellos se 
figuran ; al meditar sobre éstas y otras cosas en que no qui- 
siera pensar, se me pone el cuerpo como carne de gallina y 
tengo miedo: no lo puedo remediar. 



El cerro de Arequita está situado dos leguas al Norte del 
pueblo de Minas, entre los arroyos Santa Lucía y Campanero. 
De laderas cortadas á pique en la mayor parte de su con- 
torno, tiene dos á manera de gargantas que lo hacen accesi- 
ble, en las que una capa de tierra vegetal, bastante conside- 
rable, acarreada y esparcida por el arrastre de las aguas, 
alimenta una poca vegetación, estrujada á menudo por el 
desprendimiento de fragmentos de roca, y de continuo azo- 



1 10 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tada por los vientos. ChircUj Cactus, Anacahuíta, Tula y algu- 
nas gramíneas : tal es en su mayor parte el producto de la 
superficie vegetal, añadiendo tal cual planta de Marcela, que 
crece confundida con los arbustos mayores y variedad de mi- 
mosas ó sensitivas. 

En esta capa de tierra hay muchos peñascos desprendidos 
en grandes trozos desde la cima, y hechos pedazos al estre- 
llarse contra obstáculos resistentes. Estos desprendimientos se 
explican fácilmente sabiendo que la roca, feldespática en su 
masa, tiene, entre otros componentes secundarios, grandes y 
dilatadas vetas de carbonato de cal, formando como soldadu- 
ras entre porciones irregulares de la peña. Luego, los agen- 
tes a^tmosféricos, ejerciendo su influjo emoliente sobre la cal, 
la deslíen, produciendo derrumbes que han alterado y siguen 
alterando la forma primitiva del cerro. Tal debe ser el origen 
de ciertas cavidades regulares que hay en él, y de otras sepa- 
raciones y hendiduras que, en mi concepto, no explica satisfac- 
toriamente ninguna otra conjetura. 

El feldespato, que, como he dicho, forma la masa general 
del. monte, es rojizo, con muchos granos de cuarzo y grandes 
nodulos calizos. En algunos sitios, sobre todo en las alturas, 
estos nodulos se han desleído dejando huecos más ó menos 
redondeados que pueden servir de guarida á hombres, aunque 
son albergue habitual de cuervos. 



El día de nuestra llegada al actual campamento, escalamos 
el monte, Benedetti y yo, con ánimo de anticiparnos á la co- 
lumna, la cual debía hacer una excursión á la mañana si- 
guiente. Dejando los caballos en las primeras estribaciones. 



3S DÍAS DE CAMPO iii 



subimos por una de las gargantas ó ahrasy teniendo que des- 
cansar á menudo y enjugar el sudor que nos bañaba. A 
cada paso encontrábamos enormes monolitos que nos cerraban 
el paso, y habíamos de buscar otra senda ó escalar la piedra 
con inaudito trabajo. La escabrosidad de la subida es tanta, 
que apenas se compensa, una vez en la cima, con el goce de 
la perspectiva. 

Llegamos rendidos. Benedetti, con su incansable manía cien- 
tífica de huronear por todas partes y verlo y tocarlo todo, si- 
guió andando y explorando sin dejarse vencer por el cansan- 
cio. Yo me senté en una piedra, á la sombra de otra, y 
dejé que se quemase solo. Sin moverme del sitio hice al- 
gunos disparos de escopeta á las aves de rapiña que vola- 
ban sobre nuestras cabezas, trazando grandes círculos y graz- 
nando inquietas. Si, como es probable, se creyeron seguras en 
sus agrestes dominios, es justificado su sobresalto al vernos 
trepar allí y saludarlas á tiros. Algunas águilas mezclaban sus 
silbidos al graznido desapacible y áspero de las aves negras, 
y cortaban velozmente el espacio sin mover las alas. Una que 
pasó á tiro recibió de lleno la carga de mi escopeta, y herida 
de muerte, fué volteando á caer sobre los arbustos espinosos 
que faldean las estribaciones del monte. 

Atardecía. El sol, enorme y rojo proyectil de fuego, des- 
cendía velozmente, como si hubiese perdido la fuerza que lo 
lanzara al punto culminante de su trayectoria sideral. La al- 
tura barométrica iba descendiendo con el sol. Me levanté de 
mí asiento de piedra y me encaminé hacia donde caía el astro, 
deseoso de presenciar su hundimiento desde el extremo del 
cerro, cuya altura, desvanecida en sus costados por pendien- 
tes que parecen asaltarla atropellándose, se revela aquí, ma- 



112 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



jestuosa y completa. La roca, cortada á tajos, sin pulidez, 
abrupta, presenta al Nadir su frente, erizada de riscos y pi- 
cachos. Sobre uno de éstos afirmé los pies, á costa de arries- 
gado salto. Miré y lo vi todo espléndido allá abajo. El pai- 
saje, sacudiendo con vago esfuerzo el letargo pesado del bo- 
chorno, empezaba á agitarse soñoliento. La cinta de árboles 
que ceñía los pies de la montaña, trocaba su verde oscuro en 
negro indeciso, con transición gradual. El ganado se levan- 
taba y, balando, se alejaba en pequeños grupos sueltos, bus- 
cando el reparo del boscaje que ornaba á trechos el arroyo, 
el cual recortaba á la derecha el panorama. Sobre el arroyo 
flotaba franja encendida de bruma levísima, y la bruma se 
acostaba sobre el agua, y el agua se adormía entre las pie- 
dras, y las piedras quebraban las últimas luces con sus pun- 
tas caprichosas, quebradas también. . . . Allá á lo lejos, en la 
orilla del bosque, estaba ya tendido el campamento : las tien- 
das, alineadas, destacaban sus blancas siluetas en la indecisa 
luz crepuscular; aun se distinguían las formas humanas cru- 
zándose desordenadamente por aquí y por allá. ... Un mo- 
mento más y se escuchó un redoble. Me sorprendí : miré al 
cielo, tranquilo y lejano ; miré á la tierra, silenciosa y dis- 
tante. . . . Sobrecogido, temblé ante la visión grandiosa de la 
Naturaleza en calma. Recuerdo que tuve frío. Los picos que 
erizaban la pendiente y se adelantaban en .el vacío como ace- 
chando á la sombra, se me antojaron nevados. Después me 
cercioré de que la capa blanca que tenían era excremento de 
aves. ... Me asustó la idea de asistir solo á la muerte de la luz 
y busqué con los ojos á mi acompañante. Allí estaba, cerca 
de mí, en un picacho vecino, recto el elevado cuerpo, avan- 
zado el pie cual si la presencia del vacío le interrumpiera una 



2 5 DÍAS DE CAMPO 113 



empezada marcha, erguida la calva frente y los ojos perdi- 
dos en el horizonte inmenso donde se acostaba el sol. . . . 
Las notas metálicas del clarín, repetidas por cien ecos, traje- 
ron la oración hasta la altura. Cuando espiró el último acento 
de la melodía religiosa, el sol se escondió del todo, dejando 
reflejos de incendio en una legión de nubes que se adornaron 
con sus postreras luces. Bajamos el monte en silencio, como 
temiendo que aquellas piedras inertes despertasen de su sueño 
y se lanzasen á interceptarnos el paso. . . . Nuestros caballos 
temblaban respirando ruidosamente y tendiendo las orejas con 
manifiesta inquietud. Montamos, descendimos á la llanura y, 
como sobrecogidos de miedo extraño, nos dimos á galopar 
presurosos, camino del campamento. 

Murió el crepúsculo, y la sombra, después de tender sus 
velos en las espaldas del monte, avanzó sigilosamente y se 
echó sobre nosotros. 



Después que acabara de escribir los detalles de la excur- 
sión de hoy, recuerdo que me he dejado uno. Voy en busca 
de una vela y vuelvo en seguida á reparar el olvido. 

Una extensa veta caliza de varios metros de espesor, que 
unía al monte un gran pedazo de piedra, lo ha independizado 
al disolverse, y hoy levanta, solo y salvaje, su escabrosa talla. 
Inaccesible al pie, sólo sube el ala á su cabeza calva. Visto á 
distancia, semeja la silueta tosca de vetusto campanario. Sus 
flancos escuetos están magníficamente adornados por flotantes 
colgaduras de esas bromelias que llaman comunmente clavel del 
aire. Por lo visto, el viejo esclavo del monte, manumitido 
ahora, entretiene su ocio eterno adornándose de flores. 



I) 



XV 



U GRUTA "GOLÓN" 



XV 



La gruta "Colón*' 



Detrás del peñón solitario, cincuenta pasos al Este, se abre 
en el cerro una hendidura transversal, profunda. Es el vestí- 
bulo de la gruta, labrado tal vez de un tajo por algún arquitecto 
Titán. Allí llegamos todos en tropel, con jalones por. caya- 
dos y faroles para iluminar las entrañas de la roca : no se- 
ríamos los primeros en llevar la luz á las tenebrosidades del 
antro. Subimos un plano, inclinado hasta formar un ángulo 
de 45° con la horizontal. Andados cien pasos, tocamos una 
roca á pico : era la pared del fondo. Cortada longitudinal- 
mente ha quedado ella, la mitad mayor, entera, mientras el 
otro pedazo se ha partido en dos. Siguiendo la pared en 
ambos sentidos, se hallan salidas. A la derecha una hendidura 
elevada, á la izquierda una bajada oscura. Por una pasaban 
volando las águilas ; por la otra debían arrastrarse los reptiles. 
La bajada lleva á la gruta. Bajamos. 

El camino, labrado toscamente en escalones desiguales, es 
oscuro y peligroso. La escalera, digo mal, la rampa dentada, 
vuelve sobre sí misma dos veces y desaparece de improviso 
como engullida por oscura boca. Aquella boca es la entrada de 
la gruta. Una abertura elíptica, por donde apenas entra un hom- 



ii8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



bre doblado en dos. Sale aire por allí. ¡ Quién sabe si es 
aquel agujero el canal respiratorio del monte ! Acaso estén 
los pulmones más allá.. . . Se entra emocionado; no es sin- 
cero quien diga que entró tranquilo. El que viene detrás ve 
al que lo- precede, desaparecer de pronto en la sombra negra 
y titubea. Entra, porque el peligro vago lo fascina y anda por 
aquella garganta tres pies caminando en cuatro. ... Se piensa 
en Jonás al perderse entre las fauces de la ballena de piedra y 
se espera con temor el momento de llegar al vientre. ... El vien- 
tre, esto es, la gruta, aparece por fm, tenebrosa y recóndita. 
Diez luces nos preceden, y aunque algo pálidas, consiguen, tras 
breve lucha, lanzar en derrota las tinieblas. Un millón de 
murciélagos, únicos y naturales habitadores de aquel antro, 
nos reciben armando infernal algarabía. En la semi-oscuridad 
que deja en el fondo de la gruta la aglomeración de sombra, 
columbramos una prominencia informe, y como inspirados por 
igual idea, nos dirigimos á ella. Trepamos y nos hundimos. 
El montículo es guano de los murciélagos, resbaladizo y he- 
diondo. No importa : una voz varonil resuena en la honda 
entraña y la siguen todos, entonando en majestuoso acorde, 
las valientes estrofas del Himno Nacional. ¡ Aquello fué mag- 
nífico ! ¡ Hollando fango, descubierta la cabeza, bajo cincuenta 
metros de granito, se alzaba virilmente el viejo canto, ha- 
ciendo estremecer las piedras y palpitar los corazones ! . . . . 
Hoffmann hubiera hallado en esa visión un sublime asunto 
para sus fantásticas leyendas. Por un momento soñé encon- 
trarme en una de aquellas ventas misteriosas que, desde el 
vientre del abismo, lanzaban gritos de justicia y reparación 
que hacían estremecer los tronos y temblar á los tiranos. 
Pasó la ilusión y terminó el canto. Examiné la gruta. Es 



25 DÍAS DE CAMPO 119 



una gran cavidad de base elíptica, cuyos ejes miden cuarenta 
y veinte metros respectivamente, y cuyo techo abovedado, 
arranca del suelo y asciende gradualmente hasta alcanzar una 
altura máxima de seis metros. El pavimento, accidentado, va 
elevándose hacia el fondo. El techo, revestido de una conti- 
nua capa de cal, tiene en algunos puntos curiosas aglomera- 
ciones estalactíticas, de cuyos vértices gotea el agua, filtrada 
de los depósitos que forma la lluvia en las pozas de la cima. 
Una de estas filtraciones cae, acompasada y monótona, en una 
tina puesta de intento para recogerla, y hace oir su invariable 
ticy tic, segundo por segundo. Esta agua tiene, según cuentan, 
propiedades medicinales; pero ha de ser fuerte el estómago que 
consienta en recibirla, viendo los asquerosos ratones alados 
que" abrevarán y harán sin duda otras porquerías en ella. 



Abandonamos la gruta respirando con fuerza á la salida. 
Ya he notado otra vez la extraña opresión que gravita sobre 
el animó cuando se encuentra opreso en estos misteriosos sub- 
terráneos, cuna de las tinieblas, sepulcro de la luz. La vista 
gira en torno CDn recelo, cual temiendo vagamente ser víctima 

de un acecho Los pasos pugnan por dirigirse á la salida 

y las voces bajan de tono insensiblemente. . . . Tomé nota de 
una inscripción que hay, calcada en tierra portland, fuera de 
alcance, en la pared del fondo. Tuve la curiosidad de copiarla 
con la prosodia especial que hace de ella una curiosidad más 
del cerro : 



120 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



DUEÑO D J. MONTERO 
GRUTA COLÓN 
DESCUBIERTA EN SEP. POR D P 
CARBALLIDO: MEJORADA POR LO- 
S « AMIGOS DEL PROGRESO » É INA- 
UGURADA EN NOV: DE 1870 

Así reza la inscripción. Sin duda que esos amigos del pro- 
greso no lo eran tanto de la gramática. ... De donde in- 
fiero que no se puede ser amigo de todo el mundo. 

Antes de abandonar el cerro abracé de una ojeada sus 
contornos boscosos, sus frentes hechos pedazos, sus acantila- 
dos inaccesibles .... Allá arriba, enfilados en las crestas de 
piedra, habíanse posado infinidad de águilas y cuervos. Tal 
vez les causaba pasmo vernos salir de la roca como vomitados 
trabajosamente por la hendidura. El monte está, en las alturas, 
sobre todo en su frente Oeste, tapizado de liqúenes, cuyo des- 
arrollo los presenta como eflorescencias de la piedra. Son un dato 
para considerar respetable la vejez de este coloso, esas amar- 
gas talofitas, sabe Dios cuántas veces centenarias. De una 
grieta cuelgan las hojas fibrosas de varias plantas de helécho, 
filex mas. Los cadetes, gateando por las grietas y resaltes de 
las piedras grandes, les arrancan á palos su tocado de cla- 
veles. Nos retiramos por fin, bajando la falda, que va depri- 
miéndose gradualmente hasta perderse en la llanura. A los 
cincuenta pasos se nos oculta la entrada. Aquel picacho am- 
putado, aquel centinela oscuro, se interpone entre la vista y 
ella. . . . Esa piedra es el guardián de la gruta ; ya no lo dudo. 
No podía e'star abandonada. Yo lo creía así y escudriñaba 



2 5 DÍAS DE CAMPO 121 



los contornos como buscando al Cancerbero disforme. ... Lo 

f 

he descubierto. Ese es. La Naturaleza, celosa de sus hechu- 
ras, ha clavado ahí el peñón salvaje, guardando la maravilla. 



XVI 



lAYANTI ADESSOI 



I 



XVI 



¡Avanti adesso! 



3 de Enero. 



No ha podido seguir más y se nos va, se nos va el viejo 
amigo, el compañero impagable, el buen Quintana. Mucho va- 
mos á sentir su falta. Ya no oiremos los nombres periodísti- 
cos que con tanta gracia aplicaba á Nosiglia y á mí; ya no 
nos alcanzarán las atenciones de sus conocidos ; ya no oire- 
mos cuentos. Los cadetes, á quienes había sido tan simpático 
como á todos nosotros, lo despidieron en corporación, dándole, 
al marcharse, algunos afectuosos vivas. El hombre sencillo se 
fué conmovido. Hubiera querido seguir de nuevo, pero no 
podía ser. ¡ Adiós, viejo compañero, adiós y felicidad ! | Si 
ha podido haber intrigas mezquinas que te deprimen, sabe, 
para tu consuelo, que hay simpatías generosas que te le- 
vantan ! 



Me dejaba sin contar una cosa que tiene su sitio aquí. 
Antes de abandonar el cerro de Arequita, después de la ex- 
cursión de hoy, hizo la compañía ejercicios de tiro al blanco. 
Todos echamos nuestro cuartito á espadas. El objetivo era un 



126 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



bizarro bersagliere, de sombrero ladeado marcialmente y unos 
bigotazos de cuarta y media. Se gastaron tres cartuchos por 
plaza, haciéndose algunos blancos buenos. El enemigo, aunque 
mal herido, estaba tan fresco como si tal cosa. Supongo que 
sería por hallarse pintado ó por alguna otra circunstancia. 

Las detonaciones, devueltas por las concavidades del cerro, 
se multiplicaban prodigiosamente. De suerte que cada disparo 
nuestro era contestado en seguida por una descarga de pe- 
lotón. 



Ayer y anoche llovió bastante. Nada es más fastidioso en 
un campamento, que la lluvia ; nada da más motivo para po- 
ner á prueba la paciencia y el buen humor, cuyas dos cosas 
deben ser especiales para no estallar en desahogos que, á 
pesar de su energía biliosa, son inútiles para remediar el mal 
en lo más mínimo. El agua corre por debajo de las tiendas y 
se apaga el fuego, y se mojan las camas, y las ropas, y las 
provisiones. ... y pronto empieza á llover sobre mojado. 
Medio conjuramos el peligro de dormir hechos sopa, cortando 
brazadas de ramas verdes y tendiendo las camas encima. Yo 
traté de escribir un poco para pasar el tiempo ; pero en lo 
mejor me cayó en el papel una gota de á cuartillo. ¡ Me da 
una rabia esta gota maldita, que parece un ojo revuelto ! . . . . 



En la tarde, aprovechando un momento en que las nubes 
nos concedían pequeña tregua, suspendiendo un poco sus sali- 
vazos, salí con Nosiglia y el Teniente Sayavedrá á estirar los 
miembros entumecidos por la forzada inacción. No sabiendo 



2 5 DÍAS DE CAMPO 1 27 



hacer cosa mejor, resolvimos llegar á un rancho ( i ) que se 
veía á poco más de diez cuadras, á ver si hallábamos leche. 
La hora era intempestiva para ello, pues es sabido que se 
ordeña de mañana, y eran las seis de la tarde ; sin embargo, 
la idea fué acogida como salvadora. La dificultad estaba en 
vadear el Santa Lucía á pie. Buscando un vado por la orilla 
poblada de yerbas altas, nos mojamos todos con el agua que 
éstas conservaban. Por fin hallamos un alambrado que cru- 
zaba el río y pasamos sobre sus hilos, á riesgo de dar una 
caída injerta en mojadura; pues los alambres, flojos en de- 
masía, oscilaban de una manera alarmante. Llegados cerca del 
rancho, salió á recibirnos, digo mal, salió á ladrarnos, un 
perro amarillo y flaco ; balaron al aproximarnos algunas ove- 
jas éticas ; vi unas pocas gallinas, no gordas, escarbando en 
un hogar sin fuego, y por último nos salió al encuentro un 
muchacho cambujo, que era un prodigio de flacura. Aquella 
homogeneidad me dejó abismado y enterneció á Nosiglia; pero 
Sayavedra, menos sensible ó más positivo, preguntó si había 
leche. El rapaz flaco se echó á reir al oirlo, y entró al rancho 
corriendo y golpeándose agradablemente el trasero con la 
mano. Un viejecito apareció en seguida trayendo un pequeño 
queso fresco, y saludando con mucha cortesía, dijo no tener 
más que aquéllo. Nos miramos indecisos ; pero, como quiera 
que alguien dijo ser el queso leche condensada^ dimos por con- 
seguido nuestro objeto, adquirimos el queso por cuatro reales 
y tornamos en triunfo al campamento, repasando el Santa Lu- 
cía por el mismo sitio y demostrando nuevamente ser muy 
medianos funámbulos. 



( I ) Bohío 



128 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Esto ya es historia antigua. Ahora estamos en el Soldado ; 
arroyo que, siguiendo el camino de Minas á Cerro-Largo, se 
encuentra á tres leguas del f rimer pueblo. Sus aguas, limpias, 
ora corren rápidas entre orillas encajonadas y rocallosas, ora 
mansas y lentas por amplios lechos cavados en la planicie 
arenosa, ligeramente accidentada por suaves turgencias. En 
épocas normales llevará cerca «de dos metros cúbicos de agua 
por segundo. 

Yo he venido en la jardinera con Nosiglia y el cadete 
Lyons, ya casi restablecido. La columna ha tenido que mar- 
char á pre, gracias á la poca actividad de no sé qué Comi- 
sario, ó, mejor dicho, de sí sé qué Comisario, pero de cuyo 
nombre no quiero acordarme. No hago daño á sabiendas, aun- 
que, como mortal falible y pecador, estaré dando á cada paso 
en la herradura, sin barruntarlo siquiera. Así es el mundo. 
Ahora mismo, cuando para contarte tan vulgares cosas meto 
la mano en la fantasía, y á veces el brazo, y hasta el codo, 
y revuelvo un poco aquéllo para que salga variado y te di- 
vierta, es posible que me estés dando á todos los diablos ; 
mientras yo creo que, como aquel señor gordinflón á quien un 
funesto barbero despenaba por descañonar, estás á pique de 
llorar de gusto. Pero aguanta y no te muevas ; pues ya sabes, 
porque acabo de decírtelo, que así es el mundo. 



4 de Enero. 



Nuevo día, nueva jornada. ... y otra vez á pie la compa- 
ñía. Las carretillas de muías que conducen el convoy, se atas- 
caron al vadear un arroyo y han tenido que pedir á un vecino 



2 5 DÍAS DE CAMPO 129 



dos yuntas para arrancarlas del barro. Era lo que nos fal- 
taba El Mayor se quedó allí para apurar el trabajo. Nos- 
otros seguimos, llegamos á Espuelitas y no hallamos sitio para 
campar, ni probabilidades de comer pronto, á pesar de que 
hace un hambre atroz. ¡ Esto sí que era lo que nos faltaba ! . . . . 
Por fin llegamos á una pulpería mísera, donde se despacha 
por la reja un surtido cuyos artículos, de fantasía son ( según 
me informa un paisano de buen humor ) : alpargatas con fleco 
y vainas de anzuelo. Nos indican una serrulada de piedras, 
entre las cuales dicen que tendremos sombra. Hay todavía 
media legua hasta allá y son las doce. En fin ... . vamos. 
Vuelta á formar, vuelta á emprender la marcha, vuelta á 
poner los sesos recalentados á merced del sol implacable .... 
Ahora que me acuerdo, en la pulpería aquélla no tenían ga- 
lleta. ¡ Dios quiera que nunca tengan ! . . . . 

Campamos entre las piedras. En efecto, hay aquí un poco 
de sombra y fresco. Algunos canelones es lo único verde que 
se ve. Hay uno que, á cierta distancia, parece haberse arrai- 
gado sobre una piedra ó trepádose á ella para escudriñar los 
alrededores. La piedra está hendida, y el árbol, nacido en el 
suelo, ha atravesado penosamente la hendidura en busca de la 
anhelada luz. 

Cuando acabábamos de campar, llegó el Mayor é impartió 
las órdenes conducentes á proporcionarnos algo sólido y re- 
clamado con qué dar gusto al diente. A la una y media comi- 
mos, y tan bien y á gustp, que no nos arrepentimos de haber 
hecho tantas y tan briosas ganas. 

El dueño de una casa vecina y del campo que ocupamos, 
don Fermín Gadea, es un paisanote muy hombre y muy ca- 
bal. Se ha empeñado en no recibir dinero alguno por una 



30 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



i 

li 



vaca y dos ovejas que carneó para nosotros, y me temo que 
consiga salirse con la suya. Por lo demás, y como buen pai- 
sano, tiene sus caídas. Le, pedí un hacha para partir leña y 
me encargó que no se la mellase. — No hay cuidado, le con- 
testé. — No, señor; no hay cuidao, no, que ande no hay cuidao, 

todos son descuidos ; cuidaíto con mi hacha Mira lector : 

yo, con tu permiso, no soy ningún manco ; pero el hombre 

« 

lo dijo.de una manera, que casi le desconfié. 



Esta mañana hicimos, Nosiglia y yo, algunas calaveradas ma- 
yúsculas. Jinetes en dos escuálidos matungos^ que se dejaron 
agarrar de puro desgraciados, marchábamos delante de la co- 
lumna. Ganas me vienen de echar un par de maldiciones al 
Comisario, que ha vuelto á faltarnos con los caballos, contra- 
viniendo las órdenes que tien^ de su Jefe Político, quien, á su 
vez, y por culpa del Comisario, falta á la que del Gobierno 
trae el Director, para que nos presten toda la ayuda reque- 
rida .... Pero mejor es que deje en paz al Comisario y vuelva 
al cuento. Apenas divisábamos alguna casa al lado del ca- 
mino, nos separábamos delicadamente de los compañeros y 
nos dirigíamos á ella, á paso marcial. Llegábamos, y, tras un 
atento saludo, allá iba la siguiente fórmula : « Señora ( ó lo 
que fuese ), ¿ i^ tendrá pof casualidad un poquito de leche, 
que pueda vendernos ó .... ó darnos ? . . . . Acostum- 
brados á bebería diariamente en Montevideo, aquí, cuando 
nos faha, lo extrañamos mucho.» — Esto lo había aprendido 
yo tan bien, que lo soltaba de un tirón sin tropezar en una 
sola letra. La persona que lo escuchaba se enternecía, de fijo, 
y era capaz de sacar leche de cualquiera parte, para dar «á 



2 5 DÍAS DE CAMPO 151 



los pobres mozos, que debían extrañar mucho la campaña. » 
Así nos compadecían y nos regalaban de lo lindo. En balde 
es avisar qtle, lo de la costumbre de tomar leche en Monte- 
video, se debe á mi fecunda inteligencia ; pues, en dos años 
que allí llevo, no recuerdo á punto fijo haberla catado dos 
veces. El caso cierto es que repetimos la operación en cinco 
casas distintas, con toda felicidajj. 



4 



XVII 



ASPEREZAS, LITERATURA Y OTROS 



10 



1 



XVII 



Asperezas, literatura y otros 



S de Enero. 

Y hagan ustedes otra marcha á píe ... . ¡ Todo sea por 
Dios ! Han prometido los caballos para esta tarde, sin falta, 
y cortando el camino á través del campo — lo que es fácil 
marchando á pie, — andarán los muchachos' una legua escasa 
hasta las Asperezas de Cabral, donde hallaremos agua, sombra 
y leña. Llevamos carne. Las carretillas salen delante á fin de 
llegar á tiempo. La columna se pone en marcha á las cuatro 
y media de la mañana. La «Plana Mayor» — el Jefe, Bene- 
deíti, Nosiglia y yo, — llegamos á casa del señor Gadea con 

r 

objeto de agradecer sus favores. El se empeña en acompa- 
ñarnos hasta el próximo campamento, y después de resistir 
algo, por cumplimiento, aceptamos, sabiendo que nos será 
útil como baqueano del sitio adonde vamos á pasar el día. 
Salimos. El Mayor y el señor Gadea se adelantan. Nosotros 

r 

quedamos atrás. A poco andar nos extraviamos y perde- 
mos el camino. Nos quedaba el rumbo, y tras un breve 
coloquio, sostenido al paso, resolvimos seguirlo hacia donde el 
sol salía. Según datos, allí se hallaría un bosque, antes de 
una sierra y después de un portón. La mañana estaba de 



i}6 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



aire, el campo de verde, el cielo de azul, festoneado de gran- 
des nubes blancas ; el camino no parecía, el apetito hurga- 
ba. .. . Todo esto era, con perdón sea dicho, una poesía com- 
pleta. La tentación estaba de cuerpo presente. «Iban, más no sé 
adonde ciertamente,» dos soñadores y un erudito. ¿De qué 
podían hablar, sobre el interminable verde de los risueños 
campos, bajo el azul inmenso de los altos cielos ? . . . . 

Nosiglia recitó algunos versos italianos y eligió poeta. Se 
habló de Stechetti ; Calderón cayó bajo nuestra férula. Yo re- 
cordé á Prati, al tierno Prati, y lamenté su \ida de ciudadano 
voltario. Nosiglia glorificó al mejicano Flores, erótico, her- 
mano de Tíbulo, amador ardiente, poeta-amor. « Las mujeres 
jóvenes eran muy hermosas; pero las mujeres viejas eran más 
hermosas que las jóvenes,» dije luego pensando en Walt 
Whitman (i), el gran Americano del Norte, que tiene setenta 
años, un bastón hecho de una rama de árbol y el gran amor 

I 

sensual que disciplina los mundos é inspiró Las metamorfosis 
de las plantas, al solitario de Weimar. Hablé largamente, lar- 
gamente, de ese viejo tremendo que «hace sonar su bárbara 
fanfarria sobre los techos del mundo;» que ama á las bes- 
tias « porque no se quejan, » y que, cuando murió Lincoln, 
haciendo llorar de pena á los ancianos montes rocallosos, «rió 
en el páramo un pájaro gris, de largas alas, que cantaba un 
canto de desolación. » 

Benedetti, que callaba y oía, habló por fm. . . . Dante brotó 
de sus labios, y hubo dos cabezas descubiertas. Comparecía 
un sacerdote ; se anunciaba Alighieri oficiando en su templo 

(i) Estos datos sobre Walt Whitman pertenecen i un magníñco estudio que de sus 
obras hizo don José' Martí, corresponsal en Nueva-York de La Nación porteña, donde 
se publicó hace algún tiempo dicho trabajo. 



2 5 DÍAS DE CAMPO 137 



de Firenze y agitando el incensario ante su diosa : Beatrice. 
En seguida, uno de nosotros, inspirado por el recuerdo de la 
comedia divina, trazó á grandes rasgos la historia progresiva 
del poema en sus sucesivas gradaciones : de la bucólica á la 
idílica ; de la idílica á la heroica ; de la heroica á la dramá- 
tica. Habló de los cantores de la Naturaleza, nacidos induda- 
blemente y florecidos en la Edad Primera ; los que al son 
del caramillo entonaron, echados en las silvestres flores, deli- 
cadas églogas. Homero era un proyecto aún : hubiera sido 
prematuro. Pero el mundo avanza y Homero llega con la 
Edad Heroica. Arroja desdeñosamente el caramillo, é inventa 
un instrumento cuyos sones eran, como su genio, colosales. 
El hombre de voz de trueno ya tenía con qué rugir. La 
trompa épica era digna de él ; pero faltaba un ajsunto digno 
de los dos. El asunto surgió y Homero labró su Iliada con 
los escombros de Troya. Pasó la civilización á Italia, brotó 
Virgilio y se inmortalizó sin fundar escuela, merced á no sé 
qué empeño en apartarse de su genio y de la filosofía su 
coetánea, para hacer de su Eneida un maravilloso fruto de otra 
zona. La Edad Media aborta á Dante, quien sondea el abismo 
con su pupila Apocalíptica, mira á Homero de hito en hito, 
se cierne sobre su edad y lanza la Divina Comedia en los se- 
nos tenebrosos del porvenir, como una antorcha en un antro. 
Despunta Shakespeare : contempla en detalle al mundo, lo ve 
descontento, apasionado y teme. No osa volar por encima de 
las masas y busca un sendero por donde encaminar sus pasos 
luminosos. Llega al teatro, se cree en su mundo y se encie- 
rra allí. Pasa Chateaubriand con su poema teológico ; pasa 
Byron con su Manfndo ; Espronceda con la brillante muestra 
de su poema universal. . . . Chiste tenía aquel juicio serai- 



I )8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



ajeno, hecho de edad á edad y atravesando la pradera al 
gran galope. . . . Verdadera crítica galopante, improvisada por 
una comisión de uno para un auditorio de dos. 

Luego se habló de muchas otras cosas, por igual estilo 
aperitivas y amenas; citándose á propósito de la armonía imi- 
tativa, una octava del Tasso, algunos versos de Homero y 
otros varios modelos; entre ellos, aquel tan conocido de Vir- 
gilio, que imita á maravilla el violento galope de un corcel : 

Quádrupedánte putrém Sonitu quatit úngula cámpum 

.... Y siguió el coloquio de los doctos, de cuya continua- 
ción y apéndice te hago merced, lector, * maliciando que con 
esto tendrás lo justo para bostezar y dormirte plácidamente. 



La dilatada sierra rocallosa que llaman Asperezas de Ca- 
bral, se compone de grandes cerros quebrados, entrecortados 
por pequeñas corrientes cuya dirección es, por lo general. 
Noroeste, mientras es la de los cerros de Norte á Sur. Gran- 
des masas de cienita, hendidas en todos sentidos, se hallan 
esparcidas aquí y allá, remedando cantos erráticos, detenidos 
al azar en puntos indeterminados y posturas caprichosas. Va- 
riedad de talofitas — musgos y liqúenes, — cubren la superfi- 
cie de estas piedras, desgastadas y pulidas por la acción del 
tiempo. Entre las hendiduras crecen numerosos canelones co- 
lorados, cuya hoja, restregada, tiene un olor desagradable, 
algo semejante al de la higuera. Hay también infinidad de es- 
pinas de cruz, cuyos pinchos, secos, confundidos con la yerba, 
se anuncian cruelmente al que se sienta descuidado. Algún 



2$ DÍAS DE CAMPO 139 



terreno vegetal arrastrado por las corrientes á las abras, ali- 
menta gramíneas, cactus, etc. ; poco más ó menos, lo mismo 
que en Arequita: parecida vegetación, iguales condiciones 
geológicas. Los pequeños arroyos, por lo general de rápida 
corriente, se han abierto paso entre las rocas, ahondando sus 
lechos y formando á manera de angostos desfiladeros que ba- 
jan de las alturas contoneándose, dilatados y negros. 

A las doce, ó poco más, llegó al campamento, donde, 
echados bajo los espinos, departíamos sobre historia y otros 
achaques añejos, varios tertulianos de la Plana Mayor, mien- 
tras los demás, arrullados por el ameno asunto, dormían tran- 
quilamente, el Teniente Coronel don Federico Sequeira, 
quien conducía los tan esperados caballos, i Por fin ! 

Este Comandante Sequeira, bien merece una hoja ó más 
aquí. Bajo, redondo casi, obeso asaz, parece milagro que 
pueda tenerse firme. Sin embargo, cabalga con facilidad y 
hasta con soltura. Usa un gran sombrero chambergo, bajo 
cuyas alas achaparradas medio esconde su caraza redonda y 
simpática. Sus ojos negros y observadores, se desquitan de la 
pesadez del dueño, moviéndose continuamente, brillantes y 
ágiles. Tiene barba lacia, ya de gris tirando al blanco de una 
vejez combatida victoriosamente con bien aprovechados humos 
juveniles. Lleva bombachas que embolsan en su amplitud inter- 
minable dos piernas como mi cuerpo y el esférico remate de 
vientre descomunal. Este hombre habla á los hombres con se- 
riedad, y á las mujeres, según observé luego, con cariñosa 
llaneza. Ha viajado mucho por América. Hizo en la República 
Argentina su carrera militar hasta Capitán. Sabe mil cosas cu- 
riosas, narra cuentos entretenidos y hace citas á propósito 
y tiene sentencias suyas. 



140 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



Esta tarde, al emprender la marcha, ocurrió un incidente 
que pudo tener malas consecuencias. Uno de los caballos en- 
sillados por los cadetes, recordó sin duda y echó de menos 
sus bríos primitivos, merced al largo tiempo que no fastidiaran 
su espalda las molestias del recado, y apenas sintió sobre éste 
la adición gravosa del jinete, soltó un par de coces y dio 
en tierra con la adición. Sujetado á tiempo, ocurrió un sar- 
gento de tropa ofreciéndose á apagarle los fuegos; pero em- 
pezó con tan torcida suerte, que la alimaña quedó triunfante 
otra vez, derribando malamente al domador, de suerte que 
todos temimos por él. Se levantó con dificultad y echándose 
las manos al bajo vientre. El cuchillo de monte que llevaba 
en la cintura, perforando la vaina por la violencia del golpe, 
le hizo una herida cortante en la ingle izquierda, producién- 
dose en seguida abundante pérdida de sangre. 

Como era del caso, se procedió á trasladar al herido hasta 
una casa cercana, después de hacer el practicante la cura de 
primera intención. Se trajo un catre, y puesto encima, fué 
llevado por cuatro hombres. Resultó del diagnóstico que, aun- 
que no grave la herida, sería inconveniente conducir al en- 
fermo por la dificultad de contener la hemorragia ; así és que, 
cortada ésta, marchamos, dejándolo bajo la asistencia del prac- 
ticante, quien debe alcanzarnos mañana, prescribiendo antes lo 
necesario para terminar la cura. 

Con tan elocuente aviso, todos nos apresuramos á sacarnos 
de la cintura los cuchillos y echarlos en las carretas. 



Llegamos á Polanco de Barriga Negra, después de una 
aburrida marcha á paso de buey. Cansa extremadamente esté 



2j DÍAS DE CAMPO 141 



trajín ingrato y despacioso. El trote, el galope, fatigan menos. 
Yo no sé si será porque el sueño y la monotonía que trae 
el ritmo acompasado de la marcha al paso, aumenten el peso 
específico del cuerpo, desmazalado y flojo, gravando las partes 
que le sirven de sostén. ... El caso es que tres leguas á ese 
andar perezoso, dejan la cabeza atontada y el cuerpo moKdo. 



Nos señalaron unos grandes galpones para pasar la noche, 
y vienen que ni á propósito, pues el tiempo amenaza llover 
de firme. Los cadetes se derraman por los cobertizos, bus- 
cando cada cual el mejor sitio, recaudando lo suyo y ponién- 
dolo á punto de cogerlo en un haz cuando llegue el momento 
de la marcha. En un almacén contiguo sacan, á la sazón, una 
gran hornada de pan, cuyo olorcillo agradable no nos aguza 
el apetito ; porque, como se dice en la zarzuela aquélla, lo 
traemos más aguzado que la punta de una bayoneta. Los panes 
son tan grandes, que, de haber sido iguales á ellos y seme- 
jantes los peces con que Jesucristo dio pitanza á tres ó cinco 
mil personas (como ya hace tiempo de esto, no recuerdo 
bien el número), no pudiera á fe reputarse por mucha ha- 
zaña el histórico milagro. Los cadetes hacen su Agosto en 
Enero atracándose de lo lindo. El pan, aunque es de lo más 
chato, no es de lo más blando, pero es pan. 

Nosotros fuimos invitados á cenar en casa del Juez de Paz 
del distrito, donde nos acogieron con sencilla y atrayente 
franqueza. Una hermana del anfitrión hizo los honores de la 
mesa. Me llamó la atención esta niña, y, aunque tengo la de- 
bilidad de pecar á menudo por el mismo sitio, el pecado es 
ahora perdonable y no resisto á la tentación de darme por 



142 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



donde peco. La niña se llama. . . . hombre, no lo recuerdo 
ahora, pero es igual; lo recordaba hace un momento. En 
cambio, me acuerdo de lo demás. Es oriental, pero hija 
de vasco ; tiene en el rostro cierto aire de decisión y 
energía, que he notado en las hembras de su raza y que en 
ésta no se revela más que al mirar el conjunto, sin que esté 
de manifiesto ni *se particularice en el menor detalle. La boca 
es pequeña, de dientes menudos, blancos, y labios algo del- 
gados, muy rojos. La nariz afilada, tiene la corrección de la 
estatuaria, unida al color armonioso de la carne viva; notán- 
dose como un aleteo delicado y tenue en sus ventanitas ro- 
sadas : de la barba, suavemente pronunciada como la de María 
Antonieta, sin esa carnosidad que produce un hoyuelo al con- 
traerse, pero redonda y graciosa, arranca una línea que se 
pronuncia en escorzo al dibujar el cuello, alto y tornátil, para 
perderse bajo una cinta roja, cuyas puntas, después de for- 
mar airoso lazo, descienden jugueteando sobre el seno mode- 
lado bajo la tela de su vestido blanco. Omitía los ojos, ne- 
gros, de negrura Guipuzcoana, que chispea como el Sagar- 
dúa: mareando. Olvidaba la frente: como cierto mármol, 
cruzada de venas azules, ligerísimas, y sombreada por un 
fleco sutil de cabellos cortitos y rizados. 



6 de Enero. 



Pasamos una noche durmiendo sobre colchones. Fenómeno, 
señores. Marchamos al amanecer en los mismos caballos que 
ayer montábamos. Al salir pasamos cerca de un pajonal y 
vimos unos animalitos tamaños como gazapos, que pastaban, 



2 5 DÍAS DE CAMPO 145 



sin duda, la yerba tierna del bajo, y que al sentirnos echa- 
ban á correr y se perdían entre la paja. Nosiglia se empeñó 
en agarrar uno y yo traté de ayudarlo, pero nos fué imposi- 
ble, aunque vimos muchos. Se escabullían con gran destreza 
y no hubo medio de atraparlos. Al principio los creímos le- 
chones de capibaras. « j Son carpinchitos ! decían regocijados 
los muchachos. Después me cercioré de que eran esos cone- 
jillos pardos, que llaman en Corrientes covayd, aquí aperíd^ y 
Linneo Cavia porcellus. 

Campamos en la margen izquierda del arroyo Godoy, des- 
pués de recorrer cuatro leguas y media largas. Mientras se 
hacía él almuerzo, me interné con una escopeta entre la en- 
redada vegetación que bordea el arroyo y llegué á la orilla. 
La corriente, de Norte á Sur, apenas llevará trescientos litros 
de agua por segundo. Su curso tortuoso forma á trechos con- 
siderables remansos, donde acuden los animales en las horas 
pesadas de la siesta, entrando en e! agua hasta mojarse el 
vientre y sacudiéndose el lomo con la cola mojada, para es- 
pantar las moscas, mientras hunden el hocico en el agua, sin 
bebería, saciados ya. El bosque, bastante espeso, compuesto 
en su mayoría de sauce, tala, blanquillo, canelón, quebracho 
y alguno que otro molle, muy escaso, tiene cierta apariencia 
de selva virgen, merced á lo frondoso de sus árboles y á lo 
enmarañado y cuantioso de sus plantas trepadoras. Al tiempo 
que observaba esto, un ñapindá rae clavó en un brazo sus espi- 
nas como uñas de ga1;o, confirmando brutalmente mi opinión. 

Los campos adyacentes tienen, como carácter, la accidenta- 
ción suave que es peculiar á gran parte de la República. Sin 
embargo, se ven aquí, en la zona que abarco de una altura, 
en vez de contornos redondeados y graduales, quebradas más 



144 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



;• 



Ó menos hondas, abiertas entre colina y colina. Hoy recorri- 
mos, desde Polanco, una larga cuchilla de terreno de transí-, 
ción, en la que abunda la piedra caliza y la pizarra de muy 
buena calidad. Observé en el camino que los campos que di- 
vide la cuchilla tienen aguadas permanentes y pastos nutriti- 
vos, libres de mío-mío, chirca, abrojo y otras parásitas que 
tanto abundan por los campos rurales, cundiendo más de día 
en día, con grave perjuicio de los estancieros, quienes, á la 
verdad, se preocupan bien poco de extirparlas. Apenas he ha- 
llado algunas matas de cardo manso, y tal cual de cierta gra- 
mínea que come poco el ganado. No pasa lo mismo con el 
cardo, que es muy buscado, sobre todo por el ganado ovino, 
al cual procura un sólido y pronto engorde. 

Vi, aunque fuera de tiro, algunos capibaras ó carpinchos,. 
que se echaron al agua al percibir, con sus oídos de oreja 
rudimentaria, el ruido que hacía rompiendo ramas y apartando 
lianas para abrirme paso. Estos anfibios suelen salir al campo 
en manadas, á pacer por las mañanas, y por las siestas á 
dormir al sol, alejándose á veces bastante de la orilla. Cada 
uno tiene su senda propia para volver al agua, y por más 
acosado que se vea, no la confunde nunca. La toma y echa 
por ella con esa carrera medio trabada del cerdo : la cabeza 
baja y erizada la cerda del lomo. Inútil es ponerle obstáculos 
en la trocha. Se estrella contra todo en su corrida ciega. La 
misma resolución bestial de su carrera le da fuerza no común. 
Recuerdo que cuando niño, hallándome en Arapey, fui cierta 
vez con un mulato á enlazar carpinchos al Sauzal, que es un 
afluente de aquel río. Llegamos con sigilo y concertamos 
el plan. El mulato quedó junto á la barranca, al lado de una 
trocha, con un lazo armado, mientras iba yo á espantar los 



2 5 días de campo (45 



anfibios para hacerlos echar al agua. Apenas me sintieron, 
echaron á correr hacia mí: me aparté con presteza y pasaron. 
Al correr iban gritando : / ghe, ghe I Me dirigí presuroso á la 
orilla para verlos echarse al agua ; pero antes de llegar sentí 
sus / gheesuuu ! estridentes, y el ruido que hacían al precipi- 
tarse de lo alto de la barranca. Llegué, y en vez de lo que 
esperaba, vi al pobre mulato nadando afanosamente para ga- 
nar la orilla. Había enlazado un carpincho, teniendo antes la 
precaución de rodearse el lazo á la cintura ; sobrevino el 
tirón : clavó el mulato la uña, pero la bestia la clavó mejor 
y lo venció. Empezó llevando un tumbo ; siguió arrastrado 
hasta la barranca, y allí, desde todo lo aho, dio la gran zam- 
bullida de la temporada. . . . Los tales bichos hacen gran des- 
trozo en las plantaciones de las islas y en las chacras costeñas, 
atravesando los cercos á fuerza de hocico y talando lo que no 
devoran. Los plantadores los cazan haciendo en torno de los 
sembrados, fosos profundos, que cubren luego con ramas y 
tierra vegetal, dejando la cubierta en falso para que se vaya á 
pique á la menor presión. 



A mi vuelta al campamento, lo hallo ya lleno de su vida y 
movimiento peculiares. Algunos cadetes echados sobre los 
ponchos ó en la yerba, hablan con animadas voces de asun- 
tos diversos, predominando las saudades de Montevideo. Otros, 
previsores, sacan de las proveedoras restos de pan ó galleta, 
los asocian con trozos de carne fiambre y almuerzan en co- 
mandita. Los que han salido de guardia, duermen, no sin ha- 
ber antes encargado que los despierten cuándo esté el asado, 
el. cual da vueltas en el fogón, tostándose lentamente y ver- 



146 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tiendo su grasa en el rescoldo, con chirrido especial. Éstos 
hacen una travesura y la festejan alegremente; aquéllos, más cui- 
dadosos y menos bromistas, repasan sus armas para no caer 
en falta en la próxima revista, acariciando con suave badana 
la hoja del sable-bayoneta, haciendo jugar la batería del fusil 
á ver si anda corriente y mirando él alma del cañón para 
cerciorarse de que no enseña la menor mancha en sus tor- 
neadas estrías. El Mayor recorre el campamento; los centi- 
nelas le presentan el arma y los cadetes se levantan para 
hacerle la venia cuando] pasa. Nosiglia, sentado amigablemente 
entre los números de guardia, los distrae con su amena fa- 
cundia y donosas ocurrencias, tomando mate amargo con aire 
imperturbable de hombre curtido en. el vicio. El clarín de ser- 
vicio toca rancho. Los dormidos se despiertan, los perezosos 
se despabilan, y con evidente disposición y saludable empeño, 
nos repartimos guapamente los pedazos del asado. Los árboles 
nos dan luego grata sombra y dormimos la siesta con ale- 
gría plácida, mientras el sol deja caer sus rayos ardientes 
como besos, sobre el haz tembloroso de los campos alegres. 



XVIII 



INTERMEZZI 



XVIII 



Intermezzi 



7 de Enero. 

Anoche hicimos la rabona Nosiglia y yo. Dormimos en la 
estancia de don Justo Fernández, distante de nuestro campa- 
mento una media legua. Este don Justo es un excelente sugeto, 
que nos abrió su casa con espontánea y fraternal franqueza. 
Por lo general, hallamos en todas partes quien haga otro tanto, 
aunque la galante insistencia de don Justo nos haya obligado 
á aceptar su franca y confortable hospitalidad. Esta noche 
robada á la mullida carona, dejó dándose á todos los diablos á 
los bichos colorados, que sin duda se prometieron, al vernos, 
liquidar con sus voraces trompas absorbentes nuestras esbel- 
tas siluetas periodísticas. 

Las camas eran blandas, la sociedad atrayente ; había leche 
en abundancia y churrascos suculentos .... Salimos tarde 
de la estancia de Fernández, perezosos y ahitos. La columna 
había marchado á las tres de la mañana, y eran las nueve. 
Hubimos de averiguar el rumbo que siguiera y nos pusimos 
sobre él, galopando con ardor. El sol nos calentaba los 
sombreros y además las cabezas, haciéndonos sudar á todo 
trapo. Nos habían dicho: «Después de aquella cuchilla ven 
1 1 



^ 



1^0 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



una zanja ; la pasan y agarran un camino que costea un 
alambrado que sigue así ; después cargan un poco á esta 

mano » Yo iba repitiendo por lo bajo las señas para 

no olvidarlas ; pero mi caballo, perezoso ó perniflojo, tropezó 
y estuvo á punto de irse de narices, con cuyo contratiempo 
ereo que olvidé algo de aquel rosario-indicador ; el caso es 
que no cargamos un poco d esta mano, por no hallar el alam- 
brado que seguía así, ni agarramos el camino que costeaba 
el alambrado, porque no pudimos ver la zanja, á pesar de 
abrir el ojo más de lo regular. Para mayor diversión, se nos 
cansaron los caballos de tanto y tan recio galopar, y hubi- 
mos de bajar el compás de la marcha, continuando, y gracias, 
con aquel trotecillo que llevaba al entrar en París el caballo 
canelo del Mosquetero gascón. A la mitad del camino eché 
de menos un sobretodo que llevaba á la grupa, y que en las 
mañanitas frías había evitado más de una querella entre mis 
dientes. Lo busqué inútilmente. Al poco rato notó Nosiglia 
que se le había caído una manea ajena que llevaba en la 
mano. Comprendí que andábamos medio en la mala: se lo 
dije á mi compañero en convencida voz; dio él en mi razón, 
y continuamos la marcha silenciosos y acontecidos. Llevába- 
mos dos botellas de leche para los compañeros, y como nos 
cansara mucho el conducirlas en la mano, resolvimos cambiarlas 
de sitio, y las bebimos. Por fin avistamos el campamento; pero 
antes de llegar, un nubarrón que andaba por el aire, casual- 
mente encima de nosotros, se agujereó por debajo y nos 
llevó la paciencia, dejando en cambio una mojadura para 
cada uno. Total de pérdidas: mi sobretodo, la manea de No- 
siglia y la paciencia de ambos. Si tardamos algo más en 
llegar, de fijo que se nos extravía algún rocín de entre las 
piernas. 



2S DÍAS DE CAMPO • 151 



El campo donde estamos ahora pertenece también á un 
Fernández ; lo que sí que éste es brasilero y tosco, aunque 
generoso, y á su manera campechano. Es muy corto de vista; 
pero no tropieza, según dicen, porque olfatea los obstáculos 
en que pudiera romperse el alma. Monta á caballo y hasta 
aseguran que enlaza, tomando por guía el ruido que hace la 
res en su carrera y calculando hábilmente la distancia. Nos 
invitó á cenar, y aunque no me place criticar nada, porque 
tengo rara y feliz propensión á hallarlo todo bueno y en su 
punto, debo poner aquí, á fuer de exacto y escrupuloso cro- 
nista, algunos datos interesantes de la cena. En la mesa, 'de 
cuya integridad y firmeza respondían seis patas sujetas y tra- 
badas con sendos listones, un mantel condescendiente dejaba 
descubiertos tres dedos de tabla á cada viento. Sobre el 
mantel campaban hasta ocho platos de agradable variedad : de 
loza y de hierro; hondos y llanos; blancos y con orla, ya roja, 
ya verde ó azul. Dentro de cada plato, un tenedor y un cu- 
chillo se cruzaban familiarmente. A los tenedores les faltaba 
dientes, pero en cambio les sobraba á los cuchillos ; lo que, 
según eché de ver, venía á establecer un equilibrio saludable. 
En un jarrito de hierro enlozado, bebimos todos amigable- 
mente. A mí me tocó beber después de hacerlo la hija del 
brasilero, la cual hija tiene una .boca muy bonita, y aunque el 
vinejo era de lo peorcito, conseguí pasarlo sin visajes de 
mayor cuantía. Con los enumerados menesteres y herramien- 
tas, comimos todo lo que trajo un negrito jetón, cuya risa de 
zonzo contento me hizo sospechar que tal vez cataba antes que 
nosotros los manjares que traía. . . . Digo que comimos alum- 
brándonos una vela, de sebo, dividida en cuatro actos, ó sean 
partes, relacionadas por el pábilo de trapo, que venía á hacer 



I s 2 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



las veces de argumento. Nosiglia me dijo por lo bajo que la 
tal vela, más que vela, le parecía un compadrito, según lo 
quebrada que se iba. Cada vez que la llama daba en una de 
estas quebraduras, había un eclipse parcial de luz, visible para 
todos, menos para el cegatón del brasilero. 

De los manjares no quiero acordarme, por no hacer mucho 
al caso y no venir yo obligado en ello; sólo sí se me ocurre 
decir que la cena dio fm y remate con un sabroso engrudo 
que llaman mingao, hecho con fariña y leche, según pude ave- 
riguar, y de la ingeniosa manera que así me explicaron : 

«Se bota o leite na panela e se fais ferver ; despois se vay bo- 
tando de vagar a fariña, y se meche bein. Se tira do fogo. Si 
estivese muito duro, se bota outro bocadiño de leite; si estivese muito 
mole se bota oatro bocadiño de fariña, Naun ha de se esquezer de 
ir mechendo aquilo. Logo se deiga esfriar porque e pirigoso de se 
queimar a güela, » 

Afirmo que Brillant Savarín llega, por lo menos, á Teniente 
Alcalde, si agrega á la crecida lista de sus platos este famoso 
mingao. 



9 de Enero. 

El dueño de casa nos ha invitado á dar un paseo hasta la 
próxima estancia de su padre, reputando la visita como la 
única curiosidad con que puede brindarnos. . . . Aceptamos, y 
después de galopar poco más de media hora, llegamos á la 
estancia de don David Fernández. 

Estaban por ^arnear cuando llegamos. La res destinada al 
sacrificio marchaba entre cinco ó seis bueyes parsimoniosos. 






2 5 DÍAS DE CAMPO 1 5 j 



rehacía é inquieta. De pronto abandonó el ciñuelo y emprendió 
la fuga. Los carneadores que traían los lazos preparados la 
siguieron, revoleándolos. El que la alcanzó primero le arrojó el 
lazo y la armada la sujetó por el cuello, ciñéndose como un 
dogal. Forcejeaba la prisionera y el lazo apretaba más. Otro 
de los jinetes llegó, y haciendo andar á la res algunos pasos, 
la sujetó á su vez por una pata. Quedaron los dos lazos ti- 
rantes ; apeóse un tercer jinete, y llegándose al animal, hí- 
zole con su filosa daga profunda sangría, buscando el corazón. 
El arma, que entrara brillante, salió roja y humeando ; la 
sangre saltó á borbotones de la herida, y la pobre bestia, im- 
potente, dio un mugido de dolor. Pugnó por desasirse en las 
mortales ansias : echóse adelante, volvióse atrás. Luego quedó 
inmóvil, mientras la sangre corría espumosa, tiñendo el prto 
blanco de sus manos y esparciéndose en el suelo. Empezaba 
á oscilar, pero se sostenía aún, á pesar de tener en el aire 
una pata : se allegó un perro, y, sin ladrar, cual asesino 
que se ensaña, le sepultó los dientes en la otra. La res, como 
galvanizada, saltó, pateando con furia al perro traicionero ; al 
patear perdió el apoyo, y cayó, quedando con las patas ten- 
didas hacia atrás y el vientre en el suelo. Apoyada en las 
manos giró en derredor sus ojos vidriosos, balando tristemente. 
Le habían aflojado los lazos para que sangrase bien. La pos- 
tura violenta le trajo un golpe de hipo y la sangre la ahogó, 
inundando su boca y saltando en violento escupitajo. Angus- 
tiada por la asfixia, se esforzó en descargar sus pulmones di- 
latados, y, cerrada su laringe, buscó el aire otra válvula, 
saliendo por la herida en suspiro desesperado. El animal, falto 
de vida, aflojó las manos que lo sostenían y cayó sobre un 
costado, despacio, como si se echara á dormir. Era hembra y 



154 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



estaba preñada. Aun se agitaba el nonato en su vientre • con 
violentas convulsiones, cuando ya la habían despojado de parte 
de la piel y empezaba el destazado, á tajos, entré el bullicio 
de una turba de negritos puercos y andrajosos, que se lava- 
ban las manos en la sangre, tirándose cuajarones á la cara y 
manchándose unos á otros las motas encrespadas y grasien- 
tas. La turba de negritos esperaba el momento en que se 
abriese el vientre de la res, para disputarse, á sopapos, las 
achuras ( i ). 



Nos apeamos bajo un gran galpón cubierto de ramas se 
cas y atravesamos un patio, en cuyo centro había una media 
pípti colmada de agua verdosa, que, sin embargo, bebían al- 
gunas aves de corral, metiendo en ella el pico y alzándolo 
luego para que el líquido resbalase al buche, en pequeños y 
seguidos tragos. En un rincón del patio habíase formado un 
barrizal, donde se refocilaban algunos cerdos, erizados, as- 
querosos, con las orejas tiesas, rezumando inmundicia y dis- 
putándose á hocicazos el sitio más fangoso y pestilente. Un 
Ombú de tronco pustulento, aburrido, sin duda, de estar solo, 
se desperezaba, retorciendo y estirando sus ramas encima de 
un rancho de techumbre ahumada. Algunos avestruces mansos 
discurrían gravemente con reposado tranco, picoteando aquí y 
allí y tragando una mosca á cada picotazo. A veces hallaban 
un hueso, le daban vueltas para buscarle el lado más atacable, 
y lo tragaban, sin asustarse por el tamaño. Se veía al hueso 
bajar lentamente por su gaznate elástico, haciéndole en el 

( I ) Nombre extensivo que se da á los menudos y asaduras menos importantes de la res. 



2 5 DÍAS DE CAMPO 15 j 



cuello un bulto como el puño. Las aves saturnianas seguían 
paseándose tranquilamente, y no hallaban por qué no repetir 
la gracia, antes que el hueso hubiese llegado á sepultarse en 
su amplio buche, de prodigiosa potencia digestiva. 

El patio,, que formaba anfiteatro, estaba cerrado al fondo 
por una larga casa, de paredes de terrón y techo de hierro 
acanalado. Sin duda para tapar goteras, habían puesto sobre 
éste algunos cueros de potro, que, resecos y duros, se pega* 
ban al hierro, semejantes á bizmas. La puerta se ladeaba un 
poco, como guiñando. Entramos por ella. De una estancia 
contigua salía á la sazón una negrilla con los pies desnudos 
y veteadas las torcidas piernas con rayas color de mugre. 
Traía en la mano un plato de peltre que rebañaba á dedo, 
chupando después con entusiasmo. Al vernos, se quedó pa- 
rada, con el plato inclinado, á punto dé caerse, y el dedo, 
que saliera colmado, apuntando al cielo, camino de la boca. 
La puerta por donde saliera *la negrilla, quedaba entreabierta. 
Nuestro introductor entró y nosotros lo seguimos. Miré en 
derredor con curiosidad y vi ... . pero lo que vi merece pá- 
rrafo, ya que no capítulo. 

Al principio no quise dar crédito á mis ojos, creyendo que 
la retina, ilusionada por la visión de la luz exterior, fanta- 
seaba en la semi-oscuridad, fingiéndome el espectáculo que creía 
ver. Pero, fuíme acostumbrando á la media tinta ; los objetos 
se revelaron claros, destacándose del fondo penumbroso con 
vigor creciente, y hube de comprender que veía de veras un 
cuadro naturalista, vivo, pero tan vivo que olía,, y olía muy 
mal. 

A un lado, una mesa de pino ; sobre la mesa, una almo- 
hada ; junto á la almohada, un jarro de leche ; sobre la al- 



1^6 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



mohada y junto al jarro, un gato, el cual gato, para quien, sin 
duda, no era la leche, la bebía, no embargante, á lengüetadas, 
lamiendo cuidadosamente los bordes mantecosos del cacharro. 
Llenaba el fondo del cuarto una cama monumental, de las llama- 
das marquesas; en otro tiempo pintada de encarnado, pero ho- 
gaño mostrando, aunque adulterado por la suciedad, el primitivo 
color de la madera. Sobre la cama, dos colchones ense- 
ñando la tripa, despachurrados por el peso de un valetudina- 
rio que se agitaba nerviosamente en ellos ; y sobre el colchón 
y el hombre, sobrenadando, una maraña de cabellos blancos. 
En la cara del hombre noté no sé qué corte semítico entre su 
aspecto bravio : figúrense ustedes dos ojos que miran con furia^ 
escondiéndose luego, cual si retrocediesen para volver á ases- 
tarse con más brío ; unos bigotes cerdosos, teñidos en el 
centro por la nicotina ; una boca contraída, de recios dientes,, 
rechinantes ; una barba blanca y lacia como un pincel de 
albañil, y una piel rugosa, de blancura amarillenta por la falta 
de luz y juventud. . . . Esta cabeza se apoyaba en una ma- 
naza de dorso velludo y dedos nudosos como troncos, el brazo 
de cuya mano formaba un ángulo, clavando el codo en un 
montón de almohadas. El hombre estaba desnudo, tapado á 
medias con una manta oscura, por un agujero de la cual aso- 
maba una rodilla de abultada rótula. Fuera de la cama colgaba 
una pierna, moviéndose con lento balanceo ; bajo la cama y me- 
tido el flexible cuerpo en un zueco panzudo, un gatito rubio se- 
guía atentamente las oscilaciones del pie que colgaba, con visible 
deseo de enredar con él. . . . Cuando entramos, nos miraron 
las tres figuras vivas de aquel cuadro : el gato de la mesa, el 
gatito del zueco, y el hombre de la cama. El primero, ahito^ 
volvió la cabeza, nos examinó con aire de poco caso, y con- 



2 5 DÍAS DE CAMPO 157 



tinuó regalándose ; el segundo, nos miró de frente, guiñando 
un ojo con cierta picardía, y el tercero emboscó los ojos tras 
de sus cejas, blancas y torcidas en todos sentidos, como ne- 
vada ramazón de abeto, y desde allí nos tiró un par de mi- 
radas fijas. Nuestro introductor llegó, sombrero en mano, al 
pie de la cama grande y pidió la bendición al hombre viejo, 
quien alzó dos dedos y los agitó sobre la cabeza de su hijo, 
temblándole tanto la mano, que, antes parecía estar espolvo- 
reando una tortilla que echando una bendición. Luego gritó : 
« ¡ Beña un ladraun dahí ! » La negrita del plato apareció la- 
miéndose los labios y limpiándose el moco con la manga ; el 
viejo volvió á gritar : « ¡ Vay traser umas cadeiras, ovelha ! 
¡ Move eses pes, cadela ! » y siguió rezongando : « Estes pa- 
tifes estaun intendendo q'un home e brinquedo. . . . deiche 
que vai. . . . ainda tenho de matar outro ladraun destes filha 
da. . . . » Calló de pronto, y su rostro movible tomó de 
golpe una expresión iracunda : había visto al gato bebiéndose 
la leche. Se agachó, cogió el zueco que estaba debajo de la cama 
y se lo tiró al mangia ratí, echando de paso un taco más redondo 
que una argolla ; dentro del zueco iba el gatito, y aunque salió 
en el aire, no perdió la fuerza inicial que llevaba; de suerte 
que el un proyectil llegó convertido en dos. El gatito dio un 
lomazo al gato y el zueco un puntapié al jarro ; el jarro se 
volcó, se derramó la leche y los dos felinos, proyectil y obje- 
tivo, se tiraron al suelo y salieron echando diablos, con los 
hocicos mojados y los rabos tiesos. 



Poco tiempo gozamos de la amena sociedad del viejo David. 
Allí quedó, cuando nos fuimos, revolviendo á patadas la ropa 



1^8 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



de SU lecho y prodigando á más de doscientos negros y mulatos, 
que entran familiarmente á la habitación donde yace, cuanta pa- 
labra insultante puede acumularse en el vocabulario más soez. 
Las voces emitidas por su órgano destemplado y trémulo, salen 
como arrastradas y chocando unas en otras. El tiempo ha pos- 
trado su cuerpo centenario en el sucio lecho que lo sufre rechi- 
nando ; pero no ha conseguido enfrenar su genio bravio y 
avieso, que continuamente estalla en explosiones, antes temi- 
bles y ahora sólo injuriosas. Junto á su cabecera tiene una 
mesita coja, sobre la cual, una botella que fué de bittery 
convertida en candelero, llora su degradación con lágrimas de 
sebo, congeladas sobre su cuerpo barrigudo después de re- 
bordear el gollete y dejar en el cuello giboso., amarillentos 
surcos. La botella tiene por vecina una escupidera, en cuyo 
líquido contenido sobrenadan puntas de cigarros, desenvol- 
viéndose el papel á medida que se embebe y se hincha el ta- 
baco. Allí echa suavemente el viejo lo que arranca con tra- 
bajo á su eterna carraspera. Dije suavemente, porque este 
hombre parece que habla la saliva y escupe las palabras. 

Pero basta de indecencias. Vamonos ya, y dejemos á este 
hombre que posee veinticinco leguas de campo, llenas de ga- 
nado, y arrastra su vida, larga y mísera, por el páramo frío 
de la vejez, atormentado por la ira y roído por la sucia es- 
trechez de una avaricia estúpida. David. ... su nombre bí- 
blico y su apariencia de rabino demente y roñoso, me indu- 
jeron á aplicarle el título de patriarca de la mugre. Montamos á 
caballo y nos alejamos. Al salir, un mulato que tironeaba un 
hueso con los dientes, arrancándole los últimos bocados de 
carne venosa, nos saludó sacándose el sombrero de un res- 
tregón con el brazo, á fin de no ensuciarlo con sus manos 



2^ DÍAS DE CAMPO IJ9 



grasicntas. En el sitio de la carneada no quedaba más que la 
panza de la res, la sangre coagulada, los cuernos, separados 
de la cabeza á hachazos, las tripas amargas y las patas, que 
no se han llevado por evitarse el trabajo de sacarles el pelo. 
Dos perros se disputaban un pedazo de cuero ensangrentado, 
tirando cada cual por su parte y gruñendo entre los apretados 
dientes. Un negrito que pasaba resolvió el conflicto aplicando 
un latigazo á uno de ellos, el cual escapó aullando, mientras 
su contrario huía también, pisando, al correr, el pedazo de 
cuero objeto de la contienda. 



\ 



XIX 



. . . . Y ÁGABA U NARRAeiON 



XIX 



.... Y acaba la narración 



10 de Enero. 



Después de descansar dos días en la estancia de don Jus- 
tiniano Fernández — «Seo Jüstimiano » ó « daun Fernande », 
al decir de los guasos que aquí pacen ó apacientan sus ganados 
sin pagar arrendamiento, merced á la generosidad, ó si se 
quiere, dejadez del dueño, — salimos con una mañana fres- 
quita acompañados del risueño Comandante Sequeira, y fuimos 
á campar en la orilla occidental del arroyo Mansevillagra, 
sobre el paso real. Pasamos un día monótono, abrasados por 
el calor que se desarrolló con el mediodía. De allí se des- 
pidió el Comandante Sequeira, y lo sentimos, pues nos di- 
vertía mucho con sus cosas, Al otro día marchamos, á las 
tres de la jnañana, siguiendo el itinerario definitivo que acor- 
dáramos seguir en el anterior campamento. Debíamos ir á pa- 
rar á la estancia de la opulenta familia de Jackson. A pedido 
del Mayor, fuimos, Nosiglia y yo, adelante, á fin de prepa- 
rar sitio para campar, carne, agua y leña. Desempeñamos bra- 
vamente nuestra comisión, gracias á la bondad y franqueza 
del mayordomo, — cuyo diablo de apellido inglés siento no recor- 
dar ahora ; — de suerte que, cuando llegó la columna, á las diez de 



i6^ MANUEL P. BERNÁRDEZ 



la mañana, pudo tenderse cómodamente bajo los frondosos Eu- 
caliptus de una inmensa quinta, donde pasamos el día, recogién- 
donos á pernoctar en un galpón que nos señalaron por si llovía ; 
pero no llovió, y, tempranito, ensillamos otra vez unos fletazos 
jefes que nos prestó el buen inglés, y nos despedimos de él 
afectuosamente. Este inglés usa un gran sombrero de paja, que 
cubre con sus alas protectoras la cara del dueño, en cuya 
cara hay dos ojos de mirada inofensiva, dos carrillos bordea- 
dos por una barba castaña en el centro y rubia en las ori- 
llas ; y luego, una boca algo grande, cuyo labio inferior ha 
adquirido en el centro cierta depresión, á manera de gesto 
desdeñoso, á causa de una, entre pipa y bordalesa que gra- 
vita en él, echando de continuo nubecitas de humo azul. So- 
bre aquella cara, y á pesar de esta gran pipa, se nota á pri- 
mera vista, una expresión bonachona que no se desmiente 
con el trato. El importante establecimiento que administra 
nuestro ex-huésped, está en el Cerro Colorado, que es la 
línea divisoria entre los Departamentos de Minas y Florida. 
Es decir, que dentro de cuatro ó cinco días habremos atra- 
vesado este último Departamento y llegado al término de 
nuestro viaje. 



1 1 de Enero. 

A tres leguas del establecimiento de Jackson, está el de 
don Justo Arrillaga, donde acabamos de plantar las tiendas. 
Don Justo es hijo del pago y blanco como güeso e bagual; lo 
que no obsta para que en lugar de don Justo, pudiera lla- 
mársele don Bueno. En su casa, y á fuerza de rudas ins- 



2$ DÍAS DE CAMPO léj 



tandas, nos permitimos el lujo escandaloso de echar una 
siesta en catre. Se nos enfermó un cadete, y también á pedido 
suyo, filé conducido á un cuarto confortable, donde, gracias á 
la esmerada asistencia, se puso bueno en un dos por tres. Don 
Justo se empeñó en que no nos habíamos de escapar sin ver 
las curiosidades de su campo, y tanto y tan bueno dijo de 
ellas, que resolvimos quedarnos un día para verlas. Con efecto, 
al siguiente, tempranito, nos condujo á las agrestes márgenes 
de una zanja ó arroyuelo que corre entre dos colinas prolon- 
gadas, á cosa de una milla de su casa. El agua, que viene 
mansa por lecho de tierra vegetal y piedras sueltas, halla de 
improviso una como conjuración de peñascos, apostada allí para 
cerrarle el paso ; primero se detiene vacilando y ensaya el 
medio de pasar por buenas, besando á las piedras como para 
seducirlas ; pero las piedras, nada : no entienden de cariñitos. 
El agua empieza á atufarse, y, envalentonada por el contin- 
gente que poco á poco engrosa su caudal, se amotina contra 
€l obstáculo, lo empuja, lo soba, lo invade, lo penetra ; abraza 
sus costados, llena sus resquicios, ensancha sus rendijas, y 
entretanto que devasta, incansable, sigue subiendo, subiendo ; el 
peñasco está á pique de ser asaltado por mil partes y se sos- 
tiene, sin embargo, firme. Por fin, el agua se alza en un es- 
fuerzo, y, tumultuosa, salta por encima del obstáculo, corre 
por su torso erizado de picos, y va á precipitarse, mugiendo, 
en ia pradera. El agua ha vencido, pero no del todo : el 
obstáculo mantiene aún en el aire enormes trozos abruptos, 
centinelas de piedra, protestando eternamente contra la arbi- 
traria violación de sus dominios. . . . 

En el fondo de la cascada hay mil pequeñas corrientes, de- 
pósitos de agua cristalina y sosegados remansos ; entre las 



12 



1 66 MANUEL- P. BERNÁRDEZ 



rendijas de la piedra crecen algunas plantas arbóreas que ac- 
cidentan lindamente el color ceniciento del granito con las 
alegres manchas de sus copas verdes. 

Saltando por los picos de las piedras donde Atenía á estrellarse 
el agua espumosa y bullente, vimos carnear dos terneras que don 
Justo destinaba para el festín campestre ; y, á eso de las seis y 
media, presenciamos los ejercicios de fuego de la compañía de ca- 
detes, que al mando del Teniente Cantón se aproximaba, batién- 

m 

dose en retirada : ora desplegándose en guerrilla, ora replegándose 
para formar grupos de á cuatro contra caballería ; ya formando 
por mitades ó en pelotón para hacer fuego colectivo, ya desple- 
gando de nuevo á la carrera para seguir bravamente el tiroteo. 
Cuando llegaron á tiro de pistola, el clarín tocó alto el fuego, y 
formando la columna en orden de batalla, avanzó al acordado 
compás de los clarines y tambores. Llegaron, armaron pabe- 
llones, rompieron filas y se desgranaron bulliciosamente, reu- 
niéndose en grupos para hacer fogones aparte y churrasquear 
por su cuenta. 



Mientras los cadetes, cortando ramas de los escasos árbo- 
les que por allí crecían, ensartaban sangrientas asaduras y 
las entregaban á las ardientes caricias de la llama, nosotros, 
á caballo y guiados por don Justo, recorríamos su campo, si- 
guiendo la costa de la zanja. 

De trecho en trecho hallábamos grandes peñascos de pro- 
togina, granito ó feldespato, sobre los cuales la acción de los 
agentes atmosféricos se hace sentir notablemente, ya haciendo 
poco compacta la superficie de la piedra, por sí bastante dura, 
ya rompiéndola en todas direcciones y en extrañas formas : 



2 5 DÍAS DE CAMPO 167 



se hallan infinitas peñas, superpuestas á manera de construc- 
ciones pelásgicas ; apariencias de torreones ; remedos de arcos 
ruinosos ; inmensas esferas ovoides, sustentadas por delgados 
pilares cilindricos, figurando globos con la barquilla apoyada 
en el suelo. , , , La piedra del bote es una verdadera curio- 
sidad geológica : afecta perfectamente la forma de una pesada 
barca sin arboladura ni timón ; roma, achatada y ventruda, 
recuerda la panza que sirvió á Guilliat para arrancar a los 
siniestros Douvres la codiciada presa. Quizá sin sospecharlo 
he estado junto á la petrificada nao en que intrépido Argo- 
nauta emprendiera sigiloso viaje hacia el Oriente, á través de 
la noche de los tiempos. . . . Una enorme piedra, adelgazada 
en la base por el frotamiento del ganado y el desgaste de las 
aguas, avanza su pico temeroso «como un brazo tendido en el 
vacío», sin ceder en su admirable equilibrio á las torres in- 
clinadas de Zaragoza y Pisa. Allí debajo, en la cavadura 
honda, puse un negrillo de la banda lisa, apoyadas las manos 
en las rodillas y el dorso en la piedra, en ademán de levan- 
tarla, improvisando así un pequeño Sísifo, sino criminal como 
el hijo de Eolo, al menos tan negro como la madre que lo 
parió. 

Encontramos sobre un acantilado inaccesible, dos pichones 
de águila que volaban poco ; hicímosles desalojar á pedradas su 
altura, y el Teniente Sayavedra consiguió coger uno, después 
de perseguirlo sin descanso cerca de una milla. Lo encerra- 
mos en un cajón con listones de dos dedos, á modo de rejas, 
y allí pasaba las horas el ave olímpica, con altivo sosiego ; la 
pupila amarilla, siempre abierta; los codos de las alas sepa- 
rados del cuerpo, miraba con calma y comía tranquila. Al- 
guna vez volcaban el cajón derribándola, y ella se incorpo- 



1 68 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



raba despacio como un atleta cansado, sin agitar las alas, 
cual si para mayores fines las guardara. Yo rae he pasado 
las horas muertas mirando esta hermosa ave, tan reposada y 
serena; casi me he resuelto muchas veces á darle libertad. 
Ayer me puse á escribir sobre su tosca jaula, y estaba muy 
abstraído, cuando sentí una suave presión en la rodilla. Era 
que el águila había sacado una pata por entre las rejas y me 
oprimía suavemente con su poderosa garra. Como me moví, 
la retiró despacio y tornó á quedar inmóvil, como siempre, 
con la cabeza erguida. Yo pensé, no sin sobresalto, que la 
menor contracción de su red muscular hubiérame clavado 
hasta el hueso aquellas púas córneas que veo hundirse honda- 
mente en la madera, cuando La antigua ave de Zeus, hoy 
triste esclava del hombre, descarga en las paredes de su car- 
cel algún ligero acceso de concentrada ira. 



Por la tarde nos despedimos cariñosament-e de don Justo y 
su familia y emprendimos la marcha con dirección á la 
barra del arroyo Tornero. Don Justo nos acompañó toda- 
vía más de una legua, que anduvimos sin sentir, engolfa- 
dos como íbamos en general é interesante plática. Por 
fin nos dejó al trasponer el linde de su campo y se alejó 
al trote, deteniéndose en la cercana loma para enviarnos 
por señas el último saludo. Luego volvió grupas, descendió 
al bajo y se perdió de vista. 

Por el camino cogimos varias perdices que, aunque cu- 
biertas de pluma, no volaban aún ; en cambio corrían 
con gran ligereza, estirando el cuello y deslizándose por en- 
tre las matas que sorteaban con gran habilidad para hacer 



3 5 DÍAS DE CAMPO 169 



perder la pista. Es bien difícil atrapar á estas graciosas 
avecillas. En la huida no siguen nunca la línea recta, su- 
cediendo que cuando más seguro se está de irles al al- 
cance, vése, donde menos se esperaba, una cabecita que se 
alza entre la yerba, atisba al enemigo y se esconde con pres- 
teza, para continuar escapando con arreglo á la misma táctica 
inconstante. Por lo demás, las pobrecitas, á fuerza de sustos, 
aprenden á no ser zonzas para esconderse. Desde que em- 
pluman salen ya á buscarse la vida, recibiendo antes del pico 
paternal un par de lecciones sobre el mejor modo y estilo de 
hacerse perdiz, lecciones que se graban de tal suerte en el 
tierno instinto de la prole, que sin necesitar más equipaje se 
larga á corretear, después de restregarse con emoción las pa- 
titas y cambiar tiernos picotazos entre ahogados pitidos de 
despedida. 

Hemos campado precisamente en el empalme de los arro- 
yos Tornero y Santa Lucía Chico. Ambos tienen aquí poco 
caudal, á causa de que sus aguas se embeben en el camino 
por falta de lecho que las encajone, encontrándose obligadas 
á arrastrarse por el. llano, torciendo aquí y oblicuando allá, 
cual si no supiesen adonde dirigirse. Hemos llegado al lí- 
mite de la Cuchilla Grande, que atraviesa el Departamento de 
Florida. Desde la azotea de don Justo pude ver espirar á mí 
sabor su'término, allá á lo lejos, después de alzarse al final, como 
en ^esfuerzo postrero ; intenta aún levantarse varias veces, 
dando saltos que dejan redondas hinchazones en su espalda, 
y por fin, se fatiga y cae desvanecida en un llano, alar- 
gando un brazo débil entre Santa Lucía y Casupá. 



1 70 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



1 3 de Enero. 

Trabajo nos costó agarrar los caballos. No había corral y 
hubimos de echarlos sobre un cerco y acorralarlos entre 
todos. Nos faltan dos jornadas para llegar á Florida, y si en 
nosotros estuviese, á fe que no aflojábamos este tirón sin dar 
allá con los huesos, y eso que fahan doce leguas respetables y 
buenas. Hoy camparemos en una de las dos estancias de 
Urioste, apellido ventajosamente conocido entre nuestros ga- 
naderos, especialmente por su cría caballar, á la que pusieron 
en muy buen sitio las ágiles patas de la famosa yegua Ne- 
gra, vencedora del Druid, 

Llegamos á eso de las diez y nos señalaron un campa- 
mento, que sera bueno algún día, pero que ahora es bastante 
malo, detrás de una gran quinta poblada de árboles. Se nos 
permitió por gracia, acogernos á la futura sombra de un plan- 
tío de sauces llorones que no levantaban media vara sobre mi 
cabeza. 

Aquí le dio un cólico á mi Sísifo negro ; pero tan recio, que 
por poco se lo lleva Pateta. Se tiró entre los sauces, embis- 
tiéndolos encarnizadamente á coces y topetadas ; echábase mano 
á la barriga, cual si quisiera sacar á puñados algo que se le 
hinchara allí dentro, y gritaba como un lechón, poniendo los 
ojos en blanco y casi echando chispas por la cabeza al topar 
con los troncos. Porque fuese más grave el contratiempo del 
pobre negro, el practicante no se hallaba allí en aquel mo- 
mento ; de suerte que yo me resolví á echarle una manita, 

r 

para ver si zafaba del aprieto. A ese fin destapé una botella 
de buen coñac, me muñí de una taza, eché en ella medio 



2s DÍAS DE CAMPO 171 



cuartillo ó poco menos del espíritu, y ayudado por Nosiglia, 
sujetamos al negrito, que berreaba de lo lindo ; lo hicimos 
callar dándole un par de sofiones, y en seguida le emboqué la 
taza. El negro, que pedía agua á gritos, abrió ansiosamente 
su enorme jeta y bebió con tanto afán, que por poco me 
lleva el recipiente. Después de engullir, se sintió abrasar, sin 
duda, pero todo fué negocio de un segundo. Hizo de prisa un 
par de visajes feos, tiró la última patada á un sauce vecino, 
sin llegar á darle, clavó el asta y quedó tieso. Bien se co- 
noció que el nuevo Sísifo no era hijo de inmortal, ni siquiera 
pariente, porque el Brandy lo cogió, y sin andarse con pre- 
parativos, me le arrimó una borrachera efectiva y terminante 
como una coz de borrico. 



14 de Enero. 

Muy tempranito, á fin de tener tiempo para andar las 
ocho leguas que nos separaban de Florida, fuimos á agarrar 
caballos en el corral de la estancia, trayéndolos luego al 
campamento y ensillándolos á tientas ; pues una inmensa ba- 
rrera de nubes, puesta entre el mundo y el cielo, ahogaba 
en sus senos oscuros la tenue claridad de la alborada. Un 
viento caliente, de tempestad, nos azotaba el rostro y parecía 
malignamente empeñado en no dejarnos marchar, arrebatando 
del suelo y de las manos las prendas del recado, que vol- 
vían á su sitio tras una persecución más ó menos larga, se- 
cundada por alguien que se hallase en el camino de la 
prenda fugitiva. Aquí volaba un poncho ; un plato de lata, 
olvidado, se alzaba, allá dando tumbos, hasta que rodando 



1 72 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



sobre su orilla, echaba una carrerita y caía al fin boca 
abajo, dejando que le pusiese mano el sirviente que lo perse- 
guía. El viento silbaba y gemía al sacudir las copas de los 
sauces, y los sauces se agitaban temblorosos apretándose unos 
contra otros, como un rebaño acosado por los perros; los 
caballos resoplaban estrepitosamente, estirando el cuello y 
dilatando la nariz como para ventear la tormenta, sobresalta- 
dos é inquietos, asestando sus ojazos á los bultos que en 
torno se agitaban, y tendiendo sus orejas, atentas al ruido de 
los hombres que hablaban y de los sauces que gemían. Vo- 
laban chispas de un hogar, cuyas cenizas se alzaban de pronto 
entregándose al viento indeciso que las hacía danzar en loco 
remolino. Una voz daba una orden ; llamaba otra á un com- 
pañero. Preguntaba alguien si no le habían visto un látigo, y 
contestábanle que mal podían ver el látigo cuando no veían al 
dueño .... « ¡ Vamos, grandísima burra ! » gritaba Puig á una 
que se resistía á dejarse fastidiar con los arreos. De vez en 
cuando se oían allá á lo lejos algunos ecos de trueno, que sona- 
ban como pasos mesurados en una habitación vacía .... La 
mañana avanzaba lentamente, y su luz resultaba sucia al filtrar 
las nubes y teñirse en su triste color de aburrimiento. Nosi- 
glia, ya listo, embozado en un poncho militar, me enseñaba 
las habilidades de un caballo que le regalara la víspera el ca- 
pataz de Arrillaga. Los carretilleros embalaban á prisa los 
bagajes, y una vez prontos, desfilaban ante nosotros guiando 
sus vehículos de dos ruedas, cuyo toldo se hamacaba con el 
vaivén, y animaban con el látigo á las muías, que, sacudiendo 
las orejas, medio ahorcadas por el pretal, se echaban ade- 
lante para hacer pie y arrastrar su carga al filo de la loma^ 
donde estaba el camino, tendido^ largó é inmóvil, como una 



2S DÍAS DE CAMPO 173 



sierpe muerta. Los tambores con sus instrumentos á la es- 
palda, parecían moluscos llevando la casa á cuestas. En la 
estancia empezaba á moverse la peonada ; el que iba á reco- 
ger pasó junto á nosotros y se perdió en la sombra, cantando 
una canción monótona, ajustada al lento galopar de su cor- 
cel ... . Por fin el clarín tocó á caballo : se siguió un confuso 
ruido de voces ; choque de latas, de instrumentos, de armas. 
Los cadetes fueron alineándose hasta entrar en formación. 
Alguno que tardara en montar, acudía á su sitio de orden : la 
fila se abría, le daba paso y quedaba inmóvil otra vez. Sonó 
el toque de marcha. El viento soplaba en vano contra las 
grandes nubes, quietas y negras .... Marchamos. Al llegar al 
lomo de la cuchilla, refrené mi caballo y abarqué de una 
ojeada lo que enseñaba el paisaje, velado como una placa sen 
sible herida por la luz blanca. — Quedaban allá en el bajo .... 
pero no, quiero que mi libro eche su último suspiro en el 
último cuadro del último párrafo. 

Apenas lo abandonamos quedó el bajo quieto y en silen- 
cio, como si no habiendo podido dormir por los gritos de nues- 
tros centinelas, quisiera aprovechar las úhimas horas de la 
noche para entregarse al reposo. Cuando estábamos abajo, vi 
que sobre la colina había unas nubes flotando indecisas, y 
cuando subimos, me pareció que bajaron las nubes á echarse 
blandamente en la colina. Aquellas excrescencias del cielo se 
alzaban sobre esta protuberancia de la tierra, revueltas y en- 
crespadas como olas de un mar petrificado. Para aumentar la 
analogía, dominaba el primer término un nubarrón, alto y es- 
cueto como una roca marina, roca batida por nubes que se 
hacinaban, empujándose á sus pies como vivas oleadas ; olea- 
das con crestas de nubecillas, raras y trasparentes como in- 



174 MANUEL P. BERNÁRDEZ 



-i^v^ 



grávidos copos de espuma .... Los gallos cantaban, batiendo 
las alas antes de anunciar con su canto la huida de la sombra. 
Me uní á la columna, que marchaba al trote. Al poco rato 
de marcha silenciosa, dijo uno : « Creo que se arma la gorda; me 

ha caído una gota en la nariz » Se sucedieron las gotas y la 

lluvia empezó, monótona, lenta, segura. Percibimos el olor acre 
de la tierra caliente que se moja. Calmó el viento, y las go- 
tas, anchas, pesadas, cayeron con ruido sobre nuestros pon- 
chos. Los caballos agacharon las orejas y empezaron á dete- 
nerse acobardados. Había necesidad de despabilarlos, y no po- 
día hacerse al trote por no romper la formación. Entonces el 
clarín tocó á galope : se oyó primero, en las ancas de los ca- 
ballos, el silbador repique de los látigos, y tras un breve trote 
progresivo, repicó en el suelo el unísono galopar de los caba- 
' líos. Ya sólo para atravesar zanjas ó portones amenguamos el 
compás del paso. Nuestros sombreros, empapados, dejaban 
caer las alas, como paraguas á medio abrir ; Ips ponchos, em- 
bebidos, pesaban como plomo; los caballos galopaban peno- 
samente, con las orejas marchitas y desgonzadas. De improviso 
resbalaba uno y allá iban de costillas caballo y caballero, dos 
seres distintos, aparejados en común é idéntico porrazo ; al- 
guna vez se iba el caballo sobre el jinete y quedaba lo uno 
por lo otro ; que no siempre había de ir encima el caballero. 
Entre estos percances y aquel barro que nos echaba á la cara 
pegotes como brevas, llegamos á las chacras que rodean el 
pueblo de Florida. Nos alojaron en el Hipódromo, donde pa- 
samos el día secándonos la ropa y calentándonos los huesos. 
Por la noche quemamos tres docenas de luces de Bengala — 
que lleváramos para expediciones nocturnas, sin haber tenido 
ocasión de utilizarlas — paseando por las gradas del circo 



2j DÍAS DE CAMPO 175 



aquellos hachones azules, rojos, amarillos, cárdenos ó verdes, 
que llameaban, en el fondo de una noche sin luna, derramando 
gotas ígneas de azufre inflamado, como fantasmas que respi- 
rasen fuego, babeando chispas. En la tarde del otro día, se- 
reno y caliente, nos dirigimos á la estación del ferrocarril, 
siguiendo el paso de la banda lisa. Llegó la hora de partir : 
el cadete Fuentes agradeció, en breves palabras, su hospitalidad 
al histórico pueblo de Florida; asaltamos los coches, batió 
marcha la campana, se oyó el silbato del guarda, la locomo- 
tora taladró el aire con un grito largo, seguido por otros 
dos, penetrantes y cortos ; el tren se agitó, crujieron sus co- 
yunturas, latieron los pistones y rechinó el acero, sudando 
aceite .... La banda estalló de pronto en una alegre diana, y 
el Dragón de la Quimera, como asustado del ruido imprevisto, 
dio una brusca sacudida y se deslizó temblando, en dirección 
á la ciudad hermosa. Se perdía, se perdía y se achicaba el pue- 
blo, en cuyo centro la Libertad, esclava trágica, hace pedazos 
sus cadenas, y allá al poniente, una legión de nubes, erizadas 
y negras, al ver acercarse el sol, se tiraban despavoridas detrás 
del horizonte, como asustado enjambre de Medusas. 



XX 



PÁRRAFO INTIMO 



XX 



Párrafo intimo 



Madre mía .... no te inquietes porque te llamo, ni aban- 
dones, ¡ oh habitadora del cielo ! tu celestial morada. Es- 
cucha : quiero decirte que mi primer libro debió ser tuyo ; pero 
el deseo de honrar á mi padre en vida me indujo á coronar 
sus canas, antes de ornar tu sepultura. Te tocaba el segundo, 
y ya ves como su índole y objeto te lo quitan también. No 
importa, madre: la fragua está ardiendo y yo forjaré en ella 
una obra digna de tus virtudes y de tu memoria. ¡ Ayú- 
dame tú, madre mía; inspírame, mártir querida de una fa- 
milia desgraciada ! ¡ Templa mi lira, la de bronce, la que no 
puedo templar, la que es, en mis manos, muda, y verás como 
tu libro vivirá después que el papel se rompa y los caracte- 
res se borren ! 



i 



INDIGE 



índice 



PÍlCJKA» 

Dedicatoria vn 

De cómo y porque' xi 

I — Recuerdos de ayer i 

II — Una noche bajo el cielo 9 

III — La tercera etapa ... i j 

IV — Á Pan de Azúcar por los Cerros de Úbeda 25 

V — Pan de Azúcar ' 31 

VI — De aquí Á la mina 41 

VII — La Mina Oriental 49 

! VIII — Pajarito 55 

IX — Cosas alegres ... 61 

' X — El hombre de los campos 67 

XI — Abandonamos el cerro 81 

XII — Minas 87 

XIII — Tempus fugit 99 

XIV — Arequita 107 

XV — La gruta « Colón » 115 

XVI — ¡ Avanti adesso ! 125 

XVII — Asperezas, literatura y otros 155 

j XVIII — Intermezzi 147 

I XIX — .... Y acaba la narración 161 

* * 

I XX — Párrafo íntimo 1 77 



Este libro se acabó de imprimir en cMontevideo, 

en casa de los señores Turenne, 'Varzi 

y C.\ el 26 de Octubre del 

año 1887 




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